Esta es una intensa novela psicológica y dramática para adultos que explora la compleja y prohibida transición emocional entre dos hermanastros que, tras años de convivencia, deben enfrentarse a sus crecientes deseos en medio de una tensión familiar ineludible
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El refugio de las sombras
Ji-hoon permaneció inmóvil un segundo, procesando la fragilidad en la voz de Hana antes de asentir con un gesto breve. Se deslizó hacia el extremo de la cama, dejando un espacio prudente entre ambos, su cuerpo tenso como una cuerda de violín. Cuando Hana entró en la habitación y se despojó de la bata, la luz de la lámpara apenas tenue reveló la silueta de su pijama; la prenda, que en otro tiempo le quedaba holgada, ahora se ajustaba peligrosamente a sus curvas recién formadas, un recordatorio involuntario de que la niñez ya no era su hogar. Ji-hoon se giró de inmediato, dándole la espalda, con el rostro ardiendo y la mandíbula apretada, luchando contra una marea de pensamientos que se negaban a aceptar la realidad del cambio.
Ella, ajena a la tormenta que su sola presencia provocaba en él, se acomodó a su lado. El aroma a madera y colonia de él la envolvió, y un suspiro de puro alivio escapó de sus labios al sentir la calidez que emanaba de su espalda.
—Gracias, Ji-hoon —murmuró ella, cerrando los ojos.
—No te acostumbres —respondió él, con la voz un poco más ronca de lo habitual—. Es una excepción por esta noche, nada más.
Hana soltó una pequeña risa, una melodía suave en el silencio de la habitación, que a él le pareció un castigo delicioso. Tras unos minutos de silencio, ambos se giraron al mismo tiempo, quedando frente a frente en la penumbra. La cercanía era abrumadora. Ji-hoon hizo ademán de darse la vuelta, huyendo del campo magnético que ella ejercía, pero Hana fue más rápida. Su mano se posó sobre el brazo de él y, con un movimiento ágil, se acercó hasta ocultar su rostro en su pecho, ocultándose bajo las sábanas.
—Por favor... no te des vuelta —susurró ella, con la respiración entrecortada—. Me acomoda estar así.
El corazón de Ji-hoon latía a un ritmo frenético, un redoble de guerra en su propio pecho. Sus pensamientos estaban en un caos absoluto: se preguntaba en qué momento ella había dejado de ser la niña que cuidaba, y por qué el deseo empezaba a teñirse de una culpa tan corrosiva. Aunque no eran hermanos de sangre, el lazo de crianza era un sello que le prohibía cruzar esa línea, pero en ese momento, la lógica flaqueaba ante el tacto de ella. En lugar de alejarse, sus brazos terminaron por rodearla, atrayéndola con una posesividad que no supo controlar, mientras apoyaba su barbilla sobre la cabeza de ella.
—Eres una malcriada, Hana —dijo él, aunque su voz carecía de cualquier rastro de molestia, traicionando su rendición.
—Sí, lo soy —respondió ella con una sonrisa oculta contra su piel.
Las piernas de ambos se entrelazaron en un abrazo instintivo, y las manos de ella se cerraron en la cintura de él, mientras los brazos de Ji-hoon se afianzaban en sus hombros, creando un refugio privado donde el resto del mundo parecía no existir. Antes de entregarse al sueño, Hana alzó la vista, cautivada por la belleza de sus facciones bajo la luz tenue. Con un movimiento lento y cargado de una ternura que él no podría corresponder estando despierto, ella presionó sus labios contra los de él en un beso suave, apenas un roce, antes de volver a ocultarse en su pecho.
Ji-hoon, que pretendía dormir, sintió aquel beso como una descarga eléctrica, pero mantuvo sus ojos cerrados, fingiendo una inconsciencia que se volvía cada vez más difícil de sostener. Sin embargo, cuando ella finalmente se quedó dormida, él abrió los ojos, dejando escapar una sonrisa amarga y llena de una complicidad prohibida, antes de sucumbir finalmente al sueño.
A la mañana siguiente, Hana despertó antes que él. El sol se filtraba por las rendijas de las cortinas, iluminando el rostro sereno de Ji-hoon mientras él aún la mantenía abrazada con fuerza, incluso dormido. Con un movimiento cuidadoso para no despertarlo, se deslizó fuera de la cama y caminó en silencio hacia el baño, donde se permitió un largo baño caliente, dejando que el agua recorriera su piel mientras los recuerdos de la noche anterior se mezclaban con una mezcla inconfundible de felicidad y ansiedad.
Minutos después, Ji-hoon despertó con la mano buscando el calor de ella, solo para encontrar las sábanas vacías y frías. Frunció el ceño, pensando que ella se habría levantado temprano, y se levantó de la cama con una pesadez inusual en los músculos. Se desvistió mientras caminaba hacia el baño, convencido de que estaría solo, y sin pensarlo dos veces, abrió la puerta de par en par...