Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.
Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.
Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.
Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.
Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.
Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.
Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.
Victoria es su jefa.
La esposa de su jefe.
Una mujer prohibida.
Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.
Él comienza protegiéndola de peligros externos...
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Capitulo 7: Lo que encontré en su despacho
Victoria
La llave seguía en mi mente.
Desde que Fernando la había guardado, no podía dejar de preguntarme cómo había llegado debajo de mi almohada.
Pero había algo que me preocupaba todavía más.
Alexander.
Había pasado toda la mañana sin llamarme.
Eso nunca ocurría.
Cuando Alexander guardaba silencio, significaba que estaba planeando algo.
—¿Quieres desayunar? —preguntó Fernando.
Estaba sentado frente a mí, revisando su teléfono.
—No tengo hambre.
Levantó la mirada.
—No has comido desde ayer.
—No puedo.
—Tienes que hacerlo.
—¿Eso también forma parte de tu trabajo?
—Sí.
—¿Y si me niego?
—Buscaré otra manera.
—¿Vas a obligarme?
—No.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
—Voy a sentarme aquí hasta que comas algo.
Lo miré.
—Eres insoportable.
—Ya me lo dijiste.
—Y lo seguiré diciendo.
Una sonrisa apareció en su rostro.
Pequeña.
Casi invisible.
Pero estaba ahí.
Y no pude evitar sonreír también.
Por unos segundos olvidé dónde estaba.
Olvidé a Alexander.
Olvidé las amenazas.
Olvidé el miedo.
Hasta que mi teléfono vibró.
El mensaje tenía una sola frase.
"Sé lo que ocurrió aquella noche."
Sentí que el corazón se me detenía.
Fernando lo notó inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Apagué la pantalla.
—Nada.
—Victoria.
—No es nada.
Él se levantó.
—Muéstrame el teléfono.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
Fernando se quedó frente a mí.
—¿Quién te escribió?
No respondí.
—¿Tiene que ver con Alexander?
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—No quiero hablar de esto.
—Entonces dime solamente una cosa.
Esperé.
—¿Estás en peligro?
Tragué saliva.
—Siempre.
Fernando se quedó inmóvil.
Aquella respuesta pareció cambiarlo.
—¿Qué ocurrió aquella noche?
Negué.
—No puedo contártelo.
—Sí puedes.
—No.
—Victoria.
—¡No!
Mi voz salió más fuerte de lo que pretendía.
Fernando no se movió.
Yo respiré profundamente.
—Si te cuento la verdad, vas a querer enfrentarte a Alexander.
—Quizá.
—Y no quiero eso.
—¿Por qué?
—Porque ya perdí demasiado.
Fernando bajó la voz.
—Entonces cuéntamelo para que no pierdas más.
Lo miré.
Y por primera vez pensé que quizá podía confiar en alguien.
Pero todavía no estaba preparada.
***
Fernando
Victoria estaba ocultando algo.
Eso era evidente.
Lo que no sabía era si lo ocultaba para proteger a Alexander…
o para protegerse a sí misma.
Decidí no presionarla.
Al menos por ahora.
—Voy a salir un momento —dije.
Ella levantó la mirada.
—¿Adónde?
—A revisar el perímetro.
—¿Puedo acompañarte?
—Sí.
La respuesta salió demasiado rápido.
Victoria sonrió.
—Pensé que no debía separarme de ti.
—Exactamente.
Salimos al jardín.
El día estaba nublado.
Caminamos alrededor de la propiedad mientras revisaba las cámaras exteriores.
—¿Sabes algo? —dijo ella.
—¿Qué?
—Eres muy diferente a como imaginé.
—¿Cómo me imaginaste?
—Más viejo.
La miré.
—Gracias.
—No era un insulto.
—Sonó como uno.
Ella soltó una carcajada.
—Pensé que un guardaespaldas sería un hombre de cincuenta años, malhumorado y con barriga.
—Qué descripción tan específica.
—No te ofendas.
—Estoy ofendido.
—Mentiroso.
La miré.
—Un poco.
Volvió a reír.
Y nuevamente pensé lo mismo.
Victoria necesitaba reír más.
Llegamos hasta el extremo de la propiedad.
Había una pequeña puerta que comunicaba con el camino trasero.
La revisé.
Cerrada.
Sin señales de haber sido forzada.
—¿Siempre está cerrada? —pregunté.
Victoria asintió.
—Sí.
—¿Quién tiene la llave?
—Alexander.
La miré.
—¿Solo él?
—Creo que sí.
Me agaché.
Había huellas recientes en el barro.
—¿Qué ocurre?
—Alguien estuvo aquí.
Victoria se puso pálida.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Seguí las huellas.
Llegaban hasta la puerta y luego desaparecían.
Como si la persona hubiera permanecido allí.
Esperando.
—Fernando…
—Quédate detrás de mí.
Ella obedeció.
Revisé el otro lado de la puerta.
Nada.
Entonces escuchamos un ruido.
Un motor.
Un vehículo pasó rápidamente por la carretera.
Victoria dio un pequeño salto.
Instintivamente me coloqué delante de ella.
Nuestros cuerpos quedaron demasiado cerca.
Ella levantó la mirada.
Yo bajé la mía.
Por un instante olvidé las huellas.
Las amenazas.
Alexander.
Todo.
Solo existían sus ojos.
Y aquella distancia mínima entre nosotros.
Victoria respiró profundamente.
—Fernando…
—Sí.
—Estás muy cerca.
Me aparté inmediatamente.
—Lo siento.
Ella bajó la mirada.
—No pasa nada.
Pero sí pasaba.
Los dos lo sabíamos.
***
Esa tarde, Victoria recibió otra llamada.
No contestó.
El número volvió a insistir.
Una vez.
Dos.
Tres.
Fernando tomó el teléfono.
—Voy a contestar.
—¡No!
Le arrebaté el teléfono.
Demasiado tarde.
La llamada se cortó.
—¿Por qué no quieres que responda?
—Porque sé quién es.
Fernando se quedó inmóvil.
—¿Quién?
Miré hacia la puerta.
—Mi marido.
—¿Y por qué no quieres hablar con él?
No pude responder.
Porque sabía exactamente lo que Alexander quería.
Quería recordarme que seguía teniendo poder sobre mí.
Y también sabía que aquella noche algo iba a suceder.
Algo que llevaba dos años intentando evitar.
—Fernando…
—¿Sí?
—Si Alexander te pide que me dejes sola con él…
Mi voz tembló.
—No lo hagas.
Fernando la miró fijamente.
—No voy a hacerlo.
—Aunque te lo ordene.
—No voy a hacerlo.
—Aunque te amenace.
—Tampoco.
Una lágrima recorrió su mejilla.
—¿Por qué?
Fernando dio un paso hacia ella.
—Porque me contrataron para protegerte.
Negó.
—No es por eso.
Él guardó silencio.
Se acercó
—Dime la verdad.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Qué verdad?
—¿Te importo?
Fernando respiró profundamente.
Parecía estar luchando consigo mismo.
Finalmente respondió.
—Más de lo que debería.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
—Fernando…
Él retrocedió.
—Pero eso no cambia nada.
—¿Por qué?
—Porque eres la esposa de mi jefe.
La frase dolió.
Aunque sabía que era verdad.
Él se dio la vuelta.
Ella permaneció allí, observándolo alejarse.
Y entonces entendió algo terrible.
Por primera vez en años…
había empezado a desear algo que no podía tener.
A él.