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Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Status: Terminada
Genre:Escuela / Héroes / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:237
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.

Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.

Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun

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CAPÍTULO 17: La prueba que no quería hacer

El sábado amaneció gris y lluvioso, y Min‑jun no durmió ni una sola hora en toda la noche. Se quedó tumbado en la cama mirando el techo, repasando una y otra vez cada detalle de la batalla del día anterior: la cicatriz roja en forma de media luna en la muñeca de Ámbar Negro, la frase exacta que le había dicho, la forma de respirar cuando está preocupado, la manera de fruncir el ceño justo antes de lanzar un golpe… todo, absolutamente todo, era igual a Seo‑jun.

Todo el tiempo.

Llevaban casi un año luchando codo con codo cada noche, confiando el uno en la vida del otro, siendo el equipo más perfecto que podía existir… y de día se odiaban sin saber por qué. Él le había roto el corazón veinticuatro horas antes para protegerlo… y ahora descubría que lo único que había conseguido era hacer sufrir a su propio compañero de armas, duplicando el dolor que alimentaba al Tejedor de Han.

Se levantó de un salto cuando el brazalete de jade empezó a vibrar con la señal de convocatoria urgente al Santuario. No tuvo que inventar excusas: su abuela ya estaba acostumbrada a que saliera temprano los sábados sin decir nada. Corrió hacia el bosque del Monte Namsan, se transformó en Jade Blanco en cuanto estuvo solo y entró en la sala principal del Santuario con el corazón latiéndole a mil por hora.

Yeo‑wol lo esperaba junto a Ámbar Negro, que ya estaba allí, de pie con los brazos cruzados, la postura exacta que Seo‑jun usaba en el gimnasio cuando el entrenador le regañaba por llegar tarde. Min‑jun tuvo que apretar los puños con todas sus fuerzas para no delatarse.

—Habéis venido rápido —dijo la chamana con la voz seria—. El Tejedor de Han ha activado una trampa antigua en el templo abandonado de la ladera norte. No es una sombra suelta. Es una prueba. Algo diseñado específicamente para vosotros dos. Para medir vuestro vínculo… y para romperlo si puede.

Ámbar asintió sin decir nada. Min‑jun lo miró de reojo, disimulando lo mejor que pudo. **Tiene la misma cicatriz en la ceba izquierda que Seo‑jun se hizo cuando era pequeño jugando al fútbol**, la que siempre se toca cuando está nervioso. Ahora lo estaba haciendo. Justo ahora.

—Vamos —dijo Ámbar con la voz grave bajo el casco—. Cuanto antes lleguemos, mejor. No me fío de nada que haga ese tipo.

Caminaron juntos por el sendero estrecho del bosque, en silencio. Min‑jun no dejaba de observarlo: cómo pisaba las piedras para no resbalar, exactamente igual que cuando bajaban las escaleras del instituto; cómo se rascaba la nuca cuando pensaba, el mismo gesto que tenía antes de tirar el tiro libre decisivo del partido. Cada detalle nuevo encajaba con una puntería terrible. Ya no quedaba ninguna duda en su cabeza. Solo necesitaba una prueba definitiva para estar cien por cien seguro.

Llegaron al templo abandonado media hora después. Era un edificio de piedra viejo y oscuro, con la puerta entreabierta y una luz roja y negra saliendo de dentro. Al cruzar el umbral, la puerta se cerró de golpe detrás de ellos con un estruendo que hizo temblar las paredes. Del centro de la sala salió una voz conocida, rota y triste, la del Tejedor de Han:

—Por fin habéis llegado. Os estaba esperando. Hoy no venimos a pelear. Hoy venimos a conocernos de verdad.

Antes de que pudieran reaccionar, unas cuerdas hechas de energía oscura salieron disparadas de las paredes, envolviéndoles las muñecas y atándoles el uno al otro por las manos izquierdas. Jade y Ámbar gritaron al mismo tiempo, intentando soltarse, pero cuanto más tiraban más fuerte apretaba la cuerda.

—Esta atadura solo se rompe de dos formas —explicó la voz desde las sombras—. O usáis vuestro poder combinado al máximo para destruirla… o os quitáis los antifaces y los guantes el uno al otro, reconociendo quién sois realmente debajo de todo esto. Porque ya lo sé, niños. Ya sé quién se esconde debajo de cada máscara. Y es solo cuestión de tiempo antes de que lo descubráis también el uno del otro.

Min‑jun sintió que se le helaba la sangre. **Lo sabía. Él también lo había descubierto.**

La cuerda seguía apretando. El guante de Ámbar se estaba deslizando poco a poco hacia abajo por el movimiento. Min‑jun lo vio venir antes de que pasara. Intentó girar la mano para que no se viera, pero fue demasiado tarde.

El guante se deslizó del todo y cayó al suelo de piedra con un ruido sordo.

Y allí estaba.

La cicatriz roja, fresca, de tres centímetros, en forma de media luna, justo en la muñeca izquierda. Exactamente igual. En el mismo sitio. Con la misma forma.

No había más coincidencias posibles. No había más dudas.

**Ámbar Negro era Seo‑jun. Siempre lo había sido.**

Min‑jun se quedó rígido, sin respirar, mirando esa cicatriz como si le hubieran dado un golpe directo al pecho. Todo encajaba. Todo. Cada noche, cada batalla, cada vez que Ámbar le había tendido una mano para levantarle del suelo, cada vez que le había dicho “confío en ti”, cada vez que había puesto su propia vida en peligro para salvar la de él… era Seo‑jun. Era la misma persona a la que él había dicho veinticuatro horas antes que estaba cansado de él. La misma a la que le había devuelto la pulsera del aniversario delante de todo el mundo.

—¡Jade! —le gritó Ámbar, alarmado al verlo tan pálido—. ¡Reacciona! Tenemos que romper esto juntos, ¡concéntrate!

Min‑jun levantó la vista muy despacio, mirándolo a través del antifaz, y por un segundo casi le dice su nombre. Casi le grita *Seo‑jun*. Pero se contuvo a tiempo. Todavía no. No podía. No aquí, con el Tejedor escuchando cada palabra. Si lo decía ahora, el villano lo usaría para destruirlos a los dos en el mismo instante.

Así que asintió con fuerza, respiró hondo y juntó su mano derecha con la de Ámbar, como habían hecho tantas veces antes. Juntos lanzaron el golpe combinado de luz verde y dorada, con toda la fuerza que tenían, haciendo vibrar todo el templo hasta los cimientos. La cuerda oscura gritó y se deshizo en mil pedazos de luz.

La puerta se abrió de nuevo. Pero el Tejedor no se había ido. Seguía hablando desde las sombras, con esa risa triste y rota que tanto les helaba la sangre:

—Lo habéis visto, ¿verdad? Ya no podéis volver atrás. Ahora la duda está ahí, dentro de vuestras cabezas, cada vez que os miréis. Cada vez que luchéis juntos. Y cuando por fin os quitéis las máscaras el uno al otro… veréis que todo lo que habéis hecho hasta ahora solo ha servido para haceros daño mutuamente. Y entonces ganaré yo. Sin tener que dar ni un solo golpe.

Y desapareció.

Se quedaron los dos solos en el templo en ruinas, en silencio. Ámbar se agachó para recoger su guante del suelo, y al hacerlo, su mirada se posó en el hombro izquierdo de Jade. La herida de la víspera se había vuelto a abrir un poco con el esfuerzo, manchando de sangre el traje.

—Esa herida —dijo Ámbar muy despacio, con la voz cambiada, como si de repente no estuviera seguro de nada—. Te la hiciste ayer, ¿verdad? En el instituto. Cuando apareció esa sombra en el patio trasero.

Min‑jun se tensó todo el cuerpo.

—No sé de qué hablas —respondió lo más neutro que pudo.

—Sí lo sabes —insistió Ámbar, dando un paso hacia él—. Yo lo vi. Vi cómo te arañó. Y luego… luego vi al chico de mi clase, Min‑jun, salir del patio con una mancha de sangre en el hombro exactamente en el mismo sitio. Coincidencia, ¿verdad?

No respondió nada. No podía. Cualquier cosa que dijera sería demasiado.

Ámbar lo miró un rato más, en silencio, y luego negó con la cabeza, como si intentara apartar el pensamiento. Se volvió a poner el guante con cuidado, cubriendo de nuevo la cicatriz.

—Vámonos —dijo simplemente—. Ya no hay nada que hacer aquí. Y… oye. Pase lo que pase, pase lo que descubramos en los próximos días… somos equipo. Nada de lo que pase podrá cambiar eso. ¿Me oyes? Nada.

Salió del templo sin mirar atrás. Min‑jun se quedó allí solo unos minutos más, apoyado en una pared de piedra fría, intentando asimilarlo todo. Cuando salió, ya no llovía. El sol empezaba a asomarse entre las nubes.

Caminó por las calles de Seúl sin rumbo fijo, hasta que terminó en el parque pequeño cerca del instituto, donde tantas tardes habían estado juntos antes de que todo se rompiera. Y allí lo vio.

Seo‑jun estaba solo en la cancha de baloncesto, entrenando tiros libres una y otra vez, sin parar. Llevaba la manga izquierda de la camiseta subida hasta el codo.

Y la cicatriz de media luna brillaba clara en su muñeca cada vez que levantaba el brazo para tirar.

Min‑jun se quedó escondido detrás de un árbol durante diez minutos, mirándolo sin atreverse a salir. Al final, salió de su escondite, se acercó despacio a la valla de la cancha y dejó sobre el banco la botella fría de su bebida isotónica favorita, la que siempre le compraba antes de los partidos. No dijo nada. No se acercó más. Solo la dejó allí y se fue caminando despacio sin que él lo viera.

Pero Seo‑jun lo vio irse. Se giró justo a tiempo para ver su espalda alejándose, y luego miró la botella en el banco. La cogió con la mano izquierda, la cicatriz visible para cualquiera que mirara, y se quedó quieto mucho rato, pensativo, sin entender por qué el chico que le había roto el corazón dos días antes seguía haciendo cosas como esa.

Min‑jun llegó a su casa cuando ya estaba oscureciendo. Subió a su habitación, cerró la puerta con llave y se dejó caer en la cama antes de sacar el cuaderno de debajo del colchón. Tenía que escribirlo todo. Tenía que sacárselo de dentro antes de explotar.

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📔 CUADERNO DE CHOI MIN‑JUN

Sábado por la noche, después de la lluvia

Querido cuaderno:

Hoy he tenido la confirmación definitiva de la cosa que más miedo me daba en todo el mundo. Y no sé ni por dónde empezar a contártelo.

No he dormido en toda la noche. Daba vueltas en la cama pensando en la cicatriz que vi ayer en la muñeca de Ámbar Negro. En cómo hablaba. En cómo se movía. Todo era igual a Seo‑jun. Todo. Pero no me atrevía a creerlo del todo. Necesitaba estar seguro.

Hemos ido al templo abandonado de la montaña. El Tejedor nos había preparado una trampa. No quería matarnos. Quería que descubriéramos quién éramos el uno del otro. Nos ha atado con unas cuerdas oscuras por las muñecas y… y el guante de Ámbar se ha caído.

Y estaba allí. La cicatriz. Exactamente igual. En el mismo sitio. La misma forma de media luna. La que Seo‑jun se hizo el día del partido al caer sobre el cristal. La que yo curé en secreto con un poco de luz para que no le doliera.

Es él. Es Seo‑jun. Siempre ha sido él.

Llevo todo este tiempo pensando que yo era el único que llevaba dos vidas, el único que mentía, el único que tenía que ocultar cosas. Y todo este tiempo ha estado justo a mi lado. Cada noche. Cada batalla. Somos el mejor equipo que existe cuando llevamos los trajes puestos. Nos entendemos sin hablar. Confiamos el uno en el otro ciegamente. Nos salvamos la vida mutuamente una y otra vez.

Y de día… yo le he roto el corazón. Le he dicho que me había cansado de él. Le he devuelto la pulsera del aniversario delante de todos. He hecho todo lo posible para que me odie… pensando que así lo protegía. ¡Qué idiota soy! ¡Qué enorme, terrible idiota! Todo lo que he hecho solo ha servido para que suframos los dos el doble. Y eso es justo lo que quería el Tejedor. Él se alimenta de nuestro dolor. Y yo se lo he dado servido en una bandeja sin querer.

Lo peor de todo es que él también ha empezado a sospechar de mí. Ha visto la herida que tengo en el hombro, la misma que recibió Jade ayer en la batalla. Me ha preguntado por ella. He tenido que mentir otra vez. Otra vez. Siempre mintiendo. Incluso con él. Incluso ahora que ya sé quién es.

No puedo decírselo. Todavía no. El Tejedor también lo sabe. Si nos descubrimos ahora, nos usará el uno contra el otro. Nos destruirá a los dos sin tener que esforzarse. Tengo que aguantarme. Tengo que seguir fingiendo. Tengo que seguir siendo el chico frío y cruel de día, y el compañero leal de noche. Aunque me esté matando por dentro.

Antes de volver a casa he pasado por el parque. Lo he visto entrenando solo en la cancha. He dejado su bebida favorita en el banco sin que me viera. Él me ha visto irse al final. No sé qué pensará. No sé qué pensar ya de nada.

Solo sé que ahora todo ha cambiado para siempre. Ya no estoy solo en esto. Pero a la vez… me siento más solo que nunca. Porque ahora sé que la persona que más quiero en el mundo es la misma con la que lucho cada noche… y que yo mismo he sido quien más le ha hecho daño.

Mañana tendré que verle en el instituto. Y tendré que seguir fingiendo que no significa nada para mí. Y luego, por la noche, tendré que luchar a su lado como si nada hubiera pasado, como si no supiera quién es. No sé si seré capaz. De verdad que no lo sé.

Solo espero que cuando todo esto acabe, cuando por fin podamos quitarnos los antifaces delante del otro… todavía quede algo de nosotros que salvar.

Tengo miedo. Mucho miedo. Pero esta vez… al menos ya no tengo miedo de estar solo.

Buenas noches.

Min‑jun.

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Cerró el cuaderno con cuidado, lo escondió bien bajo el colchón y se quedó mirando el brazalete de jade que brillaba suave en la oscuridad. Por primera vez desde que se lo pusieron, no sentía que era una carga solo para él.

Pero también sabía, con una certeza fría y clara, que la batalla más difícil de todas todavía no había llegado.

No sería contra monstruos, ni contra sombras, ni contra el Tejedor de Han.

Sería contra la verdad. Y contra el momento inevitable en que tendrían que mirarse a los ojos, sin máscaras, sin antifaces, sin mentiras… y ver si todavía había algo que salvar entre los dos.

FIN DEL CAPÍTULO 17

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