Sinopsis
Hay dolores que sanan con el tiempo.
Y hay otros que abren puertas.
En el Japón actual, una serie de desapariciones y muertes inexplicables tiene un inquietante punto en común: todas las víctimas atravesaban un profundo sufrimiento antes de que el horror comenzara.
Cuando una joven, devastada por una ruptura amorosa, empieza a experimentar sucesos imposibles, el investigador Gabriel Salazar descubre que una antigua entidad demoníaca intenta apoderarse de su cuerpo. Pero salvarla no será suficiente. Detrás de esa posesión se oculta un plan mucho más oscuro, capaz de cambiar para siempre el mundo de los vivos.
Porque los demonios no derriban puertas...
Esperan a que alguien las abra.
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Capítulo 17
El pueblo que no olvida
—Los que caminan buscando el nombre que les falta.
La anciana permaneció inmóvil junto a Gabriel.
Las nueve luces seguían suspendidas entre la niebla de la montaña.
Ninguna avanzaba.
Ninguna retrocedía.
Simplemente permanecían allí.
Observando.
Gabriel no apartó la vista del bosque.
—¿Quiénes son?
La mujer tardó varios segundos en responder.
—Hace mucho tiempo tenían otro nombre.
Ahora ya no lo recuerdan.
Y cuando un espíritu olvida su propio nombre...
...empieza a buscar el de los demás.
Un viento helado descendió por la montaña.
Las nueve luces desaparecieron al mismo tiempo.
Como si nunca hubieran existido.
La anciana soltó un suspiro.
—Entren.
No es seguro permanecer afuera después de medianoche.
A la mañana siguiente, Minakami parecía un pueblo completamente distinto.
Los niños caminaban hacia la escuela.
Los comerciantes abrían sus pequeños negocios.
El aroma del pan recién horneado se mezclaba con el vapor que ascendía desde las aguas termales.
Era un lugar lleno de vida.
Y, sin embargo...
Gabriel notó algo extraño.
En ninguna casa había espejos visibles.
Ni en las ventanas.
Ni en los pasillos de la posada.
Ni siquiera en la barbería del pueblo.
Durante el desayuno decidió preguntar.
—Disculpe...
¿Por qué nadie tiene espejos?
La anciana dejó lentamente la tetera sobre la mesa.
No respondió enseguida.
Miró alrededor para asegurarse de que nadie más pudiera escuchar.
—Porque, cuando llegan ciertas noches...
...los espejos muestran a alguien más.
Valeria dejó la taza sobre la mesa.
—¿Alguien más?
—No.
Algo más.
El silencio volvió a instalarse.
Gabriel comprendió que aquella costumbre no era una superstición.
Era una regla.
Y las reglas nacían porque alguien había sobrevivido para contarlas.
Después del desayuno, decidieron recorrer el pueblo.
Las calles eran estrechas y tranquilas.
Los viejos cedros proyectaban sombras largas sobre los caminos de piedra.
Mientras caminaban, Gabriel notó que muchas personas los observaban discretamente.
No con curiosidad.
Con preocupación.
Como si supieran exactamente quiénes eran.
O por qué habían llegado.
Al doblar una esquina encontraron una pequeña librería.
Era antigua.
De madera oscura.
El letrero estaba tan desgastado que apenas podían leerse los caracteres.
Dentro, el olor a papel viejo llenaba el ambiente.
Detrás del mostrador había un anciano de barba blanca leyendo un libro encuadernado a mano.
No levantó la vista cuando ellos entraron.
Solo dijo:
—Pensé que tardarían un poco más.
Gabriel sintió un escalofrío.
—¿Nos estaba esperando?
El anciano sonrió apenas.
—No.
Estaba esperando el reloj.
Gabriel llevó la mano, por instinto, al bolsillo de su abrigo.
El anciano levantó finalmente la mirada.
Sus ojos eran completamente normales.
Pero transmitían una serenidad inquietante.
—Hayato Mori estuvo aquí hace treinta y dos años.
Buscaba exactamente lo mismo que usted.
Valeria dio un paso adelante.
—¿Encontró lo que buscaba?
El anciano cerró el libro.
—Encontró demasiado.
Caminó lentamente hasta una estantería cubierta de polvo.
Retiró varios libros.
Detrás de ellos apareció un compartimento oculto.
De su interior extrajo un mapa antiguo.
Lo desplegó sobre la mesa.
No era un mapa del pueblo.
Era un mapa de las montañas.
Sobre él aparecían nueve círculos dibujados con tinta negra.
Todos rodeaban un mismo punto.
En el centro había un único nombre.
Yomizaka.
Gabriel jamás lo había oído.
—¿Qué lugar es ese?
El anciano no respondió directamente.
Pasó un dedo sobre el mapa.
—Aquí existía un pueblo.
Hace casi cien años.
Hoy no aparece en ningún registro.
Ni en mapas.
Ni en documentos oficiales.
Valeria frunció el ceño.
—¿Desapareció?
El hombre negó lentamente.
—No.
Fue olvidado.
Las palabras hicieron que Gabriel sintiera un escalofrío.
Porque recordaban demasiado a la advertencia de la noche anterior.
"Cuando un espíritu olvida su nombre..."
El anciano continuó.
—Hay lugares que desaparecen cuando la gente deja de recordarlos.
Y hay otros...
...que hacen desaparecer a quienes los recuerdan.
Antes de marcharse, Gabriel desenrolló nuevamente la vieja fotografía encontrada dentro del reloj.
La colocó sobre la mesa.
El anciano la observó apenas un segundo.
Su expresión cambió por completo.
El color abandonó su rostro.
Con manos temblorosas señaló al hombre cuyo rostro había sido cortado de la imagen.
—¿Quién hizo esto?
—No lo sabemos —respondió Gabriel.
El anciano tragó saliva.
Luego pronunció una frase que hizo que todo cobrara un significado completamente distinto.
—Qué extraño...
Porque ese rostro...
...no estaba cortado la última vez que vi esa fotografía.
El silencio cayó como una losa.
Gabriel y Valeria intercambiaron una mirada.
Ninguno de los dos había separado la fotografía desde que la encontraron.
Sin embargo...
Si el anciano decía la verdad...
Entonces alguien había modificado aquella imagen...
...después de que saliera del reloj.