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LA PÓLVORA

LA PÓLVORA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:419
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 23: LA LÍNEA

Pasaron casi tres semanas entre la misión del galpón y la noche en que Mila mató por primera vez, tres semanas en las que su rutina dentro de la organización de don Efraín se fue asentando con una normalidad que, mirada desde afuera, hubiera resultado perturbadora: mensajerías cada vez más frecuentes, un par de cobranzas menores en las que ya no sentía el mismo shock inicial, aunque tampoco la indiferencia total de Freddy y Chucho, y entrenamientos con Nail que ahora incluían, además de las armas, nociones de cómo leer acuerdos, cómo identificar cuándo alguien mentía en una negociación, cómo moverse dentro de la política interna del combo sin hacer enemigos innecesarios.

La noche en cuestión, Mila acompañaba de nuevo a Freddy en lo que se suponía era una entrega rutinaria, esta vez sin Chucho, que estaba enfermo, reemplazado por un muchacho más joven llamado Pipe, con apenas un año más que Mila, nuevo también en ese nivel de responsabilidad. La combinación —dos personas relativamente inexpertas, Freddy como único elemento veterano— resultaría, esa noche, una decisión que después, en las reuniones de la organización, se analizaría como un error de cálculo que nadie había anticipado.

Todo iba según lo planeado hasta que, a dos cuadras del punto de entrega, tres hombres armados surgieron de un callejón lateral, cortándoles el paso con una coordinación que dejaba claro que no era un asalto improvisado, sino una emboscada planeada de antemano.

—¡Al suelo, hijueputas! —gritó uno de ellos, con un arma apuntando directamente hacia el parabrisas de la camioneta.

Freddy, con reflejos entrenados por años en el negocio, giró bruscamente el volante, intentando esquivar el bloqueo, pero uno de los atacantes ya había abierto fuego, las balas impactando contra la carrocería con un sonido metálico que a Mila le pareció, en ese instante de pánico absoluto, mucho más aterrador que cualquier disparo que hubiera escuchado en su entrenamiento.

—¡Bajen, bajen! —gritó Freddy, deteniendo la camioneta de un frenazo violento detrás de un contenedor de basura que ofrecía, apenas, algo de cobertura, mientras él mismo abría fuego de respuesta con una precisión fría que contrastaba brutalmente con el caos de los segundos anteriores.

Mila y Pipe se lanzaron fuera del vehículo, buscando refugio, con el corazón de Mila latiendo tan fuerte que sentía que iba a salírsele del pecho, mientras su cuerpo, casi por voluntad propia, ejecutaba los movimientos que Nail le había entrenado durante meses: agacharse, buscar cobertura sólida, no exponerse más de lo necesario, mantener el arma lista aunque las manos le temblaran de una forma que no había sentido ni siquiera en la quebrada seca durante las primeras prácticas.

Uno de los atacantes, separándose del grupo principal, avanzó hacia el costado donde Mila se había refugiado, sin verla del todo en la oscuridad, con el arma en alto buscando un ángulo hacia Freddy. Era joven, quizás de la edad de Yeison, con una gorra torcida y una expresión de concentración feroz que no dejaba espacio para la duda sobre sus intenciones.

Mila tuvo, en ese instante, una fracción de segundo para decidir: gritar y arriesgarse a que la descubriera antes de poder reaccionar, o hacer exactamente lo que Nail le había entrenado a hacer en escenarios como ese, la secuencia que había practicado tantas veces en la quebrada que su cuerpo la ejecutó casi sin intervención consciente de la mente.

Levantó el arma. Apuntó. Disparó.

El hombre cayó, con un sonido seco y terrible que Mila nunca olvidaría, un ruido que no se parecía en nada a las latas que había derribado durante meses de práctica, un sonido con un peso distinto, definitivo, que se le clavó en el pecho con una fuerza que ningún entrenamiento hubiera podido prepararla del todo para sentir.

El tiroteo terminó apenas unos segundos después, con Freddy logrando herir a otro de los atacantes en el brazo, lo suficiente para que el tercero, al ver la situación perdida, arrastrara a sus compañeros y huyera calle abajo, dejando atrás al hombre que Mila había disparado, inmóvil sobre el pavimento húmedo.

Mila se quedó paralizada, el arma todavía en la mano, mirando el cuerpo caído a apenas unos metros de distancia, incapaz de moverse, incapaz de procesar del todo lo que acababa de hacer, mientras Freddy, con una calma profesional que a Mila, en ese momento, le pareció casi obscena, revisaba rápidamente los alrededores buscando más amenazas.

—Hay que irnos —dijo Freddy, agarrándola del brazo con firmeza, sacándola del shock momentáneo—. Ya, Mila. Antes de que llegue más gente.

Se subieron de nuevo a la camioneta, Pipe temblando visiblemente en el asiento trasero, murmurando algo ininteligible sobre lo que acababan de vivir, mientras Freddy conducía alejándose de la zona con una velocidad controlada que evitaba llamar más la atención de la necesaria.

Mila no dijo una palabra durante todo el trayecto de regreso. Sentía las manos entumecidas, un frío que no tenía nada que ver con la temperatura de la noche, y una imagen fija en la mente que sabía, con una certeza terrible, que no iba a desaparecer nunca del todo: el cuerpo del hombre cayendo, el sonido seco del impacto, la manera en que su expresión de concentración feroz se había transformado, en el último instante antes de caer, en algo parecido a la sorpresa.

Nail la esperaba, como siempre, apostado cerca de El Pozo, y en cuanto la vio bajar de la camioneta, algo en su expresión —quizás la palidez de Mila, quizás algo en su forma de moverse— le confirmó de inmediato que algo grave había pasado.

—¿Qué pasó?

Mila no pudo contestar de inmediato. Las palabras se le atoraron en la garganta, mezcladas con una necesidad urgente de llorar que, sin embargo, tampoco lograba salir del todo, atrapada en algún punto entre el shock y una especie de entumecimiento generalizado.

—Maté a alguien —dijo finalmente, con una voz que apenas reconoció como propia—. Nos emboscaron. Fue defendernos o que nos mataran a nosotros. Y yo... disparé.

Nail no dijo nada de inmediato. La abrazó, ahí mismo, en plena calle, sin importarle quién pudiera verlos, un gesto que rompía todas las reglas de discreción que él mismo había establecido meses atrás, pero que en ese momento parecía la única respuesta posible frente a lo que Mila acababa de vivir.

—Está viva —le dijo, en voz baja, contra su pelo—. Eso es lo único que importa esta noche. Está viva.

—No se siente como si eso fuera lo único que importa.

—Lo sé. Y no va a sentirse así por un tiempo. Quizás nunca del todo. —Se separó un poco, sosteniéndola por los hombros, mirándola con una intensidad que buscaba, más que nada, asegurarse de que ella lo escuchara de verdad—. Escúcheme, Mila. Lo que pasó hoy no la convierte en un monstruo. La diferencia entre defender su vida y quitarle la vida a alguien por gusto o por ambición es enorme, y usted todavía está del lado correcto de esa línea. Aférrese a eso. Con fuerza. Porque esa línea es la que la va a mantener siendo usted misma, en medio de todo lo demás.

Esa noche, Mila no durmió. Se quedó despierta, repasando una y otra vez la secuencia completa de la emboscada, sintiendo que algo dentro de ella, algo que hasta esa noche todavía conservaba cierta inocencia a pesar de todo lo vivido en los meses anteriores, se había quebrado de manera definitiva e irreversible.

No lloró todavía. Eso, como con la muerte de Yeison, llegaría después, en oleadas inesperadas durante los días siguientes.

Esa noche, mirando el techo de su cuarto con los ojos abiertos hasta que el amanecer empezó a colarse por la ventana, Mila solo pudo pensar en una cosa, con una claridad fría que la asustó más que el disparo mismo: ya no había vuelta atrás. La línea que Nail le había advertido meses atrás, en el terreno baldío, durante su primera lección con el revólver descargado, finalmente la había cruzado.

Y del otro lado de esa línea, entendió esa madrugada, la esperaba una versión de sí misma que todavía no conocía del todo, pero que ya empezaba, sin que ella lo hubiera planeado del todo, a tomar forma.

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