A los 16 años, con 100,000 personas mirándome, sé que aquella niña de 9 años que quería ser youtuber no estaba loca, solo estaba adelantada . Y la persona que menos esperaba cambio mi destino
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Los golpes del departamento vacío
Todo me daba vueltas en la cabeza.
Cada teoría, cada sospecha, cada nombre se enredaban como un ovillo de lana que alguien había tirado al suelo. Sentía que un mínimo detalle no encajaba, una pieza diminuta que hacía que todo el rompecabezas se tambaleara. Y como si para fuera el colmo, empezaron los pequeños golpes en la pared.
Tap. Tap. Tap.
Esa pared. La del lado opuesto a la de mi vecino. La que daba al departamento vacío.
Me levanté de un salto, con el corazón latiendo tan fuerte que sentía el pulso en los oídos. Sofía, a mi lado, se incorporó en su colchón inflable con los ojos abiertos de par en par, su pelo revuelto y su expresión de confusión.
—¿Qué... qué es eso? —susurró.
—Lo mismo de siempre —respondí, mi voz tensa—. Golpes. En el departamento vacío.
Sofía se levantó rápido y me tomó del brazo.
—Val, no vayas. Por favor.
Pero yo ya estaba cansada. Cansada de tener miedo, cansada de esperar, cansada de ser la víctima de algo que no entendía. Esta vez no me iba a quedar temblando bajo las sábanas. Esta vez iba a enfrentarlo.
—Es hora de actuar —dije, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba.
Me levanté de la cama, caminé hasta la puerta principal y abrí de golpe. Sofía me siguió a unos pasos, susurrando mi nombre, pero no me detuve.
Llegué al departamento vacío. La puerta era idéntica a la mía, pero sin número, sin nombre, sin señales de vida. Elevé el puño y comencé a tocar con fuerza.
Golpe, golpe, golpe.
—¡Abran! —grité—. ¡Sé que están ahí! ¡Dejen de golpear mi pared!
El silencio respondió. Solo los pequeños golpes continuaban, rítmicos, insistentes, como si alguien estuviera del otro lado de la puerta, riéndose de mí sin hacer ruido.
Tap. Tap. Tap.
Miré hacia el departamento de Mateo. Todo tranquilo, la puerta cerrada, sin luces, sin ruidos. Imposible que fuera él. Estaba dormido, o trabajando, o quien sabe qué. Pero no era él. Eso lo sabía.
Pero entonces, una idea me golpeó. Nunca había visto a nadie entrar en el departamento vacío. Nunca. No había visto mudanzas, no había visto luces encenderse, no había escuchado música ni pasos. Solo esos golpes, siempre en la madrugada, siempre desde el otro lado de la pared.
Dejé de tocar. Sabía que no iban a abrir. Alguien, o algo, quería que yo supiera que estaba ahí, pero no quería mostrarse.
Me devolví a mi departamento con pasos lentos, sintiendo el frío del pasillo en la piel. Sofía cerró la puerta detrás de mí y echó todos los seguros, casi con violencia.
—Val —dijo, su voz temblorosa—. ¿Qué demonios está pasando?
—No lo sé —respondí, apoyándome contra la pared—. Pero voy a descubrirlo.
Los golpes continuaron hasta las 5:30 AM. Cada tap era una pequeña puñalada en mi paciencia, pero me negué a reaccionar. Me senté en la cama con las piernas cruzadas, los brazos apretados contra el pecho, y esperé. Esperé a que se detuvieran.
Y lo hicieron. Como siempre. Como si alguien hubiera apretado un botón.
Cuando el silencio regresó, mi cuerpo cedió. Caí de lado en la cama y cerré los ojos, pero el sueño fue breve, inquieto, lleno de sombras que se movían al ritmo de los golpes.
A las 8:00 AM, abrí los ojos. Sofía ya estaba despierta, preparando café en la cocina. El aroma llenó el departamento, y por un momento, casi podía fingir que todo era normal.
Pero no lo era.
Me senté en la mesa y Sofía puso una taza frente a mí. El desayuno fue silencioso, incómodo. Pan tostado con mermelada, café negro, jugo de naranja. Lo normal. O lo que intentábamos que fuera normal.
—Tengo que hablar con el portero —dije, dejando la taza—. Él lo debe saber todo. Lleva años aquí, ve a todo el mundo entrar y salir. Si alguien ha estado entrando a ese departamento, él lo ha visto.
Sofía asintió lentamente.
—Voy contigo.
Terminamos de desayunar sin prisas, pero sin ganas. Mis dedos tamborileaban sobre la mesa al mismo ritmo que los malditos golpes, y Sofía me tomó la mano para detenerlos.
—Vamos —dijo—. Pero prométeme que no harás nada imprudente.
Sonreí sin ganas.
—Ya no sé qué es imprudente y qué no.
Bajamos las escaleras en silencio. El edificio estaba tranquilo, como siempre. La tiendita de la señora Marta aún no había abierto, y el pasillo del segundo piso estaba vacío. Llegamos a la planta baja y nos dirigimos a la pequeña oficina del portero, al lado de la entrada principal.
Don Ramón, el portero, llevaba más de veinte años en el edificio. Era un hombre de unos sesenta años, canoso, de rostro arrugado pero mirada viva. Siempre tenía una historia que contar, un chisme que compartir, un comentario sobre el clima.
—Don Ramón —dije, mi voz firme—. Necesito hacerle unas preguntas.
El levantó la mirada de su pequeño televisor portátil y sonrió.
—Claro, Valeria. ¿Qué te pasa? Tienes cara de no haber dormido.
Me senté frente a él, con Sofía a mi lado.
—¿Sabe algo sobre el departamento vacío del tercer piso? El que está al lado del mío.
Don Ramón entrecerró los ojos.
—El 3B. ¿Qué quieres saber?
—¿Quién vive ahí? ¿Alguien ha entrado o salido en los últimos meses?
El portero se quedó en silencio por un momento, y luego suspiró, dejando el control del televisor sobre la mesa.
—Mira, Valeria —dijo, bajando la voz—. Ese departamento lleva vacío casi un año. Desde que la última inquilina se fue. Pero...
—¿Pero? —lo presioné.
Don Ramón se inclinó hacia adelante.
—Pero hace unos meses, empecé a ver cosas raras. Luces encendiéndose en la madrugada. Alguien moviendo muebles. Y una vez, juro que vi a una chica entrar. Morena, de pelo largo.
Laura.
El nombre no salió de mis labios, pero resonó en mi cabeza como un grito.
—¿Y no hizo nada? —preguntó Sofía, su voz tensa.
Don Ramón negó con la cabeza.
—Llamé a la policía. Vinieron, revisaron, y no encontraron nada. Dijeron que seguro era un vagabundo o un niño jugando. Pero yo sé lo que vi.
Apreté las manos sobre la mesa.
—¿Cree que pueda haber alguien viviendo ahí ahora?
El portero me miró con una expresión que no supe interpretar. Era miedo, sí, pero también algo más. Como si supiera algo que no se atrevía a decir.
—Valeria —dijo, y su voz era apenas un susurro—. Hay cosas en este edificio que es mejor no investigar. Hay preguntas que es mejor no hacer.
Me levanté de la silla, sintiendo que la frustración hervía en mi pecho.
—No puedo hacer eso —dije—. No puedo seguir ignorando los golpes, los sobres, las sombras. Alguien está ahí, y yo quiero saber quién es.
Don Ramón me miró largamente, y luego abrió un cajón. Sacó una llave vieja, oxidada, con una etiqueta desgastada que apenas se leía.
3B.
—Toma —dijo, poniéndola sobre la mesa—. Pero ten cuidado. Algunas puertas, una vez abiertas, no se pueden cerrar de nuevo.