El juzgado de guardia huele a café frío y a desinfectante, son las diez y cuarenta de la noche. Hay un juez con la corbata torcida, dos custodios, una abogada de oficio con tres claveles muertos en sus manos, y un novio culpable.
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No es una boda.
Juzgado de guardia de Sevilla.
Elena Duarte tiene 24 años. Acabó la carrera hace 6 meses. Es abogada de oficio porque necesita pagar el alquiler. Le tocó defender a Marco Ledesma.
Marco tiene 27. Está en prisión preventiva. Lo acusan de matar a Arturo Varela, un prestamista. Dicen que le metió dos tiros en el pecho. Encontraron la billetera de Marco en el bolsillo del muerto.
Marco jura que no fue él. Elena le cree a medias. Pero hay un problema más grande: el padre de Elena le debía mucho dinero a Varela. Y la firma de Elena aparece en un pagaré. Falsificada. Si investigan a fondo, Elena pierde la carrera antes de empezar.
La única forma de callar el caso: que Marco tenga coartada. Y la única coartada que no se puede romper es ser su esposa. Porque la ley dice que una esposa no puede declarar contra su marido.
Por eso están aquí. De noche. En un juzgado vacío. Para casarse.
Elena lleva un vestido beige prestado. Es de Marta, la secretaria. Le queda grande. En la mano lleva tres claveles. Los compró en una gasolinera. Están medio secos. No hay flores, no hay música, no hay familia.
Marco llega con dos policías. Esposado. Barba de tres días. Camisa blanca arrugada. Tiene las muñecas rojas por las esposas.
El juez se llama Bermúdez. Viene corriendo. Su mujer acaba de tener un hijo y quiere irse a casa. Está de mal humor.
“¿Anillos?”, pregunta.
“No”, dice Elena.
“¿Testigos?”
Los dos policías levantan la mano. Uno mira el móvil. El otro bosteza.
Bermúdez lee rápido. No mira a nadie a los ojos.
“¿Acepta usted, Marco Antonio Ledesma, por esposa a Elena Duarte Ruiz?”
Marco mira a Elena. Es la primera vez que la ve sin una mesa entre ellos. Ella tiene el pelo recogido con un lápiz. Tiene ojeras. Parece cansada. Parece asustada.
“Acepto”, dice Marco. No tiene otra salida. Si dice que no, va 20 años a la cárcel.
“¿Acepta usted, Elena Duarte Ruiz, por esposo a Marco Antonio Ledesma?”
Elena piensa en su madre. Si ella va a la cárcel, su madre pierde la casa. Piensa en su padre muerto. Piensa en el pagaré falso.
“Acepto”, dice. No es por amor. Es por miedo.
El juez sella un papel. Se lo da a Elena. “Enhorabuena. Ya se pueden ir”.
No hay beso. No hay arroz. No hay fotos.
Afuera de la pequeña iglesia.
Llueve fino. De esa que te cala la ropa sin que te des cuenta.
Elena fuma bajo un techo. Había dejado el tabaco. Hoy volvió.
Sacaron a Marco cinco minutos para hablar con su abogada. Ahora es su esposa. Le quitaron las esposas de atrás y se las pusieron delante.
Marco se sienta en el borde del furgón policial. Los pies le cuelgan.
“¿Ahora qué?”, pregunta. “¿Tenemos que… ya sabes?”
“No”, dice Elena. Tira el humo. “No tenemos que dormir juntos. Pero sí tenemos que mentir juntos”.
Le explica el plan:
“Dirás que la noche del crimen estabas conmigo. En mi casa. Desde las nueve de la noche hasta las siete de la mañana. Yo lo juraré. Como soy tu mujer, el juez se lo cree. Y el caso se cae”.
“¿Y si me preguntan si te quiero?”, dice Marco.
Elena lo mira fijo. Tiene lluvia en las pestañas.
“Entonces mientes. Me besas. Como si fuera verdad. Como si no nos estuviéramos salvando el cuello”.
Un policía golpea la puerta del furgón. Se acabó el tiempo.
Marco se acerca. No le pide permiso. Le da un beso rápido. Solo un roce. Sabe a tabaco y a lluvia. No es romántico. Es un trato. Un (tú me cubres, yo te cubro).
Elena no cierra los ojos. Ve el furgón. Ve las esposas. Siente el papel de casados en el bolsillo. Le quema.
La puerta se cierra. El furgón se va. La deja sola con los claveles mojados.
Elena para el coche en el puente. Baja. No hay nadie. Tira los tres claveles al río Guadalquivir. El agua se los lleva.
“No es amor”, se dice en voz alta. “Es supervivencia”.
Pero su boca todavía sabe al beso. Y el beso sabe a mentira.
Tres semanas más tarde, el juez deja libre a Marco. ¿Por qué? Porque su esposa dice que estuvo con ella toda la noche del crimen. Y a una esposa se le cree.
Marco sale de la cárcel. Elena no va a buscarlo. Le manda los papeles con otra persona. No se ven más.
Dos meses después, la policía encuentra un coche quemado. Dentro hay un cuerpo. No se sabe quién es. Pero encuentran un anillo de hombre derretido. Elena dice que es de Marco. Lo declaran muerto.
Elena se queda viuda con 24 años. Cobra un seguro de vida que Marco tenía. Paga las deudas de su padre. Salva la casa de su madre. Su carrera despega. En 10 años se vuelve una abogada famosa.
Diez años después…
Elena tiene 34. Acaba de ganar un juicio importante. Está en el pasillo del juzgado. Besa a su cliente en la mejilla para la foto de los periódicos.
Se da la vuelta para irse. Y lo ve.
Un policía. Tiene el mismo lunar en el cuello que Marco. Tiene la misma cicatriz en la ceja que Marco. Pero la placa dice otro nombre.
El policía se acerca. “Elena Duarte Ruiz, queda detenida”.
Y para salvarla, hace lo único que puede hacer: la besa. Delante de todos los periodistas. Fuerte. Con rabia.
Porque si son marido y mujer de verdad, el caso cambia.
Y ahí empieza el lío:
¿Está vivo?
¿Por qué volvió?
¿A quién besa: a su esposa o a su enemiga?
No se casan por amor. Se casan por salvarse. El beso es un contrato. La mentira los une.