Valentina fue criada como hija de la casa Vargas, hasta que una copa rota, una mentira y el silencio de todos la condenaron a tres años de servidumbre en la manada Oscura.
Allí lavó ropa con las manos abiertas por el hielo, limpió establos, cargó leña, durmió sobre paja y aprendió que nadie iba a ir por ella. Cuando el plazo termina, Rodrigo Vargas, el Alfa que alguna vez significó hogar, aparece para llevarla de regreso.
Pero la Valentina que vuelve no busca abrazos, explicaciones ni perdón.
En la casa que la entregó, Isabela ocupa su lugar, Don Alejandro intenta arreglar su futuro como si fuera un problema familiar, Elena llora demasiado tarde y Rodrigo empieza a entender que la culpa no repara nada.
Solo Abuela Consuelo sigue llamándola "mi niña".
Cuando las cicatrices salen a la luz y las mentiras comienzan a romperse, Valentina decide algo simple: nunca más volverá a vivir como una Omega que otros pueden vender, esconder o nombrar a su antojo.
Y mientras la verdad de Isabela se pudre bajo perfumes falsos, un Beta llamado Diego aparece con una bondad tranquila que Valentina ya no creía posible.
Pero en un mundo de Alfas, manadas y destinos marcados por la luna, sobrevivir no será suficiente.
Valentina tendrá que elegir si quedarse entre las ruinas de la familia que la enterró... o caminar hacia una vida donde nadie vuelva a apagar su nombre.
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Capítulo 17
Capítulo 17
Consuelo mandó llamar a Rodrigo al día siguiente.
No pidió permiso a Don Alejandro. No envió un recado amable. Le dijo a una criada:
—Dile a mi nieto que venga. Si pregunta por qué, dile que porque todavía obedece a alguien en esta casa.
La criada salió casi corriendo.
Valentina estaba acomodando las medicinas sobre la mesa.
—No debe alterarse.
—Entonces que él no me altere.
—Abuela.
Consuelo la miró desde la cama. Tenía la piel más pálida que la mañana anterior, pero los ojos seguían vivos.
—Vas a ir por agua caliente.
Valentina entendió.
—No necesito salir.
—Yo necesito que salgas.
No discutió.
Tomó la jarra vacía y fue al corredor. No llegó lejos. Se quedó junto a la ventana abierta, donde podía ver el patio y oír si la abuela necesitaba ayuda.
Rodrigo llegó pocos minutos después.
Se detuvo al verla.
—¿Está muy mal?
Valentina sostuvo la jarra.
—Está despierta.
Él asintió y entró.
La puerta se cerró.
Al principio no se oyó nada. Después, la voz de Consuelo atravesó la madera.
—No me hables de honor.
Valentina cerró los ojos.
No quería escuchar.
Tampoco podía irse.
Rodrigo dijo algo bajo. Imposible distinguir las palabras.
Consuelo respondió con más fuerza:
—Tres años, Rodrigo. Tres años. Si un perro de esta casa hubiera desaparecido, alguien habría preguntado dónde estaba.
Un silencio largo.
Valentina miró la jarra vacía.
La abuela volvió a hablar. Esta vez más despacio.
—La miras como si su dolor te hubiera ocurrido a ti. No confundas vergüenza con arrepentimiento.
Rodrigo no respondió.
Un criado pasó por el corredor con leña en los brazos. Al oír la voz de Consuelo, bajó la cabeza y aceleró.
Dentro, algo cayó al suelo. Tal vez una copa. Valentina dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo al oír otra vez a la abuela.
—No. Tú vas a escuchar.
La voz de Rodrigo salió más clara:
—No sé cómo arreglarlo.
Consuelo soltó una risa seca.
—Ese es tu problema. Crees que todo lo que rompes debe tener arreglo para que puedas dormir.
Valentina sintió que la garganta se le apretaba.
No por Rodrigo.
Por la abuela, que gastaba el poco aire que tenía en decir lo que otros callaban.
La conversación duró casi media hora.
Cuando la puerta se abrió, Rodrigo salió con el rostro pálido. Tenía los ojos rojos, pero no lloraba. Al ver a Valentina, se quedó quieto.
Ella levantó la jarra.
—Agua.
Él se apartó.
Dentro, Consuelo estaba recostada contra las almohadas. Parecía más pequeña.
Valentina dejó la jarra y se acercó.
—No debió hacerlo.
—Claro que debía.
—Se cansó.
—Me habría cansado más muriéndome con eso dentro.
Valentina humedeció un paño y se lo puso en la frente.
—No se va a morir hoy.
Consuelo la miró.
—Qué mandona.
—Usted me enseñó.
La abuela sonrió apenas.
Valentina recogió la copa caída. No se había roto. La dejó sobre la mesa.
—No necesito que pelee por mí.
—Lo sé.
—Entonces descanse.
Consuelo le tomó la muñeca.
—Peleo porque todavía puedo. Tú harás lo mismo cuando yo no esté.
Valentina no quiso oír esa última parte.
—No diga eso.
—Lo diré todas las veces que haga falta.
La abuela cerró los ojos.
—Y acuérdate, mi niña: no todo el que se arrodilla entendió. A veces solo le pesan las rodillas.
Valentina se quedó sentada a su lado.
No sabía si Rodrigo había oído la frase desde el corredor.
Esperó que sí.
Pero me fascina la narrativa... Dura, blanco o negro, no hay floritorios en los romances., que casi no hay o no se perciben... cómo ese que "día a día crece" y no descubris si es un romance normal o personas que coinciden en tiempo y espacio.
Es rara y está muy buena