Helena De la Vega está dispuesta a todo con tal de no presenciar el día más infeliz de su vida: la boda del hombre que ama con su propia hermana. Desesperada y sin medir las consecuencias, recurre a Leonardo de la Torre, su leal amigo de la infancia y el único hombre con el poder suficiente para desatar una tormenta de celos.
El trato es simple: fingir un romance apasionado frente a las cámaras de la alta sociedad.
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Capitulo 10
La suite de Leonardo en el Hotel Magnifique era un santuario de mármol y seda, pero esa noche, para Helena, se sentía más como una prisión chapada en oro. Desde su regreso del Club de Campo, la atmósfera entre ellos se había vuelto asfixiante, saturada de una posesividad que Leonardo ya no se molestaba en ocultar tras la fachada del pacto. Él había visto la desesperación de Mateo en la terraza, y la revelación había activado en él un instinto territorial que rozaba lo obsesivo.
Helena estaba de pie frente al ventanal que ofrecía una vista panorámica de las luces de la ciudad, un paisaje que antes le habría parecido liberador y que ahora solo acentuaba su aislamiento. Llevaba un vestido de seda negro, sencillo pero devastadoramente elegante, que Leonardo había seleccionado personalmente para ella, argumentando que el tono apagado resaltaba la palidez de su piel y la intensidad de su mirada. La tela rozaba sus curvas con cada respiración, recordándole la caricia invisible que él ejercía sobre ella incluso a distancia.
Leonardo estaba sentado en el borde del escritorio de caoba, observándola con una fijeza perturbadora. Había aflojado su corbata y desabrochado el botón superior de su camisa blanca, revelando la tensión en su cuello. Su mano, grande y firme, descansaba sobre la madera pulida, a centímetros de un ramo de orquídeas blancas que, curiosamente, Helena no había pedido.
—He cancelado tu agenda para la próxima semana, dulce Helena —dijo él, su voz grave resonando con una autoridad que no admitía réplica.
Helena se giró despacio, el movimiento haciendo que la seda del vestido se pegara a sus muslos.
—¿Qué? No puedes hacer eso. Tengo compromisos. La prueba del vestido de dama de honor para Victoria es el martes.
—Le he pedido a tu madre que te envíe las telas a la suite. La modista vendrá aquí. No hay necesidad de que te expongas a las habladurías de la alta sociedad —replicó él, su tono glacial—. Además, no quiero que vuelvas a ver a Mateo hasta el día de la boda.
La mención del nombre de su ex hizo que el ambiente se volviera helado. Helena apretó los puños, la rabia empezando a hervir bajo su superficie de autocontrol.
—Esto está yendo demasiado lejos, Leo. El pacto era para ponerlo celoso, no para convertirme en tu prisionera.
Leonardo se puso de pie y caminó lentamente hacia ella. Cada paso irradiaba una dominancia peligrosa. Se detuvo a escasos centímetros de su cuerpo, envolviéndola en su aroma a madera, tabaco y algo más primitivo que Helena no lograba identificar pero que le hacía vibrar la piel.
—El pacto ha cambiado —murmuró él, bajando la cabeza hasta que sus labios rozaron la curva de su oreja, enviando una descarga eléctrica por su columna vertebral. Su mano subió para acariciar la línea de su mandíbula, sus dedos cálidos y ásperos contra su piel—. Antes, yo era una herramienta para tu venganza. Ahora, soy el hombre al que le perteneces. Y yo no dejo que lo que es mío se pasee frente a un error del pasado.
Helena sintió la presión de su cuerpo contra el de ella, una mezcla de fuerza y calor que la intimidaba tanto como la atraía. Sus ojos oscuros, ahora sin filtro, la devoraban con una posesividad que le cortaba el aliento. En el fondo, sabía que estaba cayendo en una trampa de la que tal vez nunca podría salir, pero mientras él la sostenía así, con esa intensidad febril, la idea de escapar se sentía extrañamente distante. Él estaba cerrando las puertas de su mundo, una por una, y ella, extrañamente, estaba empezando a encontrar consuelo en la seguridad de su jaula dorada.