Durante cinco años viví convencida de que el amor entre mi esposo y yo era indestructible. En el camino dejé atrás mi carrera, mis amigos y a mi propia familia, volcando todas mis fuerzas en sostener un hogar que hoy lo entiendo, solo existía en mi imaginación. Mis dos hijos son mi mundo entero y mi mayor orgullo. Sin embargo, nunca imaginé que en cuestión de días todo lo que construí con tanto sacrificio se vendría abajo, ni que el hombre con quien compartí mi vida terminaría mostrando su verdadero y frío rostro. Ahora me toca descubrir que el amor no lo es todo... y que es momento de reconstruirme.
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Capítulo XIV La soga al cuello
Punto de vista de Fernández
—¡Son una cuerda de idiotas inútiles! —rugí, estampando el vaso de cristal contra el ventanilla de mi despacho. El impacto resonó como una detonación y los pedazos de vidrio volaron por la alfombra.
Caminaba de un lado a otro como una fiera enjaulada, sintiendo cómo la furia me quemaba la sangre.
—¡La orden era que pareciera un asalto común que salió mal! —le grite carse al tipo que tenía enfrente, sudando frío y manteniendo la mirada pegada al suelo.
—Nadie podía preverlo. Un sujeto de la nada se lanzó sobre ella y la seguridad del lugar abrió fuego. Nosotros solo respondimos para poder escapar... —balbuceó el asaltante.
—¡Puras excusas de imbéciles! —lo interrumpí con un tono de voz tan bajo y cargado de veneno que el sujeto dio un paso atrás, aterrorizado—. Tenían una sola tarea: eliminar a una mujer desprotegida en medio del caos. Y en lugar de eso, convirtieron el restaurante en un circo mediático, la dejaron intacta y ahora la policía y la prensa están sobre el caso.
La situación era crítica. Esa abogada no era una ingenua; tras este "atentado fallido", sabría de inmediato que la estaban cazando y se escondería bajo diez capas de seguridad. Peor aún: Durán estaba en esta misma ciudad. Si ese infeliz la encontraba antes que yo o decidía poner a su servicio la red de inteligencia del Imperio Durán, mis operaciones quedarían expuestas antes de tiempo.
Mi mano derecha, Rivas, dio un paso al frente desde la sombra del marco de la puerta.
—Jefe —intervino Rivas con voz neutra—. Tenemos que movernos. Fábregas lo está esperando en la sala de juntas del edificio Fernández. Ya completó el primer movimiento y firmó los estatutos iniciales.
Una sonrisa helada, carente de cualquier calidez, se dibujó lentamente en mi rostro.
—Por fin alguien que sirve para algo en esta organización —murmuré, ajustándome el nudo de la corbata frente al espejo de pared.
Me giré hacia Rivas y señalé con un leve movimiento de mentón al infeliz que temblaba frente a mi escritorio.
—Llévatelos a él y a los dos perros que entraron al restaurante —ordené en un susurro indiferente, como quien manda a tirar la basura—. Desaparece sus cuerpos. No acepto la ineptitud en mis filas, y mucho menos cuando me cuesta miles de dólares y pone en riesgo mi imperio.
—Entendido, señor —asintió Rivas sin pestañear, tomando al sujeto por el cuello para sacarlo a rastras de la oficina mientras el hombre empezaba a suplicar entre sollozos.
Salí del despacho sin voltear a mirar. Diez minutos después, ingresaba a la suite privada que habíamos alquilado bajo un nombre falso en el centro empresarial.
Alberto Fábregas estaba sentado al fondo de la mesa de conferencias. Lucía pálido, con las ojeras marcadas y una taza de café negro temblando entre sus manos. Frente a él descansaba una carpeta de cuero llena de documentos con sellos notariales frescos.
—Doctor Fábregas... Veo que la puntualidad es una de sus virtudes —saludé con falsa calidez, tomando asiento en la cabecera de la mesa.
—Señor Fernández... —Alberto se aclaró la garganta, intentando recomponer su postura de abogado prestigioso, aunque el miedo le chorreaba por los poros—. Hice lo que me pidió. Aquí están los expedientes de constitución de las primeras tres sociedades mercantiles. Registré las firmas como filiales de inversión extranjera y utilicé los vacíos del código de comercio para blindar la identidad de los beneficiarios finales.
Tomé la primera carpeta y deslicé las páginas con lentitud. La técnica jurídica era impecable. Alberto era un cobarde y un ambicioso, pero no cabía duda de que conocía la ley al derecho y al revés. Cada cláusula estaba redactada para que, en caso de una investigación fiscal, la responsabilidad penal y administrativa recayera exclusivamente en el apoderado legal que figuraba en las actas: él mismo.
Él había firmado su propio lazo al cuello sin siquiera notarlo.
—Excelente trabajo, Alberto —dije, esbozando una sonrisa calculadora mientras le daba una palmada en el hombro que lo hizo dar un leve brinco—. Esto demuestra que tomé la decisión correcta al elegirlo como mi socio.
—Gracias... —respondió Alberto, tragando saliva con dificultad—. Ahora, sobre el primer desembolso de mis honorarios... Necesito que la transferencia se concrete hoy mismo. Tengo acreedores presionando y Camila... bueno, mi esposa exige cubrir ciertos compromisos urgentes.
Sonreí para mis adentros. La vanidad y la presión de su mujer lo tenían completamente acorralado.
—El dinero estará en su cuenta antes de que termine la tarde —asentí, inclinándome hacia adelante y fijando mis ojos en los suyos—. Pero recuerde las reglas de este juego, Fábregas. Si usted me cumple y mantiene la boca cerrada, será un hombre asquerosamente rico. Pero si comete un solo error, o si permite que cualquier fiscal o abogada entrometida meta las narices en estas carpetas... no solo perderá su patrimonio. Perderá absolutamente todo.
El rostro de Alberto se descolorió por completo.
—N-nadie va a revisar esto —aseguró con la voz temblorosa—. Se lo garantizo, Fernández. Todo está bajo control.
—Eso espero, Alberto... Eso espero —dije, cerrando la carpeta de golpe—. Porque la tormenta apenas está comenzando.
El abogado salió de mi empresas, él pobre infeliz no sabía que todo lo que estaba viviendo era un plan que había estado tejiendo desde hace años y que próximamente el sería solo un peón en un juego mucho más grande.