Durante siglos, los clanes de los vampiros y de los hombres lobo han vivido consumidos por el odio.
Todos creen que el antiguo rey de los vampiros @s3s1nø a la esposa del Alfa durante una Noche de Luna Roja. Como venganza, el Alfa m@tø a la reina vampira un día después del nacimiento de su hija, Aylin.
Lo que nadie sabe es que aquella mu3rt3 fue una mentira.
La esposa del Alfa fingió su fallecimiento para escapar con el lobo del que realmente estaba enamorada, dejando atrás a un cachorro recién nacido
NovelToon tiene autorización de Paula Mariana Jurado Ramirez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
LA PRINSESA DE LA NOCHE
Cinco años también habían pasado en el Reino Nocturno.
Cinco años desde la dolorosa pérdida de la reina Seraphina.
Cinco años desde que el rey Draven quedó solo al frente del clan, criando a su única hija.
Y cinco años en los que el reino comenzó a vivir una preocupación que crecía con cada nuevo nacimiento.
No había nacido un solo varón.
Ni uno.
Lo que al principio parecía una simple coincidencia, con el paso del tiempo se convirtió en un motivo de preocupación para todo el reino.
Los ancianos ya no ocultaban su miedo.
El equilibrio del clan estaba desapareciendo.
El Reino Nocturno seguía siendo tan majestuoso como siempre.
El enorme castillo de piedra negra se alzaba entre montañas cubiertas por una eterna oscuridad.
Los jardines florecían únicamente con plantas que crecían bajo la luz de la luna.
Los vampiros dormían durante el día.
Y al caer la tarde, la vida volvía a llenar cada rincón del reino.
Aquella noche...
Las campanas sonaron anunciando una nueva reunión del Consejo Real.
Draven caminó por el largo salón acompañado de sus guardias.
Su porte seguía imponiendo respeto.
Pero la tristeza seguía escondida en sus ojos.
Tomó asiento en el gran trono de obsidiana.
—Comencemos.
El anciano consejero abrió un enorme libro.
—Majestad...
Han pasado cinco años desde el último nacimiento de un varón.
Draven guardó silencio.
Ya conocía aquella respuesta.
Pero aun así...
Dolía escucharla.
Otro consejero extendió varios pergaminos sobre la mesa.
—Durante este tiempo nacieron cuarenta y dos niñas.
Todas completamente sanas.
Todas con un enorme potencial.
Pero...
Ningún niño.
Una mujer del consejo habló con evidente preocupación.
—Nuestros jóvenes varones aún son demasiado pequeños.
La mayoría apenas supera el siglo de vida.
Todavía no están preparados para formar una familia.
Otro anciano asintió.
—Y los vampiros adultos...
Ya no desean tener descendencia.
Algunos llevan siglos viviendo en soledad.
El salón quedó en silencio.
Draven observó los registros.
Cada nombre.
Cada nacimiento.
Cada familia.
El mismo resultado.
Niñas.
Solo niñas.
—¿Encontraron alguna explicación?
Preguntó finalmente.
Los consejeros bajaron la cabeza.
—Ninguna, Majestad.
Revisamos los archivos más antiguos.
Las crónicas reales.
Incluso los escritos de los primeros reyes.
Jamás ocurrió algo parecido.
Draven cerró lentamente el libro.
—Entonces seguiremos buscando.
No aceptaré que nuestro pueblo desaparezca.
Mientras tanto...
En los jardines interiores del castillo...
Una pequeña niña corría entre las flores nocturnas.
Su largo cabello negro, con reflejos azulados bajo la luz de la luna, llegaba hasta media espalda.
Su piel era tan pálida como la nieve.
Sus grandes ojos color rubí brillaban llenos de curiosidad.
Era Aylin.
La princesa del Reino Nocturno.
Con apenas cinco años ya destacaba por una belleza poco común incluso entre los vampiros.
Vestía un pequeño vestido blanco adornado con delicados bordados plateados.
Corría riendo detrás de un grupo de luciérnagas.
—¡Esperen!
Las pequeñas luces revoloteaban a su alrededor.
Una de las doncellas sonrió.
—La princesa siempre consigue que hasta las criaturas del bosque se acerquen a ella.
Otra asintió.
—Tiene el mismo corazón bondadoso que su madre.
Aylin llegó hasta un enorme rosal blanco.
Con mucho cuidado acarició una de las flores.
—Son muy bonitas.
La jardinera sonrió.
—La reina también decía lo mismo.
La pequeña levantó la vista.
—¿Mamá las cuidaba?
La mujer asintió con dulzura.
—Todas las noches.
Aylin sonrió.
—Entonces yo también las cuidaré.
No quería que las flores estuvieran solas.
Al caer la noche...
Draven salió al jardín.
Buscó a su hija.
La encontró sentada junto al rosal.
La pequeña levantó la cabeza y sonrió.
—¡Papá!
Corrió hacia él.
Draven la levantó entre sus brazos.
Toda la dureza del rey desaparecía cuando estaba con ella.
—¿Qué haces aquí, mi pequeña princesa?
Aylin señaló las flores.
—Las estoy cuidando.
Como hacía mamá.
Draven sintió un nudo en la garganta.
—Sí...
A ella le gustaban mucho.
La niña apoyó la cabeza sobre su hombro.
—¿Crees que mamá pueda verlas?
El rey respiró profundamente.
—Estoy seguro de que sí.
Aylin sonrió satisfecha.
—Entonces seguiré cuidándolas para que esté feliz.
Después de cenar...
La pequeña caminó por los pasillos del castillo.
Llegó hasta una puerta que permanecía siempre cerrada.
Era la antigua habitación de la reina.
Aylin apoyó suavemente la mano sobre la madera.
Todos los días hacía lo mismo.
Entró despacio.
Todo permanecía exactamente igual.
Los vestidos.
Los libros.
El tocador.
Incluso el perfume seguía conservándose en pequeños frascos de cristal.
La niña caminó hasta un espejo.
Tomó un cepillo .
Lo abrazó con fuerza.
—Buenas noches, mamá.
Sus palabras apenas fueron un susurro.
Ella tampoco comprendía del todo la ausencia.
Solo sabía que todas las personas tenían una mamá.
Y la suya...
Ya no estaba.
Draven apareció unos instantes después.
Encontró a su hija sentada sobre la cama.
Con el cepillo entre las manos.
—¿Otra vez aquí?
Aylin asintió.
—Me gusta este lugar.
Huele bonito.
El rey sonrió con tristeza.
Aquel aroma pertenecía a Seraphina.
Cinco años después...
Todavía permanecía impregnado entre aquellas paredes.
Draven se sentó junto a su hija.
—¿Qué piensas?
La pequeña bajó la mirada.
—¿Mamá también mira la luna?
El rey sintió cómo el pecho le dolía.
Acarició el cabello de Aylin.
—Quiero creer que sí.
La niña levantó una pequeña sonrisa.
—Entonces cada noche le saludo.
Así no se sentirá sola.
Draven cerró los ojos por un instante.
Su hija tenía la misma dulzura que Seraphina.
La misma forma de preocuparse por los demás.
Y eso hacía que la extrañara todavía más.
Esa noche...
Aylin salió al balcón de su habitación.
La luna llena iluminaba el Reino Nocturno.
La pequeña levantó una mano hacia el cielo.
—Buenas noches, mamá.
Espero que estés bien.
Después cerró los ojos.
Sin saber por qué...
Sintió una extraña calidez.
Como si alguien la estuviera observando desde muy lejos.
Muy lejos del reino...
En las montañas del Clan de los Hombres Lobo...
Otro niño de cinco años también contemplaba aquella misma luna.
Lev sonreía mientras le pedía que cuidara de su madre.
Dos niños.
Dos corazones inocentes.
Los dos habían perdido a sus madres.
Los dos crecían creyendo que jamás volverían a verlas.
Y mientras el destino comenzaba a unir lentamente los hilos de sus vidas...
Los dos clanes seguían convencidos de que estaban condenados.
Los hombres lobo seguían sin ver nacer una sola omega.
Los vampiros seguían sin recibir un solo heredero varón.
Nadie imaginaba que el equilibrio no regresaría mediante la fuerza, la guerra o la venganza...
Sino a través de dos niños que, sin conocerse todavía, compartían la misma luna, la misma soledad... y un destino que cambiaría el mundo para siempre.