Hace cinco años, Matías desapareció de la vida de Sofía sin dejar rastro.
Hoy es uno de los hombres más ricos y arrogantes de Buenos Aires.
Ella vive con un secreto.
Él vuelve cargado de orgullo y rencor.
Cuando se reencuentran, no hay nostalgia, solo ironía y reproches.
Sofía no pide explicaciones ni compasión.
Pero Matías, el hombre que una vez la abandonó,
empieza a aparecer una y otra vez…
y esta vez no piensa irse.
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Capítulo 15
Matías pasó la noche entera con el teléfono en la mano. Cada pocos minutos abría WhatsApp, revisaba la solicitud de amistad que había enviado a Sofía. Seguía en “pendiente”. La marca gris de “enviado” no cambiaba. Volvió a cargar la pantalla una y otra vez, esperando ver el cambio a “aceptado”. Nada. Cerró la app, la abrió de nuevo. Lo mismo.
La irritación crecía con cada intento. ¿Lo estaba ignorando a propósito? ¿O simplemente no había visto la notificación? Se convenció de que era deliberado. Una forma de vengarse, de jugar a hacerse la difícil. “Si no quiere agregar, mejor”, murmuró para sí mismo, tirando el teléfono sobre la mesita de noche. Pero no podía dormir. Se dio vuelta en la cama, miró el techo, tomó el móvil otra vez. La solicitud seguía allí, sin respuesta. La rabia se mezcló con una inquietud que no quería nombrar. Se imaginó a Sofía viendo la notificación y sonriendo con desprecio antes de rechazarla. O peor: ignorándola como si él no existiera. El pecho le ardía. Al final, apagó la luz y se quedó mirando la oscuridad hasta que amaneció.
El lunes por la mañana, Tiago se quedó en casa. Sofía preparó un desayuno abundante: empanadas rancheras, jugo de naranja y café. Mientras el niño comía, ella revisó la mochila y los horarios del transporte público. El auto seguía en el taller; el arreglo del lateral iba a demorar unos días. Se despidió con un beso fuerte en la frente.
“Portate bien, mi amor. Cualquier cosa me llamás. Las cámaras están prendidas”.
Tiago asintió, ya con el control remoto del televisor en la mano.
Sofía salió a la calle y se sumergió en el caos de la hora pico porteña. Metro abarrotado hasta Retiro, luego colectivo hasta Puerto Madero. La gente empujaba, los olores se mezclaban: perfume barato, sudor, café derramado. Llegó a la sede del Grupo Rodríguez con dos minutos de margen. Se sentó en su escritorio, abrió la computadora y respiró.
Ya había entendido el juego interno del grupo. Jorge, el presidente, no confiaba del todo en Lucas. Por eso había colocado dos asistentes que informaban cada paso: quién entraba a su oficina, cuánto duraban las reuniones, qué documentos firmaba. El clan Rodríguez era una familia partida en dos: la línea principal y la segunda esposa, de donde venía Lucas. Sofía veía las miradas cruzadas, los silencios cargados. Era un mundo de alianzas frágiles y traiciones silenciosas. Y ella, una pieza pequeña, prefería mantenerse al margen.
Lucas llegó a media mañana y convocó al equipo de proyectos. Se reunieron en la sala de vidrio. “Hoy vamos a Bariloche. Es la licitación final del resort. Necesitamos ese contrato. Es mi primera gran prueba aquí. No fallamos”.
Sofía escuchó desde su puesto. Cuando la reunión terminó, se enteró de que Lucas llevaría al gerente de proyectos y a dos analistas. Nadie mencionó su nombre. Sintió alivio. Aunque Matías la había ayudado bajo la lluvia, no quería volver a verlo. Cada encuentro era un recordatorio incómodo de lo que había sido y de lo que nunca sería.
La licitación se realizó en la sede del Grupo Financiero de América Latina. Lucas y su equipo llegaron puntuales. Matías entró último, con traje oscuro y expresión neutra. Sus ojos recorrieron la mesa rápidamente. Buscó a Sofía. No estaba. Su mirada se oscureció un instante, pero nadie lo notó. Se sentó y dio inicio a la reunión.
Fueron cinco horas de exposición, preguntas técnicas, análisis financiero, proyecciones de impacto ambiental. Lucas habló con seguridad, respaldado por números y gráficos. Representaba al Grupo Rodríguez en su primera gran jugada en la capital. Al final, Matías y su equipo deliberaron en privado. Cuando regresaron, anunciaron las tres empresas seleccionadas. El Grupo Rodríguez estaba entre ellas.
Lucas exhaló por fin. El peso de las últimas semanas se aligeró. Matías no dijo una palabra más. Se levantó, saludó con un gesto seco y salió de la sala sin mirar atrás.
El viernes llegó sin novedades del taller ni de Matías. Sofía esperó todo el día un mensaje sobre el auto. Nada. Al terminar la jornada, decidió llamar. El teléfono sonó varias veces. Nadie atendió. Estaba por guardar el aparato cuando sonó la devolución.
“¿Sofía? El auto está listo. Vení a buscarlo. Spring Breeze Avenue 58, C08. Villa”.
Ella anotó la dirección. Era lejos. Tomó el colectivo, uno que tardaba una hora y media en llegar a esa zona exclusiva de la ciudad. Cuando bajó, vio calles anchas, árboles alineados, casas con jardines cuidados y portones altos. Todas iguales: lujo discreto. Se dio cuenta de inmediato: era la zona donde vivía Matías.
Llamó al timbre de la villa C08. La puerta se abrió. Matías apareció en jogging gris y remera negra, el cabello despeinado. La invitó a pasar con un gesto.
“¿Dónde está mi auto?”.
Matías no respondió. Subió las escaleras sin prisa. Sofía lo siguió con la mirada. Minutos después bajó envuelto en un albornoz blanco, el cabello mojado goteando sobre los hombros. El agua resbalaba por su clavícula y desaparecía bajo la tela. Se detuvo en el último escalón, apoyado en la baranda, y la miró con una media sonrisa.
Sofía sintió el calor subirle al rostro. Apartó la vista.
Matías bajó los escalones despacio y se acercó. Le levantó la barbilla con dos dedos.
“Mirá vos. Todavía te ponés colorada. Y eso que no sos gran cosa. Cara común, nada especial. No me interesás en lo más mínimo”.
Las palabras la golpearon. Pero en lugar de bajar la cabeza, lo miró directo. En su mente pasaron flashes de hace cinco años: ella inventando excusas para coincidir en la filial de Córdoba, pidiendo entrar al mismo equipo, fingiendo tropezones para que él la ayudara a levantarse. Había usado todo su coraje, toda su vergüenza, solo para acercarse. Y ahora él le decía eso, con la misma indiferencia de siempre.
Sofía apretó los labios. No respondió. Solo mantuvo la mirada fija, esperando que él soltara su barbilla.