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SIN QUERER, TERMINE COMO LA AMANTE DEL MAFIOSO

SIN QUERER, TERMINE COMO LA AMANTE DEL MAFIOSO

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo
Popularitas:5.4k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Lía Castillo solo quería convertirse en una estrella.

Como vocalista de Lumina Hearts, su grupo de idols empieza a conquistar seguidores y cumplir sus primeros sueños. Pero una noche de celebración, unas copas de más y un tropiezo cambian su vida para siempre.

Lía termina frente a un hombre demasiado atractivo para ser real. Sin saber quién es, lo llama guapo, lo besa y pasa la noche con él.

Al despertar, huye convencida de que todo quedó atrás.

Hasta que Dante Varela aparece.

Él es el líder de la familia criminal más poderosa y temida de la región. Y no está dispuesto a olvidar a la mujer que se atrevió a besarlo sin miedo.

Cuando Dante amenaza con destruir la carrera de Lumina Hearts, Lía se ve obligada a elegir entre su sueño y convertirse en la amante del mafioso.

Pero Dante pronto descubrirá que retenerla será mucho más fácil que hacerla enamorarse de él.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Sin escudo, sin nadie

Pasaron dos días. El cansancio pesaba en mis huesos, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que no tenía a nadie a quien recurrir. Nadie en la disquera sabía de Dante. Nadie sabía nada de mi vida fuera del grupo. Era mi secreto, y con él, mi silencio. Así que llegamos al estudio esa mañana sin saber que lo peor no venía de la carga de trabajo, sino de quien debía cuidar de nosotras.

El entrenador vocal, el señor Márquez, nos esperaba frente al piano. Era un hombre de voz áspera y mirada fría, que siempre nos había tratado con dureza, pero hasta ahí. Ese día, sin embargo, algo en su forma de mirarme me puso la piel de gallina.

—Vengan —dijo sin levantarse—. La balada completa. A capella. Sin errores.

Empezamos a cantar. Mi voz salió tensa, quebradiza. No lograba concentrarme. En la tercera estrofa, me falló una nota. Márquez golpeó la tapa del piano con fuerza, haciendo que todas diéramos un salto.

—¡Basta! —gritó—. ¿Qué te pasa, Lía? ¡Suenas ahogada! ¡Sin fuerza, sin sentimiento! ¿Crees que puedes llegar a algún lugar así? Tú eres la voz principal. Si tú fallas, ellas caen contigo.

Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal, y me empujó del hombro con brusquedad.

—Endereza la espalda. Respira bien. ¿O es que estás distraída pensando en cualquier tontería en lugar de en tu carrera?

—Lo siento… —alcancé a murmurar, sintiendo las mejillas ardiendo.

—No me importa lo que sientas —escupió—. Me importa que suenes bien. Y si no lo logras… aquí hay cien chicas que quieren tu lugar.

Las horas pasaron entre correcciones gritadas, empujones disfrazados de "ajustes de postura", y comentarios que cada vez se volvían más personales. "Te ves cansada… ¿no descansas bien? ¿O es que te la pasas haciendo otras cosas?". Frases que me helaban la sangre y que las chicas apenas alcanzaban a escuchar.

Cuando terminó la sesión, las tres nos preparamos para salir.

—Lía —me llamó Márquez, cuando Luna y Mila ya iban por la puerta—. Quédate. Necesito revisar tu técnica en privado. No estás mejorando y no puedo dejar que sigas así.

Me detuve, inquieta.

—¿No puede esperar a mañana? Las chicas…

—Que se vayan —cortó él—. Esto es entre tú y yo. Si quieres llegar lejos, aprende a recibir correcciones sin que te acompañen como si fueras una niña.

Luna me miró, dudosa.

—Nosotras te esperamos afuera. No tardes.

Salieron. Y en cuanto la puerta se cerró, el ambiente cambió por completo. Márquez se acercó a mí, demasiado cerca, y su mano cayó sobre mi rodilla con pesadez mientras yo estaba sentada frente al piano.

—Tienes una voz hermosa, Lía —dijo con una voz más baja, suave, que me dio asco—. Pero la estás desperdiciando. Y sé por qué. Eres una chica linda, muy linda… y eso te distrae. Pero yo puedo ayudarte. Yo puedo hacer que brilles. Solo tienes que… dejarme acercarme más.

Retiré la pierna de un movimiento, sintiendo cómo el corazón se me desbocaba.

—Señor Márquez, por favor. No diga eso. Y quite la mano.

Él sonrió, una sonrisa torcida y oscura, y en lugar de alejarse, se inclinó más hacia mí, rozando con su mano mi muslo por debajo de la falda del uniforme.

—No seas tonta. Yo soy quien decide tu futuro aquí. Si yo digo que eres buena, eres buena. Si yo digo que no vales nada… te despiden antes de que salgas por esa puerta. ¿Entiendes? Nadie te va a creer a ti, una principiante, contra mí. Así que sé buena. Y déjame… ayudarte.

Me puse de pie de un salto, retrocediendo hasta chocar contra la pared.

—¡Aléjese! —grité, con voz temblorosa pero firme—. ¡Si vuelve a tocarme, lo denuncio!

—¿Denunciarme? —se burló, dando un paso hacia mí—. ¿Y quién te va a creer? Nadie sabe quién eres tú. Nadie te conoce. Yo llevo años aquí. Tú no eres nadie, Lía. Sin mí, sin mi apoyo… no eres nada.

Dio otro paso. Yo estaba acorralada, con la espalda contra la pared, temblando de pies a cabeza. No tenía a nadie. Nadie sabía de mí. Nadie vendría a buscarme.

—¡Aléjate de ella!

La voz de Mila cortó el aire. La puerta se abrió de golpe. Luna y Mila estaban ahí, en el umbral, pálidas pero con la mirada firme. Mila sostenía su celular en alto, apuntando hacia él.

—Lo grabé todo —dijo Mila, con voz quebrada pero decidida—. Cada palabra. Cada movimiento. Si vuelve a acercarse a Lía, lo subo a redes. Se lo envío a la dirección, a los medios, a todos.

Márquez se detuvo en seco. Su cara se transformó en una máscara de furia contenida. Miró el celular, miró a las dos, y luego a mí.

—Se arrepentirán de esto —soltó entre dientes—. Nadie me amenaza y sale bien parado. Ya veremos quién cree a quién.

Se apartó de golpe, salió del cuarto golpeando la puerta con tanta fuerza que las paredes vibraron. En cuanto estuvimos solas, mis piernas cedieron y me deslicé hasta el suelo, rompiendo a llorar sin poder contenerme. Luna corrió a abrazarme, y Mila se arrodilló a mi lado, dejando el celular a un lado para tomar mis manos.

—Ya pasó, Lía. Ya está. No te va a volver a tocar —susurró ella, con los ojos también llenos de lágrimas.

—¿Y ahora qué hacemos? —logré decir entre sollozos—. Él tiene razón. Él es el entrenador, es un directivo. Nosotras somos nuevas. Si nos quiere echar… puede hacerlo. Y nadie nos va a defender. No tenemos a nadie.

—No vamos a callarnos —dijo Luna, firme, secándose las lágrimas—. No después de esto. No vamos a dejar que nos haga esto. Mañana vamos a hablar con la gerencia. Vamos a mostrar la grabación. Si no nos escuchan… pensaremos en qué hacer. Pero no vamos a ceder. ¿Entendido? No vamos a dejar que nos destruya.

Asentí, pero el miedo no se iba. Sabía que no sería tan fácil. Sabía que un hombre con poder no se rinde porque tres chicas digan que no. Y mientras caminábamos de regreso al departamento, abrazadas, tratando de darnos calor unas a otras, comprendí algo terrible: estábamos solas. No teníamos a nadie que nos protegiera. Y Márquez lo sabía. Por eso se atrevió. Por eso nos subestimó. Pero también comprendí que no podía contar con nadie más. Ni con el mundo, ni con Dante, ni con nadie. Solo nos teníamos a nosotras mismas. Y esa noche, esa verdad pesaba más que cualquier amenaza.

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