Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.
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Capítulo 22
Capítulo 22 — El arma no se dispara sola
"¿Puede no hacerme daño?"
Esa pregunta lo detuvo como no lo habría detenido un grito.
Se quedó con el cinturón en alto y la mano cerrada en mi blusa rasgada, y yo vi cómo algo se le apagaba en la cara, despacio, como cuando el mar se retira y deja la arena de otro color. Bajó la vista. Me miró de rodillas, mojada, verde de mareo, con el vómito todavía en la comisura y la venda del pecho asomando por el desgarrón, y por primera vez desde que había bajado del avión pareció ver de verdad lo que estaba a punto de hacer.
El cinturón cayó al suelo con un ruido tonto, de cuero muerto. Él se apartó dos pasos, como si yo quemara. Se pasó la mano por la cara. Y sin decir nada me dejó ahí tirada, sola, y salió a la terraza a mirar el mar oscuro como si el mar tuviera la culpa.
No me pegó. Que quede claro, porque a mí no me sirve la mentira bonita: no me pegó, pero estuvo a esto de hacerlo, y que un hombre esté a esto de azotar a la mujer que tiene presa no es amor ni es susto ni es "es que la quería mucho". Es lo que es. Esa noche aprendí que la línea existe y que él la tenía cerca, y que solo mi voz de niña rota lo había hecho retroceder, no su conciencia. La conciencia le llegaría después. Tarde, como todo lo bueno en aquel hombre.
Me lavé sola, temblando, y ahí empezó lo otro.
La casa tenía un baño que era una joya y una tortura: el piso, de vidrio, y debajo del vidrio el mar iluminado, y en el mar peces de colores nadando bajo mis pies descalzos. A cualquiera le habría parecido un sueño. A mí se me cerró la garganta. Porque yo, unos meses atrás, en otra casa de aquel hombre, había estado a punto de ahogarme en una tina, sujeta por manos que no me soltaban, y desde entonces el agua encerrada, el agua bajo techo, el agua brillando quieta, me disparaba en el cuerpo un terror animal que no razonaba. Ver el mar entero debajo de mis pies fue como pararme sobre mi propia pesadilla. Salí de ahí en cuanto pude, ahogándome en seco, con el corazón golpeando.
Y al entrar al cuarto lo encontré sentado en el borde de la cama, con una pistola en la mano.
No me apuntaba. La tenía sobre la rodilla, jugando con ella, girándola como quien gira un rosario. Me quedé clavada en el umbral.
—No se dispara sola —dijo sin mirarme, mirando el arma—. Un arma no se dispara sola, Ana. —Levantó los ojos, y estaban secos y negros—. Pero yo sí.
Se paró. Empujó la pistola lejos, sobre la colcha, como para quitarse la tentación, y en dos zancadas me tenía contra la pared. La mano en mi garganta. No para ahogarme del todo —él sabía medir, ese era el horror, que sabía medir—, pero sí lo suficiente para que yo sintiera mis propios latidos contra sus dedos y para que el aire me llegara contado.
—Dos veces —dijo, muy cerca, la voz baja y pareja—. Dos veces te has escapado. Le has apuntado a un piloto con un arma. Me has llamado criminal delante de mi gente. —Apretó un punto, aflojó—. ¿Tú qué crees que soy? ¿Un juego? ¿Crees que puedes correr y correr y que aquí no pasa nada?
—Suélteme —dije, o lo intenté, porque me salió un hilo.
No me soltó. Me interrogó así, con la mano en mi cuello y los ojos fijos, pregunta tras pregunta, como se interroga a un preso, y yo entendí que eso era exactamente: un interrogatorio, no una caricia torcida, no un juego de esos que él a veces disfrazaba de otra cosa. Era rabia con forma de mano. Era un hombre poderoso apretándole el pescuezo a alguien que no podía defenderse, y no hay palabra dulce que lo maquille.
—El piloto va a responder ante un consejo de guerra —dijo, soltándome al fin, apartándose para que yo me doblara tosiendo—. El ama de llaves y las muchachas que te dejaron llegar al agua responden por su descuido. Cada vez que corres, Ana, alguien paga. Pensé que ya lo habías entendido.
Y eso, óiganlo bien, era de lo peor que tenía aquel hombre: no me pegaba a mí, pero castigaba a los que me habían fallado, y me lo decía a la cara para que el castigo de ellos pesara sobre mi conciencia y me amarrara con la culpa mejor que con cadenas. El piloto tenía familia; me lo había dicho en el avión, temblando, "señora, tengo dos hijas". Las muchachas eran unas niñas del continente que mandaban su sueldo a sus casas. Yo iba a cargar con lo que les pasara a todos ellos, y él lo sabía, y por eso lo hacía. No hay nombre bonito para eso. Se llama crueldad, y punto.
Y ahí, tosiendo contra la pared, con la marca de sus dedos caliente en la garganta, se me rompió algo que llevaba meses aguantando. No lloré bonito. Lloré feo, con mocos y con rabia, y le grité lo único verdadero que tenía:
—¡Yo no soy un perro! —La voz me salió desgarrada—. ¿Me entiende? ¡No soy un animal que usted amarra, ni una cosa que se paga y se guarda! ¡Soy una persona! ¡Una persona, con padre y con madre y con nombre, y quiero irme a mi casa!
Se quedó mirándome. No dijo nada. Y yo lloré hasta que el cuerpo, agotado de tanto, de tanto todo, se apagó como una vela, y caí dormida ahí mismo, en el suelo, hecha un ovillo, sin darle el gusto de la cama.
Soñé con mi papá. Soñé que lo buscaba entre mucha agua azul, como en esa película de peces que veíamos de niños, el pececito que pierde a su padre y cruza medio océano buscándolo; solo que en mi sueño la que se había perdido era yo, y por más que nadaba no lo encontraba, y lloraba y llamaba "papá, papá, quiero ir a casa" tragando agua salada.
Me desperté a medias en unos brazos. Él me había levantado del suelo en algún momento y me tenía contra su pecho, en la cama, en la oscuridad. Y lo que oí, medio dormida, fue su voz muy baja, casi contra mi pelo, contestándole a mi sueño:
—Donde yo esté, ahí está tu casa. Duérmete. Aquí está tu casa.
No le contesté. Me hice la dormida. Pero desde ese hueco entre el sueño y la vela apagada aprendí algo de él que él jamás me habría contado despierto. Aprendí que no dormía. Que se despertaba varias veces en la noche, de golpe, y me buscaba con la mano en la cama, y solo cuando comprobaba que yo respiraba volvía a quedarse quieto. Una de esas veces, creyéndome dormida, lo oí decir mi nombre en la oscuridad, "Ana", así, sin más, como quien se asegura de que algo todavía existe. Y lo dijo con un miedo que no le pegaba a un hombre que pilotaba cazas y ordenaba consejos de guerra: el miedo de quien nunca en la vida se ha preocupado por que otro ser vivo se le muera entre las manos, y de pronto no puede pensar en otra cosa.
Veintiocho años, me enteraría después, había vivido aquel hombre sin que le importara si alguien amanecía o no amanecía. Y esa noche, en una isla del Caribe, se despertó tres veces a comprobar que yo seguía respirando.
Yo no sabía todavía qué hacer con eso. Odiarlo era fácil; lo tenía practicado. Lo difícil, lo peligroso, era esto otro: que un monstruo tuviera miedo de perderme.
Me dieron ganas de ir al baño en mitad de la madrugada. Traté de levantarme sin despertarlo. Imposible: al primer movimiento su brazo se cerró sobre mí.
—¿A dónde? —masculló, ya sin sueño, sin soltarme.
—Al baño —susurré—. Sola. Puedo sola.
—Te llevo.
—No me toque. —Me zafé un poco, y el corazón se me disparó solo de pensar en el vidrio, en el mar debajo, en el agua—. Puedo ir sola.
—Que te llevo yo —dijo, ya sentándose, ya sin sueño, con esa terquedad de piedra que no admitía discusión.
Y ahí, en la oscuridad, empezó el forcejeo callado más raro de mi vida: yo diciendo "no me toque" y él diciendo "yo te cargo", los dos en voz baja para no romper del todo la noche, dos personas que no se soportaban peleándose por quién sostenía a quién camino a un baño que a mí me daba pavor.