La Cocina de César es una apasionante novela Omegaverse donde un arrogante chef alfa acostumbrado a controlar todo se enfrenta por primera vez a un talentoso omega que, marcado por un pasado de abusos y sacrificios, se niega a caer bajo su encanto mientras trabajan juntos frente a millones de espectadores. ¿Podrá alguien como César un alfa nacido en cuna de oro conquistar a alguien como Hamlet quien no piensa unir su vida a ningún alfa?
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Instinto controlado
El aroma a arándanos maduros golpeó mis sentidos apenas crucé el umbral del baño.
Sentí el instinto alfa rugir dentro de mi pecho.
Tuve que cerrar los ojos un segundo y respirar hondo.
—Control... —me dije entre dientes mientras me inyectaba a mi mismo con uno de mis supresores de emergencia que siempre cargaba en el bolsillo.
El vapor empañaba el espejo.
El agua de la bañera seguía corriendo mojando todo el piso.
Entonces lo vi.
Hamlet estaba completamente sumergido, con la espalda apoyada contra la porcelana vieja. El agua le llegaba hasta el pecho. Su respiración era agitada y el rostro estaba completamente enrojecido. Algunos mechones rubios se pegaban a su frente húmeda.
Temblaba.
No era un temblor de frío.
Era el celo.
Parecía uno especialmente fuerte.
—Hamlet...
No respondió de inmediato.
Sus ojos plateados apenas lograron enfocarme.
Parecía no reconocerme.
—Cé...sar...
Su voz salió quebrada.
Como si cada sílaba le costara un enorme esfuerzo.
Me acerqué despacio, procurando mantener la mayor distancia posible.
—Estoy aquí. No tienes que hablar. Solo mírame y sabré que estás conciente.
Él negó con la cabeza.
—No... No por mucho tiempo. Vete... no quiero que me hagas daño.
Sus propias palabras parecían hacerle daño.
Sus manos se aferraban con fuerza al borde de la bañera hasta que los nudillos quedaron blancos.
—No quiero... No quiero hacerte daño... No haré nada sin tu consentimiento.
— Mis feromonas harán que pierdas el control...
Mi corazón dio un vuelco.
Incluso en medio del descontrol seguía preocupado por mí.
—No vas a hacerme daño. Ya tomé un supresor.
Su respiración se volvió más rápida.
El agua comenzó a salpicar cuando intentó incorporarse, pero perdió el equilibrio.
Lo sujeté por los hombros antes de que resbalara nuevamente bajo el agua.
—Despacio. Despacio, Hamlet.
Él apoyó la frente sobre mi pecho apenas un instante.
Su cuerpo ardía.
Jamás había sentido una temperatura tan alta.
Retrocedí un paso inmediatamente. A pesar de que el supresor ya había hecho efecto en mí esas feromonas me hacían excitar. Quería marcarlo y hacerlo mío. Que nadie más oliera sus feromonas.
Pero no podía aprovecharme de aquel momento.
No sería justo.
No con él.
No así.
Tomé una toalla grande, quite el tapón de la bañera y el agua empezó a bajar, debía sacarlo de allí y medicarlo, la toalla la coloqué sobre sus hombros para que dejara de temblar. Estaba en ropa interior. Podía ver su erección bajo el boxer mojado. Era tan hermoso que creo que babié un poco. Mi garganta se resecó. Y mi entrepierna se tensó.
—Necesitamos llevarte a un médico.
Él abrió los ojos de golpe.
—¡No!
La desesperación en su voz me sorprendió.
—No hospitales... No otra vez...
Comprendí que aquello no era solamente un celo.
Había miedo. Cómo si alguien había abusado de su lado más vulnerable. Por suerte su hermano no entró sino hubiera sido algo inevitable.
Se veía con muchísimo miedo.
Algo de su pasado seguía persiguiéndolo.
Me arrodillé frente a la bañera para quedar a su misma altura.
—Escúchame. No voy a obligarte a nada. ¿Entendido? Y tú no me estás provocando a propósito. Es el ciclo. No es tu culpa.
Él respiró con dificultad.
Asintió apenas.
— Bien.
—Solo quiero ayudarte. Nada más.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Las pastillas... Las olvidé... solo un día... Ayer con la llamada del hospital... Por eso...
Así que era eso.
Los supresores.
Había dejado de tomarlos ayer mientras corría entre el trabajo y el hospital de su madre.
Su organismo había terminado colapsando. Y estoy seguro que aquel beso de ayer tampoco ayudó en nada esta reacción.
—Está bien. Vamos a solucionarlo. No estás solo.
Él comenzó a llorar en silencio.
Un llanto contenido como si hubiera dejado de llorar en años.
—Tengo mucho miedo...
Esas tres palabras me atravesaron el alma.
Yo era el hombre que estaba viendo sufrir al omega del que, sin darme cuenta, me había enamorado.
Le sostuve una mano con delicadeza. Entendí porque no aceptó la ayuda de su propio hermano. Porque no llamaba a nadie para pasar su celo.
—Mírame, Hamlet.
Él levantó lentamente la vista.
—Mientras yo esté aquí, nadie volverá a tocarte sin tu consentimiento. Nadie volverá a hacerte daño. Lo prometo.
Sus labios temblaron.
Cerró los ojos mientras las lágrimas resbalaban por su mejilla.
Afuera, Dante seguía esperando en un silencio absoluto, respetando el espacio de su medio hermano.
Dentro del baño, entre el vapor y el tenue aroma a arándanos, comprendí que aquel no era el momento para declararme.
Era el momento de protegerlo.
Y estaba dispuesto a hacerlo el tiempo que fuera necesario.