Elena solo quería salvar su carrera con un prototipo de cáñamo, pero Aksel Larsson está acostumbrado a ganar cada partido que juega, y esta vez, su objetivo es ella. Una historia corporativa de cocción lenta, ambición y secretos a voces donde las reglas del juego están a punto de cambiar para siempre.
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Capítulo 17
El trayecto a casa desde el estadio la noche del viernes había transcurrido con una calma engañosa. Aunque las luces de los flashes a la salida del recinto me provocaron un sutil escalofrío, la adrenalina por la victoria de Aksel y la calidez de su señal secreta dedicada desde la cancha me acompañaron durante todo el sábado. Nos mantuvimos al margen, enviándonos apenas unos mensajes breves para cuidar nuestra discreción. Creí, ingenuamente, que el disfraz de fanática común entre cincuenta mil personas había funcionado a la perfección.
Qué equivocada estaba.
El golpe aplastante llegó la mañana del domingo, antes de que el sol terminara de salir.
Me desperté por el zumbido incesante de mi teléfono celular sobre la mesa de noche. Al principio pensé que era la alarma, pero el aparato temblaba sin pausa por una ráfaga interminable de notificaciones. Adormilada, estiré el brazo y encendí la pantalla. El primer mensaje era de una colega de la universidad, seguido de decenas de alertas de aplicaciones de noticias de espectáculos y redes sociales.
Al abrir la primera notificación, el mundo se me vino abajo de golpe.
La pantalla proyectaba una fotografía de altísima resolución. No era del estadio, sino de la noche que cenamos en aquel discreto restaurante fuera de la ciudad. El fotógrafo nos había capturado desde un ángulo sesgado, justo cuando salíamos por la puerta lateral: Aksel sostenía mi mano con firmeza mientras me miraba a los ojos, y yo sonreía con una complicidad imposible de negar. La imagen era tan nítida que no dejaba espacio a ningún tipo de duda.
Pero lo verdaderamente brutal no era la fotografía, sino los titulares y los comentarios despiadados que la acompañaban.
"¿La nueva conquista del delantero estrella? Aksel Larsson captado con una misteriosa joven" encabezaba un tabloide deportivo internacional. En las redes sociales, la narrativa tomó un tinte cruento en cuestión de horas. Alguien de la empresa —o algún curioso en internet con demasiado tiempo libre— se había encargado de rastrear mi identidad en LinkedIn y difundirla públicamente.
"Es solo una empleada de nivel medio de la empresa donde él invierte."
"Seguro es un capricho temporal de fin de semana, a él no le duran."
"Claro, vio la oportunidad de ascender rápido y se le pegó. Una trepadora más."
"Miren cómo viste, no está a su nivel. Es una interesada buscando asegurar su vida."
Los insultos y los calificativos denigrantes se multiplicaban a una velocidad aterradora. Leí cada palabra con los ojos cristalizados, sintiendo una opresión en el pecho que me impedía respirar. Me quemaba el rostro de la vergüenza. Años de esfuerzo, de noches sin dormir estudiando ingeniería, de sacrificar mi vida personal para construir un perfil técnico intachable... todo pisoteado y reducido en cuestión de horas a la categoría de un "capricho" o una "interesada".
Pasé el resto del domingo encerrada en mi departamento, mirando al techo, temblando cada vez que el teléfono sonaba y tratando de mentalizarme para lo inevitable.
El verdadero calvario comenzó el lunes por la mañana.
Al cruzar las puertas cristaleras del corporativo de Mega-Market Prime, sentí que entraba a un foso de serpientes. El murmullo que antes era un susurro leve en los pasillos ahora era un rugido descarado. Las miradas de las recepcionistas, los ejecutivos del área comercial y las secretarias de Recursos Humanos se clavaban en mí como agujas. Nadie me saludó de frente, pero las sonrisas burlonas y los cuchicheos a mis espaldas eran tan evidentes que caminaba con los puños apretados dentro de los bolsillos de mi abrigo, con la vista fija en el suelo para evitar que me vieran quebrarme.
Al salir del elevador en el piso del departamento de proyectos, Marcus me estaba esperando.
Estaba recargado contra la pared, con los brazos cruzados y una sonrisa sádica revoloteando en sus labios. Se regocijaba en mi miseria, disfrutando cada segundo de la tormenta.
—Vaya, vaya... pero si aquí llega la celebridad del momento —dijo con un tono cargado de veneno, dando un paso al frente para bloquearme el paso hacia las escaleras del sótano—. No sabías qué inventar para salvar tu proyectito de cáñamo, ¿verdad, Elena? Qué eficiente resulta usar los atributos personales para asegurar el presupuesto directivo.
—Hazte a un lado, Marcus —respondí con la voz temblorosa de rabia, tratando de mantener la poca dignidad que me quedaba.
—Disfrútalo mientras dure, ingeniera —añadió, acercándose a mi oído con una burla fría—. El comité de ética ya tiene las fotos. Una cosa es un proyecto fallido y otra muy distinta un escándalo moral que ensucie la imagen corporativa. Estás fuera. Es cuestión de días para que te pongan de patitas en la calle.
Pasé a su lado a tirones, sintiendo el estómago revuelto, y bajé apresuradamente los escalones hacia el sótano. Abrí la puerta de madera del viejo taller, entré y la cerré de golpe a mis espaldas.
Apoyé el cuerpo contra la puerta de madera, me llevé las manos a la cara y dejé que las primeras lágrimas de frustración rodaran por mis mejillas. La presión, el pánico inminente a ser despedida, la humillación pública y la impotencia me estaban asfixiando por completo. En medio de esa oscuridad, sintiendo que todo por lo que había luchado se desmoronaba en mil pedazos, solo podía preguntarme cómo iba a sobrevivir a las próximas horas.