romántica
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Lo que Andrés empezó a comprender
Fernanda tenía tres días de reposo.
Eso era lo que había indicado el médico.
Debía descansar, evitar esfuerzos y cumplir con el tratamiento hasta recuperarse completamente de la infección.
Pero una cosa era lo que decía el médico y otra muy diferente era la realidad de su casa.
Fernanda no tenía a alguien que pudiera quedarse con ella para ayudarla durante esos días.
Su hijo hacía todo lo que estaba a su alcance.
Le llevaba agua.
Le acercaba algunas cosas.
Le preguntaba si necesitaba algo.
Incluso intentaba ayudarla con pequeñas tareas.
Pero era un niño y había cosas que simplemente no podía hacer.
Fernanda lo sabía.
Por eso, aunque tenía fiebre, aunque todavía se sentía débil y aunque el cuerpo le pedía descanso, comenzó nuevamente a levantarse para hacer lo necesario.
Preparaba algo sencillo para comer.
Organizaba algunas cosas.
Atendía a su hijo.
Intentaba mantener la casa funcionando.
Cada movimiento le costaba.
Pero no quería que su hijo tuviera que preocuparse por cosas que no le correspondían.
Pedro, mientras tanto, había regresado a trabajar al día siguiente.
Para él, su vida continuaba prácticamente igual.
Había perdido un día de trabajo y eso parecía pesarle más que la enfermedad de Fernanda.
No entendía por qué ella no podía hacer las cosas de siempre.
En su cabeza, como él trabajaba y llevaba dinero a la casa, consideraba que ya estaba cumpliendo con su parte.
Cuando regresaba del trabajo, se sentaba frente al televisor o tomaba su teléfono.
Podía pasar horas mirando videos, jugando o simplemente descansando.
No sentía que tuviera que levantarse para ayudar con las tareas de la casa.
Para él, esas cosas eran responsabilidad de Fernanda.
Y Fernanda, durante mucho tiempo, había terminado aceptándolo.
Pero aquella vez estaba enferma.
Y aun así sentía que tenía que continuar.
Mientras tanto, en la empresa, Pedro llegó a trabajar como cualquier otro día.
Apenas entró, Andrés lo vio.
Se acercó a saludarlo.
Le dio la mano y le preguntó:
—¿Cómo está todo?
—Bien, jefe.
Andrés lo observó durante unos segundos.
Parecía estar esperando el momento adecuado para preguntarle algo.
Finalmente lo hizo con naturalidad.
—¿Y tu esposa? ¿Cómo está? ¿Ya está mejor?
Pedro asintió.
—Sí, ya está mejor.
Andrés respiró aliviado.
Aunque intentó disimularlo, la respuesta le produjo tranquilidad.
—¿Qué dijo el médico?
—Que tiene una infección fuerte y que necesita reposo.
Andrés frunció ligeramente el ceño.
—¿Reposo?
—Sí. Le mandó unos días.
Andrés permaneció pensativo.
Después le dijo:
—Si quieres, puedo darte los tres días para que te quedes con ella.
Pedro lo miró sorprendido.
—¿Los tres días?
—Sí. Para que la ayudes. Si el médico dijo que tiene que descansar, debería evitar hacer esfuerzos. Quédate con ella, ayúdala con las cosas de la casa y asegúrate de que se recupere bien.
Pedro negó inmediatamente con la cabeza.
—No se preocupe, jefe. Ella puede hacer esas cosas.
Andrés lo miró fijamente.
—¿Estás seguro?
—Sí. No está tan enferma.
Aquella respuesta molestó a Andrés.
Intentó controlarse.
Después de todo, Pedro era su trabajador.
Pero también llevaban tiempo trabajando juntos y se consideraban amigos.
—No quiero meterme en tu vida —dijo Andrés finalmente—. Pero llevamos bastante tiempo trabajando juntos y te considero mi amigo.
Pedro permaneció en silencio.
—Por eso te pregunto algo —continuó Andrés—. ¿Por qué eres así con tu esposa?
Pedro levantó las cejas.
—¿Así cómo?
—Como si cuidarla fuera una obligación que te molesta.
Pedro soltó una pequeña risa.
—No es eso.
—Entonces, ¿qué es?
Pedro se encogió de hombros.
—Son tantos años con ella.
Andrés lo observó.
Pedro continuó hablando.
—Claro que la quiero. Después de tantos años, ¿cómo no la voy a querer? Pero ya con el tiempo se ha descuidado mucho físicamente.
Andrés permaneció serio.
Pedro siguió:
—Ya no es la mujer de antes. La mujer de la que me enamoré.
Aquellas palabras dejaron a Andrés en silencio.
No esperaba escuchar algo así.
Pedro continuó hablando como si estuviera explicando algo completamente normal.
—Además, ahora solamente tiene una infección. No es que tenga algo grave.
Andrés sintió molestia.
No por la enfermedad.
Sino por la manera en que Pedro hablaba de la mujer que llevaba tantos años a su lado.
—¿Eso es lo que piensas de ella? —preguntó.
Pedro lo miró.
—Estoy diciendo la verdad.
Andrés respiró profundamente.
—Una persona puede cambiar físicamente con los años. Todos cambiamos.
Pedro no respondió.
—Pero si de verdad quieres a alguien —continuó Andrés—, no puedes hacer que su valor dependa de cómo se ve.
Pedro se quedó callado.
Andrés bajó la voz.
—Y si está enferma, no debería tener que sentirse culpable porque tú perdiste un día de trabajo.
Pedro comenzó a incomodarse.
—Jefe, usted no conoce cómo son las cosas en mi casa.
—Tienes razón —respondió Andrés—. No conozco toda tu vida.
Hizo una pausa.
—Pero conozco lo suficiente para decirte que deberías cuidar más a la persona que tienes a tu lado.
Pedro no contestó.
Andrés volvió a mirar los documentos que tenía sobre su escritorio.
Pero sus pensamientos ya no estaban allí.
Estaba pensando en Fernanda.
En aquella tarde en que la había visto caminando sola.
En cómo había subido a su carro nerviosa.
En la manera en que había mencionado a Pedro con cierto temor.
Y ahora entendía algo que antes no había querido reconocer.
Fernanda no solamente le parecía atractiva.
Le preocupaba.
Le importaba.
Y escuchar a Pedro hablar de ella de aquella manera había despertado algo que Andrés llevaba tiempo intentando mantener bajo control.
Sin embargo, sabía que no podía intervenir.
Fernanda tenía una relación.
Él era el jefe de Pedro.
Y cualquier paso equivocado podía traer consecuencias.
Por eso decidió mantenerse al margen.
Mientras tanto, Pedro terminó su jornada y regresó a casa.
Fernanda seguía enferma.
Estaba acostada cuando él llegó.
—¿Cómo sigues? —preguntó.
—Todavía me siento débil.
Pedro dejó sus cosas y se sentó a mirar televisión.
Fernanda lo observó desde la habitación.
No dijo nada.
Había comenzado a comprender que no podía esperar de Pedro algo que él no estaba dispuesto a darle.
Y, aunque todavía lo quería de alguna manera, una parte de ella comenzaba a preguntarse cuánto tiempo podía continuar viviendo así.
Esa noche, mientras Pedro miraba su teléfono y su hijo dormía, Fernanda permaneció despierta.
Pensó en todo lo que había cambiado durante los últimos meses.
Había comenzado a estudiar.
Había empezado a cuidarse.
Había recuperado pequeñas partes de sí misma.
Y ahora estaba empezando a ver su relación con otros ojos.
No sabía todavía qué haría.
No estaba pensando en abandonar su hogar.
No estaba pensando en Andrés.
Solo estaba pensando en ella.
En lo que merecía.
En lo que quería para su vida.
Y en una pregunta que cada vez aparecía con más fuerza:
¿Era suficiente que alguien dijera que te quería si sus acciones te hacían sentir completamente sola?
Fernanda cerró los ojos.
Todavía estaba enferma.
Pero, sin darse cuenta, algo dentro de ella estaba empezando a despertar.
Y mientras ella intentaba recuperarse físicamente, Andrés comenzaba a comprender que la mujer a la que había visto tantas veces de lejos estaba viviendo una realidad muy diferente de la que él había imaginado.