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Tu Peor Deseo

Tu Peor Deseo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:509
Nilai: 5
nombre de autor: ska

Para el mundo, Elena Vance es una camaleona indescifrable; para las mujeres atrapadas en relaciones tóxicas, es su última línea de defensa. Elena dirige una organización clandestina que ayuda a víctimas de hombres peligrosos y abusivos. Su método no es la violencia, sino la seducción psicológica: estudia a los objetivos, descubre sus deseos más profundos y se transforma físicamente y en personalidad en su "mujer ideal". Una vez que el abusador muerde el anzuelo y se obsesiona con ella, Elena expone sus verdaderos rostros ante la ley o la sociedad, liberando a sus víctimas.

Sin embargo, jugar con monstruos tiene un costo. El peligro real comienza cuando el detective asignado a investigar la extraña ola de "hombres poderosos arruinados" empieza a seguirle el rastro, desatando un romance de alta tensión, mientras el criminal más peligroso de la ciudad descubre su juego y la convierte en su presa.

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CAPÍTULO 17

El descenso desde las cumbres volcánicas de las *Black Mountains* hacia la cuenca baja del río Colorado se sintió como una transición no solo de altitud, sino de eras geológicas. A las dos de la mañana, la furgoneta utilitaria cruzó el puente de acero que unía la frontera de Arizona con las llanuras desérticas del este de California. Debajo de la estructura, el agua del río corría con una densidad aceitosa, reflejando las pocas luces de mercurio de una estación de control aduanero agrícola que permanecía abandonada desde la última reestructuración de distritos fitosanitarios.

Liam Cross mantenía la ventanilla del conductor bajada tres dedos. El aire que entraba en la cabina ya no tenía la sequedad mineral del cañón de *Oatman*, sino una tibieza pesada, cargada de la humedad residual de los canales de irrigación del valle de *Imperial* y del olor lejano a salitre que el viento arrastraba desde el golfo. Su mano izquierda descansaba en la parte superior del volante de plástico agrietado, mientras que los dedos de su mano derecha buscaban de manera intermitente el pomo de la palanca de cambios, rozando deliberadamente el muslo de Elena Vance cada vez que reducía la marcha para sortear los baches del asfalto viejo.

Tenía los ojos verdes irritados por las partículas de arena en suspensión y la falta de sueño regenerativo, pero la rigidez de su mandíbula había cedido. La pistola de 9 milímetros ya no descansaba en la funda axilar de su chaqueta de cuero; la había colocado en la guantera abierta, con el seguro puesto pero con un cartucho en la recámara, un término medio entre la prudencia del policía de homicidios y la paz del hombre que sabe que ha dejado atrás el radio de acción de las frecuencias del norte.

Elena no dormía. Permanecía con las piernas encogidas sobre el asiento de escay gris, con las manos entrelazadas alrededor de sus rodillas y la barbilla apoyada en ellas. Sus ojos grises, fijos en la línea blanca intermitente que los faros halógenos devoraban a noventa millas por hora, tenían una claridad líquida, libre de la fijeza militar que Marcus llamaba "el bucle de fijación de objetivos". Vestía una camiseta de tirantes blanca y la camisa de franela a cuadros de Liam abierta sobre los hombros, una combinación que la hacía parecer una viajera común que escapaba del invierno hacia las playas del sur, y no el activo biológico más codiciado por los fondos de inversión de la costa este.

—El aire está cambiando, Liam —dijo Elena, y su voz baja compitió con el siseo de los neumáticos sobre el pavimento agrietado—. En los laboratorios de la frontera, Julian utilizaba filtros de carbono activado para simular la presión atmosférica de diferentes capitales europeas. Nos obligaba a correr en cintas mecánicas mientras el aire se volvía denso como el de Ámsterdam o salado como el de los muelles de Marsella. Creía que si nuestros pulmones se adaptaban a la geografía del objetivo, el mimetismo conductual sería inconsciente. Pero este aire... este aire no pertenece a ningún manual de operaciones. Sabe a óxido, a maleza podrida y a combustible diésel viejo. Sabe a un lugar donde las cosas simplemente se desgastan sin que nadie intente optimizar su velocidad de descomposición.

Liam soltó el volante un segundo para tomar la taza de metal que descansaba en el compartimento central, comprobando que el café que habían comprado en la última gasolinera de paso ya estaba completamente frío.

—Se llama realidad, camaleona —respondió el detective, con esa cadencia ronca y sólida que actuaba como un freno de mano en la mente de la mujer—. En la metrópoli, todo lo que ves está diseñado por un comité de urbanismo o por un fondo de cobertura que quiere cobrarte tres dólares por cada metro cuadrado de sombra. Pero aquí abajo, a cien pies bajo el nivel del mar, a nadie le importa si el asfalto se cuartea o si las señales de tráfico pierden la pintura. La gente viene a este desierto a esconderse o a morir, y los que se quedan lo hacen porque descubren que la ley del estado es demasiado perezosa para seguir las pistas de tierra más allá de la línea del ferrocarril. Estamos en la cuenca de *Salton Sea*, Elena. El lugar donde los mapas del gobierno simplemente se quedan sin nombres.

En la parte trasera de la furgoneta, el silencio era diferente al de las noches anteriores. El generador de gasolina portátil estaba apagado, y las unidades de almacenamiento cuántico permanecían desconectadas dentro de sus estuches de plomo, transformadas en bloques de aluminio inofensivos que ya no emitían vibraciones térmicas en la banda de setenta gigahercios.

Marcus dormía bocarriba, con los brazos extendidos y el periódico local cubriéndole el rostro para protegerse del resplandor de las luces del salpicadero. A su lado, Clara —el sujeto 03— permanecía sentada sobre una caja de herramientas, con la espalda recta y la mirada fija en el espacio oscuro entre los dos asientos delanteros. La delgada cicatriz de su pómulo izquierdo reflejaba de manera intermitente la luz naranja del indicador de combustible. Había pasado las últimas cuatro horas en esa inmovilidad mineral, un estado de hibernación sensorial que las primeras réplicas utilizaban para conservar la energía celular cuando los sistemas de soporte de la frontera sufrían un apagón técnico.

—Número cuatro —llamó Clara, su voz ronca y herida cortando la penumbra de la cabina como una aguja de acero—. El puente de servidores que Marcus cerró en *Oatman* dejó una traza de denegación de servicio que los analistas de Pendelton tardarán unas doce horas en aislar de sus servidores de respaldo. Pero no asumas que el silencio de la junta de aduanas es un síntoma de rendición. Los hombres como McCade no buscan los discos duros porque les interese la biología del Proyecto Perséfone; los buscan porque las ciento cuarenta mujeres representan un pasivo financiero que puede hacer caer la calificación crediticia del fideicomiso en los mercados de la costa este. Para ellos, somos un error contable que debe ser subsanado mediante una amortización física.

Elena se giró sutilmente en el asiento, apoyando la espalda contra la puerta del copiloto para mirar a su origen a través de la red de protección que separaba los compartimentos de la furgoneta.

—Los errores contables también pueden cambiar de nombre, Clara —respondió Elena, y sus ojos grises sostuvieron la mirada de la réplica con una firmeza que no admitía réplicas de laboratorio—. Esta tarde, antes de cruzar el río Colorado, Marcus envió un paquete de datos encriptados con las firmas biométricas de las primeras veinte mujeres a la oficina del defensor del pueblo en San Francisco. No son pruebas para un juicio por espionaje militar; son actas de nacimiento provisionales vinculadas a un programa de protección de testigos agrícolas del norte. Para cuando los liquidadores de Pendelton consigan las IP de la estación de bombeo, esas veinte mujeres ya tendrán tarjetas de la seguridad social y contratos de trabajo en las plantaciones de cítricos del valle de *San Joaquín*. Ya no son activos del Proyecto Perséfone. Son ciudadanas del estado de California.

Clara guardó silencio durante un largo fragmento de la marcha, y sus dedos pálidos rozaron la lona de la mochila de Marcus con una lentitud que parecía calibrar el peso de la libertad ajena.

—Ciudadanas —repitió el prototipo gris, saboreando la palabra como si fuera un compuesto químico cuya densidad molecular no lograra determinar—. Es una clasificación ineficiente, número cuatro. Las ciudadanas pagan impuestos, tienen registros de multas de tráfico y mueren de enfermedades ordinarias en hospitales públicos de la frontera. Julian nos diseñó para ser perfectas en la mentira. Nos dio la capacidad de imitar el acento de una aristócrata de los Países Bajos o el pulso cardíaco de una cirujana de combate en medio de un bombardeo. Cambiar todo eso por un contrato de recolectora de naranjas en un valle polvoriento es una anomalía matemática que mi secuencia de comandos no alcanza a procesar.

Liam soltó una risotada ronca, una vibración de humor rudo que llenó el habitáculo y obligó a Marcus a moverse bajo el periódico de su rostro.

—Esa anomalía se llama "llegar a viejo", Clara —intervino el detective, reduciendo la velocidad de la furgoneta al entrar en la pista perimetral que bordeaba la orilla norte de *Salton Sea*—. Llevo quince años recogiendo los cuerpos de tipos que creían que eran perfectos en su trabajo. Tipos que no dejaban huellas dactilares en los vasos de cristal, que usaban guantes de cirujano para cargar sus armas y que cambiaban de identidad cada vez que cruzaban una línea de tranvía. ¿Y sabes dónde terminaban todos? En una mesa de acero inoxidable en la morgue del distrito, con un número de expediente colgado del dedo gordo del pie y un ayudante del forense limpiando sus perfiles con un chorro de agua fría y una esponja de cocina. Prefiero mil veces una multa de tráfico en una carretera secundaria y una úlcera de estómago por culpa del café barato que la perfección de una cripta de hormigón en la frontera de Nevada. Al menos el dolor de la úlcera es tuyo. No es una cicatriz eléctrica que te metió un viejo con un ordenador en el lóbulo parietal.

Clara no respondió, pero su cabeza se inclinó sutilmente hacia la ventanilla trasera, observando las primeras siluetas de las palmeras muertas que se alzaban a los lados de la pista como centinelas de madera reseca en la penumbra del desierto bajo el nivel del mar.

 

A las 4:30 a.m., la furgoneta utilitaria se detuvo en el extremo de un espigón de grava y sal de *Bombay Beach*, una colonia de caravanas oxidadas y casas de madera contrachapada que se hundía lentamente en las aguas hipersalinas de *Salton Sea*. El paisaje parecía el resultado de un cataclismo privado y silencioso: el agua, densa y desprovista de oleaje, se extendía hacia el oeste como un espejo de plomo líquido bajo un cielo de color violeta que anunciaba el alba. El olor a sulfuro, a pescado muerto deshidratado por el sol y a salitre concentrado era tan intenso que Marcus despertó con una tos seca, buscando su inhalador de rescate en el bolsillo de su sudadera táctica de inmediato.

Liam bajó del vehículo, y sus botas de cuero crujieron sobre una costra blanca de sedimentos salinos y espinas de tilapia que cubría la orilla como una nieve sucia y corrosiva. Caminó hacia la parte delantera del capó, apoyándose en el metal caliente del motor diésel y encendiendo por fin el cigarrillo que había mantenido apagado entre sus labios desde la frontera de Arizona. El haz de luz de su linterna halógena cortaba la bruma sulfurosa de la orilla, revelando los esqueletos de antiguos muelles de recreo que se alzaban del agua como los huesos de un monstruo prehistórico atrapado en el lodo del desierto.

Elena se colocó a su lado, metiendo las manos en los bolsillos delanteros de sus vaqueros gastados. Su cabello castaño corto estaba húmedo por la neblina ácida del lago, y sus ojos grises reales analizaban la inmensidad del agua muerta con una quietud profunda que reflejaba la disolución definitiva de todas las máscaras de la metrópoli.

—Este es el final de la línea del mapa, ¿verdad, Liam? —susurró ella, y su voz tuvo esa calidez humana que desarmaba la prudencia del policía de homicidios—. Aquí es donde las corporaciones dejan de buscar porque los servidores ya no encuentran calles pavimentadas ni cámaras de tráfico conectadas a la red del estado.

Liam exhaló una nube de humo gris que se fundió con la bruma del azufre, rodeó la cintura de la mujer con su brazo izquierdo y la atrajo hacia su costado con una fuerza protectora que desafiaba la hostilidad del entorno salino.

—Este es el sumidero del continente, camaleona —respondió el detective, su tono ronco transmitiendo esa solidez que había sido el anclaje de Elena en medio del colapso de los laboratorios—. Todo el agua residual de los valles agrícolas termina en esta cuenca, y no hay ningún canal de salida que la lleve hacia el océano. El agua simplemente se evapora bajo el sol del desierto, dejando la sal y los secretos en el fondo del lodo. Julian Vance pasó una década buscando el lugar perfecto para esconder sus prototipos fallidos, pero nunca se le ocurrió mirar hacia abajo, hacia el lugar donde el estado arroja la basura que no quiere ver en los folletos turísticos de la costa oeste. Aquí estamos a salvo, Elena. Los hombres de Pendelton no conducen sus todoterrenos por una costra de sal que puede tragarse un camión de tres toneladas en diez segundos si te sales de la pista principal.

Marcus y Clara bajaron de la parte trasera de la furgoneta, cargando la mesa de trabajo de madera y la antena de retransmisión portátil que habían utilizado en *Oatman*. El analista se colocó las gafas de montura fina sobre la nariz, parpadeando ante la densidad del aire sulfuroso, mientras sus dedos comenzaban a desplegar el trípode de la antena sobre la grava sucia del espigón.

—He establecido el puente de comunicaciones definitivo con el suroeste, Elena —informó Marcus, señalando la pantalla de la tableta táctica que parpadeaba con un pulso de sincronización verde y sostenido—. La base de datos de las ciento cuarenta mujeres ha sido fragmentada en veinte bloques de memoria asimétrica y distribuida a través de los servidores de las oficinas de registro civil de los condados agrícolas menores de California, Arizona y Nuevo México. Si Pendelton intenta un borrado general de las firmas biométricas, tendría que hackear simultáneamente veinte sistemas de administración municipal que operan con protocolos analógicos de los años noventa. Es una tarea físicamente imposible para sus ingenieros de la costa este. Las chicas ya no son una secuencia de comandos en un servidor cuántico; son nombres en los censos de población de veinte pueblos perdidos en la geografía civil.

Clara se acercó al borde del agua muerta, y sus botas dejaron huellas blancas de sal en la grava oscura. Miró el reflejo de su rostro con la delgada cicatriz en la superficie aceitosa de *Salton Sea*, notando la ausencia de tensión en su ceja izquierda, el final de ese tic nervioso que había sido su única firma de dolor en los laboratorios de la frontera norte.

—El factor de conversión está completado en el cien por ciento, número cuatro —anunció Clara, y por primera vez en toda la travesía, su voz de espejo no albergaba la hostilidad de la réplica, sino una paz mineral que se fundió con el silencio del desierto—. La clave de matriz asimétrica ha sido borrada de mis terminales nerviosas. Ya no soy el esqueleto del proyecto militar de Julian; soy el ruido de fondo que queda cuando la estación del silencio se apaga de manera definitiva. ¿Qué hacemos ahora, número cuatro? ¿Cuál es la secuencia de comandos para un grupo de sombras que ya no tienen un operador para manejarlas?

Elena se soltó del brazo de Liam, dio tres pasos hacia su origen sobre la costra de sal y colocó sus manos sobre los hombros de la primera Camaleona, uniendo sus miradas grises en un contacto que sellaba la disolución de la anatomía del eco para siempre en la geografía del sur.

—Ahora no hay secuencias de comandos, Clara —dijo Elena con una suavidad dulce que silenció el silbido del viento sobre los muelles oxidados—. No hay perfiles conductuales que adoptar ni objetivos que eliminar en los áticos de los distritos financieros. Mañana por la mañana, Liam y yo te llevaremos a una granja de dátiles en el valle de *Coachella*, donde un hombre que solía trabajar para la fiscalía federal ha preparado una casa de madera y un nombre nuevo para ti. Te llamarás Clara Vance, y tu único trabajo será aprender a mirar cómo crecen las palmeras bajo el sol del desierto sin tener que verificar el nivel de combustible de una furgoneta táctica cada tres horas. Serás una personaordinaria, número tres. El final más hermoso para la cadena de Julian.

Clara miró a su sucesora, y una lágrima limpia, libre de los compuestos químicos de los laboratorios, corrió por su pómulo izquierdo, cruzando la delgada cicatriz blanquecina antes de caer sobre la costra de sal de *Bombay Beach*. Asintió con la cabeza despacio, y sus manos enguantadas se cerraron sobre los brazos de Elena con una presión lenta que transmitía un respeto y una gratitud que las palabras del manual militar nunca habrían logrado articular.

 

A las 6:00 a.m., el sol de California emergió por fin tras las cumbres peladas de las montañas *Chocolate Mountains*, inundando la cuenca de *Salton Sea* con una luz dorada, violenta y purificadora que disolvió la bruma del azufre con una rapidez que parecía limpiar el paisaje de todas las mentiras de la metrópoli. El agua aceitosa del lago se transformó en una lámina de oro líquido que reflejaba la silueta de la furgoneta utilitaria y de las cuatro personas que habían elegido las grietas del mapa para construir su resistencia definitiva contra los fideicomisos del norte.

Liam Cross arrojó la colilla de su cigarrillo al agua salada, donde el sedimento corrosivo la devoró en segundos, se giró hacia Elena y una sonrisa hermosa, cínica y atractiva iluminó su rostro marcado por las costras de los combates de la cantera. La tomó por la cintura con sus manos fuertes, levantándola sutilmente sobre la grava del espigón para depositar un beso largo, profundo y cargado de una devoción absoluta en sus labios heridos, un beso que sellaba su victoria sobre el peor de los deseos de Julian Vance en el centro de la tarde civil.

—Es hora de mover la furgoneta, camaleona —dijo el detective de homicidios, su tono ronco siendo un bálsamo de realidad que devolvió a la mujer al centro de su nueva existencia libre—. Marcus dice que el dueño de la granja de dátiles de *Coachella* tiene una cafetera de porcelana de las de antes y un desayuno de tres platos esperando para un policía retirado y una mujer que ha decidido olvidar el camino de regreso a los laboratorios. El Proyecto Perséfone ha sido archivado bajo la categoría de pérdida total de activos en el ministerio de defensa, y nosotros... nosotros tenemos toda la autopista del sur para escribir nuestra propia historia sin pedirle permiso a los servidores del estado.

Elena Vance se ajustó la camisa de franela a cuadros oscuros de Liam sobre sus hombros, entrelazó sus dedos fuertes con los del detective y levantó su mirada gris real hacia el horizonte de la ruta interestatal que se abría más allá de las palmeras muertas de la orilla.

—Dirige la marcha, detective Cross —ordenó Elena con una suavidad dulce que reflejaba la paz de su mente liberada—. La Camaleona ha muerto esta mañana en la costra de sal de *Bombay Beach*, pero la mujer que tiene tu nombre en las grietas del mapa está lista para descubrir lo que ocurre cuando el cazador de la ley y su sombra deciden que el invierno del norte se ha terminado para siempre en la línea del mar.

La furgoneta utilitaria gris se puso en marcha con un crujido de neumáticos sobre la grava salina, abandonando el espigón de *Salton Sea* para adentrarse en las carreteras secundarias del valle de *Coachella* bajo la luz limpia y violenta de la mañana de California. La cacería de las corporaciones financieras había terminado, los discos duros de la infamia estaban sembrados en los censos de veinte pueblos perdidos del desierto y en el centro del habitáculo, las manos del policía de calle y de la mujer que había aprendido a ser humana permanecían unidas con una firmeza que desafiaba la geografía entera del continente, demostrando que el peor de los deseos de un laboratorio siempre se estrella contra la verdad de los hombres que saben cómo cuidar de sus sombras en la eternidad del mapa civil.

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Cliente anónimo
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