Atenea Moretti siempre ha sido la joya más protegida de la familia Moretti. Su heterocromía la hace imposible de olvidar, y para su padre, uno de los hombres más poderosos de la mafia, ella es lo único que queda de la mujer que amó. Ocho años después de la muerte de su madre, una nueva familia entra en sus vidas. Una madrastra, dos hermanastros que cambiarán su mundo para siempre. Mientras Atenea intenta adaptarse a su nueva realidad, descubre que la muerte de su madre no fue un accidente. Entre secretos, traiciones y luchas de poder, deberá encontrar la verdad antes de que esta la destruya. Porque en la mafia, la sangre es poder. Y algunos secretos están dispuestos a matar para permanecer enterrados.
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El hombre borrado
La biblioteca estaba casi vacía.
El sol comenzaba a ocultarse detrás de las ventanas altas de la mansión.
Y Atenea seguía revisando documentos.
Una y otra vez.
Sin descanso.
Sin poder quitarse de la cabeza el almacén.
—Deberías dormir.
—No.
—Atenea.
—No.
Adrián cerró la carpeta que ella estaba leyendo.
—Llevas cuatro horas seguidas.
—Y tú llevas cuatro horas aquí.
—Porque alguien tiene que evitar que hagas tonterías.
Ella lo miró.
—Eso sonó muy paternal.
—No era mi intención.
—Peor todavía.
Por primera vez en todo el día, ambos sonrieron.
La sonrisa desapareció cuando Atenea abrió una caja de fotografías antiguas.
Eran imágenes familiares.
Cumpleaños.
Reuniones.
Eventos.
Su madre aparecía en casi todas.
Hermosa.
Sonriente.
Viva.
Atenea tragó saliva.
Todavía dolía.
Aunque hubieran pasado años.
Fue entonces cuando encontró algo extraño.
Muy extraño.
—Adrián.
—¿Qué?
—Mira esto.
Le mostró una fotografía.
Aparecían Alessandro.
Su madre.
Tres hombres desconocidos.
Y…
Un espacio recortado.
Alguien había cortado una parte de la imagen.
Perfectamente.
Con cuidado.
Como si hubiera querido eliminar a una persona específica.
—¿Quién haría esto?
Murmuró Atenea.
Adrián tomó la fotografía.
La examinó.
Y frunció el ceño.
—No fue un accidente.
—Lo sé.
—Alguien quería que desapareciera.
Comenzaron a revisar las demás.
Y encontraron otra.
Y otra.
Y otra más.
En todas aparecía el mismo patrón.
El mismo espacio vacío.
La misma persona eliminada.
—Dios mío.
Atenea sintió un escalofrío.
—Era alguien cercano.
—Sí.
Respondió Adrián.
—Muy cercano.
Porque aparece en demasiadas fotografías.
Familiares.
Privadas.
Importantes.
Atenea tomó una de las imágenes.
Su madre estaba riendo.
Apoyada contra Alessandro.
Y justo detrás…
El borde de una mano cortada por el recorte.
La mano de la persona eliminada.
—¿Quién eras?
Susurró.
Entonces encontró algo más.
Una fotografía dañada por el tiempo.
El recorte estaba peor hecho.
Y una parte del nombre sobrevivía escrita detrás.
Solo unas pocas letras.
“…RDO”
Adrián tomó la imagen.
—¿Ricardo?
—¿Eduardo?
—¿Bernardo?
—Podría ser cualquiera.
Atenea apoyó ambas manos sobre la mesa.
Frustrada.
Porque estaban tan cerca.
Y tan lejos al mismo tiempo.
De repente escucharon un ruido.
Un golpe.
Seco.
Proveniente de una estantería cercana.
Los dos se congelaron.
La biblioteca estaba vacía.
O al menos debería estarlo.
—¿Escuchaste eso?
Preguntó Atenea.
—Sí.
Respondió Adrián levantándose inmediatamente.
Su expresión cambió por completo.
Toda relajación desapareció.
Otro ruido.
Más fuerte.
Atenea sintió cómo el miedo regresaba.
Aquella sensación horrible que había tenido cuando encontraron la nota.
Porque ya no sabía quién era amigo.
Y quién enemigo.
Una sombra se movió entre las estanterías.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Atenea dio un paso atrás.
Y el siguiente ruido la hizo sobresaltarse.
Tanto que actuó por puro instinto.
Se acercó a Adrián.
Y lo abrazó.
El silencio fue absoluto.
Durante un instante ninguno reaccionó.
Porque ni ella había pensado hacerlo.
Ni él esperaba aquello.
Atenea tardó unos segundos en darse cuenta.
Y cuando lo hizo…
Sintió que quería desaparecer.
—Yo…
Pero antes de que pudiera apartarse, Adrián colocó una mano sobre su espalda.
Firme.
Protectora.
Tranquila.
—Está bien.
Su voz fue baja.
Suave.
Muy diferente a la habitual.
Y por alguna razón…
Eso la calmó.
Los dos permanecieron así apenas unos segundos más.
Hasta que Adrián volvió a concentrarse en el ruido.
—Quédate aquí.
—¿Qué?
—Voy a revisar.
—Ni hablar.
—Atenea.
—Voy contigo.
—Por supuesto que sí.
Murmuró él.
Como si ya supiera cuál sería la respuesta.
Sin embargo, cuando llegaron a la estantería…
No encontraron a nadie.
Solo un objeto en el suelo.
Una carpeta vieja.
Cubierta de polvo.
Como si alguien la hubiera dejado allí deliberadamente.
Esperándolos.
Y escrita en la portada había una sola palabra.
“Eduardo”.