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LA JAULA DE ESMERALDA

LA JAULA DE ESMERALDA

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Reencuentro
Popularitas:923
Nilai: 5
nombre de autor: NATALIA ORTEGA

El huracán le quitó su casa, pero él le quitó su libertad. Esmeralda vive encerrada en una jaula de oro, prisionera del hombre que dice amarla. Entre mentiras, tormentas y secretos, deberá elegir: morir en silencio o destruir todo para ser libre. ¿El amor puede doler tanto como una prisión?


.Confirmo que soy la autora, la autora de esta obra y poseo todos los derechos de autor,

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NovelToon tiene autorización de NATALIA ORTEGA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

6. LA NOCHE DE BODAS.

Tres días.

Setenta y dos horas de encierro en esa jaula de mármol. Setenta y dos horas viendo ese vestido blanco colgado en el maniquí, observándome como un verdugo.

Hoy era el día.

No hubo boda. No hubo invitados, ni flores, ni música. Solo un contrato que firmé con la mano temblando y un juez que ni me miró a los ojos. Emiliano de la Rosa no necesitaba testigos. Él era la ley.

Ahora eran las 11:47 p.m. Y yo estaba sentada en el borde de una cama que costaba más que mi casa, con un camisón de seda que él había elegido. Blanco. Transparente. Otro insulto.

La puerta se abrió sin tocar.

Él entró. Ya sin traje. Camisa negra arremangada, los primeros botones abiertos. El pelo ligeramente despeinado. Se veía menos como un CEO y más como el depredador que era. En su mano, una copa de whisky. En la otra, las llaves de mi jaula.

Cerró la puerta con seguro. El clic resonó en la habitación como un disparo.

“Esposa”, dijo. La palabra me quemó. “Levántate.”

No me moví. El corazón me golpeaba las costillas tan fuerte que pensé que el corsé volvería a ponérmelo.

Él dejó la copa en la mesa. El líquido ámbar se movió. Caminó hacia mí lento, como un animal que disfruta el miedo de su presa.

“No me hagas repetirlo, Esmeralda.” Su voz era baja. Calma. Peor que un grito.

Me puse de pie. Las piernas me temblaban. El camisón se pegaba a mi piel helada.

Su mirada me recorrió otra vez. Pero esta vez sí había deseo. Crudo. Oscuro. Posesivo. Se detuvo en mi cuello, en el pulso que latía desbocado.

“¿Tienes miedo?”, preguntó. Alzó una mano y, con el dorso de los dedos, me apartó un mechón de cabello del rostro. El roce me quemó.

“Sí”, susurré. Por primera vez, fui honesta. “Te tengo terror.”

Él sonrió. Esa sonrisa cruel que le había visto después del beso. “Bien.” Su pulgar rozó mi labio inferior, justo donde me había mordido hace tres días. La herida aún estaba ahí. “El miedo es… excitante.”

Me tomó la muñeca. Su piel estaba caliente. La mía, helada. Me arrastró un paso hacia él. Quedamos pecho con pecho. Podía oler el whisky en su aliento. Podía sentir cada músculo de su cuerpo tenso, listo.

“Esta noche”, murmuró contra mi oreja, “voy a recordarte a quién le perteneces. Con cada caricia. Con cada jadeo.  cada vez que grites mi nombre.”

Su mano libre fue a mi cintura. Me apretó contra él hasta que no quedó aire entre los dos. Sentí el frío de la esmeralda de mi anillo clavándosele en el pecho.

“Y mañana”, continuó, su boca rozando mi mandíbula, “te vas a despertar en mi cama. Con mi apellido. Y con la certeza de que ya no hay salida.”

Cerré los ojos. Esperando el golpe. El beso. La invasión.

Pero no llegó.

Abrí los ojos. Él me estaba mirando. Estudiándome. Y en el fondo de esos pozos negros, vi algo que no era solo lujuria. Era algo peor. Era obsesión.

“Pero no hoy”, dijo de repente, soltándome tan brusco que casi caigo.

¿Que… qué?

Él se alejó. Se sirvió otro whisky. De espaldas a mí.

“¿Creíste que sería tan fácil, Esmeralda? ¿Qué te tomaría mientras lloras y me odias?” Se giró. El vaso en su mano. “Yo no quiero un cuerpo. Quiero que te doblegues. Quiero que me ruegues.”

Se acercó a la cama y palmeó el colchón. “Acuéstate. Esta noche duermes con tu esposo. Y vas a pasar cada segundo de la noche recordando que estoy aquí, a centímetros, y que no te toco porque yo no quiero. Todavía.”

Se sentó en un sillón frente a la cama. Como un rey viendo a su prisionera. Se desabrochó un botón más de la camisa.

“Esa es mi primera lección, esposa. Yo controlo todo. Incluso tu castigo.”

Me metí en la cama, tiritando. Él apagó la luz. La habitación quedó a oscuras. Solo la luz de la luna entraba por los ventanales, iluminando su silueta en el sillón. Vigilando.

No me tocó. Y eso, descubrí, era una tortura mucho peor. Porque ahora, además de odiarlo… le tenía miedo al momento en que sí decidiera hacerlo.

Y lo peor: una parte traicionera de mí se preguntó cómo sería si lo hiciera.

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