Ximena Blanco solo debía cumplir una misión: ocupar el lugar de su hermana gemela, casarse con Cristian Montalvo y aguantar el papel de esposa perfecta hasta que pudiera desaparecer con el dinero prometido.
El problema era Cristian.
Frío, rico, impecable y peligrosamente guapo, el heredero Montalvo parecía hecho para arruinarle la concentración. Ximena sonreía como una dama obediente, servía café, bajaba la mirada y fingía no sentir nada.
Pero por dentro era otra historia.
Ay, no. Ese hombre debería traer advertencia. Con esa camisa, esos hombros y esa cara de hielo, una mujer honesta pierde la dignidad.
Lo que Ximena no sabe es que Cristian puede escuchar cada pensamiento suyo.
Cada queja. Cada insulto. Cada fantasía vergonzosa sobre tocarle el pecho, quitarle la corbata o verlo perder el control por ella.
Al principio, Cristian solo quiere descubrir quién es en realidad esa mujer que finge ser tranquila mientras su mente arde sin descanso. Pero cuanto más la escucha, más le cuesta mantenerse lejos. La esposa falsa empieza a parecerle demasiado real. Sus pensamientos indecentes empiezan a gustarle demasiado. Y el hombre que juró no enamorarse termina obsesionado con la única mujer que no puede mentirle por dentro.
Pero Ximena guarda un secreto más peligroso que sus deseos: ella no es la novia que Cristian debía recibir en el altar.
Cuando la verdad salga a la luz, el matrimonio falso, la pasión escondida y todos los pensamientos que nunca debieron escucharse podrían destruirlos... o volver imposible que se separen.
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Capítulo 20
Capítulo 20: ¿Quién es el patrocinador?
El cachorro fue el primero en delatar a Ximena.
Movió la cola hacia la puerta con una alegría absurda. Ximena siguió su mirada, se giró despacio y vio a Cristian de pie en la entrada de la cochera.
Durante tres segundos, nadie respiró.
Luego Ximena escondió el plato detrás de su espalda, como si un cachorro hambriento pudiera desvanecerse por pura voluntad.
—Buenos días.
Cristian miró al perro.
—¿Quién es?
—Un invitado.
—Tiene collar.
—Un invitado con intención de quedarse.
*No grites. No pongas cara de auditor. Mira sus ojitos. Si me dices que no, voy a llorar. Si llorar no funciona, voy a usar escote. Si escote no funciona, el matrimonio está perdido.*
Cristian bajó la vista al cachorro. El animalito se acercó dos pasos, olfateó su zapato caro y lamió la punta.
Ximena cerró los ojos.
—No, Motita...
Cristian levantó una ceja.
—¿Motita?
Ella abrió los ojos.
—Es provisional.
*No es provisional. Es su nombre, su identidad, su marca personal, su acta espiritual.*
Cristian entró en la cochera y se agachó frente al cachorro. Motita movió la cola con más fuerza, sin la menor lealtad hacia quien lo había escondido.
—Necesita veterinario.
Ximena parpadeó.
—¿No vas a decir que no?
—No dije que sí.
*Traición emocional en progreso. Está negociando. Si está negociando, hay esperanza. Muéstrale la pancita, Motita. No seas tímido, trabaja por tu futuro.*
Como si la oyera, el cachorro se sentó torpemente y ladeó la cabeza.
Cristian lo observó.
—Se queda.
Ximena se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Se queda.
—¿Aquí?
—No en la cochera. El cuarto de la planta baja tiene baño y vestidor. Se puede adaptar para él hasta que crezca.
Ximena abrió la boca.
La cerró.
*¿Le va a dar cuarto con baño y vestidor a un perro que ayer comía basura? Este hombre no sabe querer poquito. Ay, Motita, pasaste de calle a heredero en una frase.*
Cristian se puso de pie.
—Pero no se va a llamar Motita.
La emoción de Ximena se desplomó.
—¿Perdón?
—Duque.
—¿Duque?
—Sí.
—Es un bebé.
—Entonces aprenderá desde pequeño.
—Motita ya responde a Motita.
Cristian miró al cachorro.
—Duque.
El cachorro movió la cola.
Ximena abrió los ojos, traicionada por segunda vez.
*No puede ser. Es pobre, pero ambicioso.*
—No cuenta —dijo ella—. También mueve la cola cuando oye una bolsa.
—Duque tiene presencia.
—Motita tiene corazón.
—Motita suena a pelusa de sillón.
—¡Porque es una motita!
Cristian caminó hacia la puerta.
—Se queda en la casa. Lo llevo al veterinario. Le compro cama, comida, vacunas y todo lo necesario.
Ximena lo siguió con el cachorro en brazos.
—Pero el nombre...
—Duque.
*Motita. Motita. Motita. Puedes comprarle cuarto, pero no su alma.*
Cristian no miró atrás.
—Te escuché.
Ximena se quedó parada.
—¿Qué?
Él se detuvo un instante.
—Lo dijiste entre dientes.
*No lo dije. ¿Lo dije? Maldita sea. Este hombre me está entrenando a dudar de mi propia boca.*
Así empezó la disputa más ridícula de la mansión Montalvo.
Para los recibos del veterinario, el cachorro fue registrado como Duque Montalvo. Para Ximena, para la cocina, para la señora que ayudaba en casa y para el propio cachorro cuando quería premio, siguió siendo Motita.
Cristian fingió no darse cuenta.
La adaptación del cuarto de la planta baja fue, en opinión de Ximena, un exceso delicioso.
Cristian mandó retirar una alfombra carísima "por higiene", cambiar las cortinas por unas lavables, instalar una puerta baja de seguridad y pedir una cama canina importada que llegó en una caja más grande que el primer departamento donde Ximena había vivido de estudiante.
—Es un cachorro —dijo ella, mirando la cama acolchonada.
—Tiene columna.
—Todos tenemos columna.
—Y no todos dormimos en la cochera.
Ximena se quedó callada.
*Golpe bajo, señor hielo. Así no se gana una discusión; así se gana una esposa mirándote con ojos peligrosamente blandos.*
Motita entró al cuarto nuevo, olfateó la cama de lujo, dio dos vueltas y se acostó sobre el tapete sencillo que Ximena había comprado en el supermercado.
Cristian observó la escena.
—Duque no entiende de calidad.
—Motita entiende de cariño.
—Duque aprenderá.
—Motita ya decidió.
El cachorro bostezó, ajeno a la guerra nominal que acababa de iniciar en su honor.
Esa noche, Ximena subió una foto anónima de una patita negra sobre el tapete barato, con el borde de la cama elegante al fondo. El texto decía: "Cuando el lujo insiste, pero el corazón elige".
Cristian la vio desde su cuenta privada y no le dio "me gusta".
Sí guardó la publicación.
Duró dos semanas y media.
En ese tiempo, Adriana descubrió la existencia del cachorro, lloró de emoción, compró una cama ortopédica que parecía diseñada para un heredero enfermo y declaró que Ximena tenía "instinto maternal", comentario que hizo que Cristian se atragantara con café y Ximena escondiera la cara en Motita.
También en esas semanas, Adriana empezó a llevar a su nuera a salidas cada vez más costosas. Té en Polanco. Zapatos en Santa Fe. Bolsas en una boutique donde el vendedor decía "señora Montalvo" como si fuera una oración.
Ximena, fascinada por la vida de señora rica con suegra aliada, abrió una cuenta anónima de redes sociales donde no mostraba el rostro. Subía detalles: una mano con anillo sobre una taza de porcelana, el borde de un vestido, la patita de Motita sobre una caja de zapatos, la vista desde el Ferrari rosa viejo.
Y, una tarde, cometió el error de subir un video.
En el video se veía su mano acariciando el dorso de una mano masculina. Luego sus dedos subían por una manga negra, ajustaban un gemelo de oro y terminaban dejando un beso rápido sobre los nudillos. El rostro del hombre no aparecía.
El texto decía:
"El dinero manda, y el modelo más generoso se lleva los besos."
El hombre era Cristian.
Más precisamente, era Cristian dormitando en el sofá de la sala después de una semana brutal de trabajo, con la mano fuera de la manta y el reloj carísimo expuesto como prueba del delito.
Cristian no lo supo.
Lo descubrió tres días después, durante una auditoría de una filial, cuando una alerta de compras en su celular lo llevó a revisar movimientos de la tarjeta negra y, de ahí, a una mención anónima que usaba una foto del Ferrari. Abrió la cuenta por curiosidad.
Vio el video.
Vio la mano de Ximena.
Vio la mano masculina.
Vio la frase.
El aire de la oficina se volvió helado.
Julián, al otro lado de la mesa, dejó de pasar hojas.
—¿Señor Montalvo?
Cristian no respondió.
Volvió a reproducir el video.
El gemelo de oro brilló en pantalla.
Su propio gemelo.
No lo reconoció.
Los celos, cuando entraban, no pedían identificación.
Cristian llamó a Ximena.
Ella contestó desde un salón de té, con Adriana frente a ella y tres cajas de compras sobre una silla.
—Hola.
—¿Quién es?
Ximena miró el teléfono.
—¿Quién es quién?
—El patrocinador.
Adriana levantó la vista.
Ximena frunció el ceño.
—¿Qué patrocinador?
—El del video.
—¿Qué video?
—No te hagas.
*¿Se golpeó? ¿Está celoso de alguien? ¿Qué hice ahora? Si es por Motita, juro que el perro no tiene cuenta bancaria.*
Cristian cerró los ojos.
—La cuenta anónima. "El dinero manda".
Ximena se quedó en silencio.
Luego entendió.
Y se puso roja.
—Ah.
—Ah —repitió Cristian, cada vez más frío.
—No es lo que crees.
—No sabes lo que creo.
—Con ese tono, seguro crees una tontería carísima.
Adriana extendió la mano.
—Dame el teléfono.
—Mamá, no...
—Dámelo.
Ximena obedeció.
Adriana tomó el celular con una calma de reina molesta.
—Cristian Montalvo Solís.
Cristian se enderezó en la oficina.
—Mamá.
—¿Qué le estás reclamando a mi nuera?
—Hay un video...
—Ya lo vi.
—¿Lo viste?
—Claro que lo vi. Yo le di "me gusta".
Julián bajó la mirada hacia sus papeles con una disciplina heroica.
Cristian se quedó sin respuesta.
Adriana continuó:
—La patrocinadora soy yo.
—¿Qué?
—Yo. Tu madre. La mujer que pagó las bolsas, los zapatos y el té. La misma que te parió y todavía tiene que explicarte cómo se trata a una esposa.
Ximena, al otro lado, se cubrió la boca.
*No me ría. No me ría. Si me río, me muero. Si sobrevivo, quiero guardar esta llamada para escucharla cuando esté triste.*
Cristian apretó el celular.
—El video muestra a un hombre.
Adriana miró a Ximena.
—¿El del reloj?
Ximena asintió con vergüenza.
—Es él.
—Cristian —dijo Adriana—, el hombre del video eres tú.
El silencio fue tan profundo que Julián dejó de respirar.
Cristian abrió de nuevo la publicación.
Miró el gemelo.
El reloj.
La manga.
Su manga.
Por primera vez en mucho tiempo, no tuvo cómo defenderse.
Adriana remató, indignada:
—Y aprende esto de una vez: quien reporta las compras es una madre que ama a su nuera, no un amante.
Ximena hundió la cara en las manos.
*Ay, viejo celoso. Qué vergüenza. Qué sabroso.*
Cristian cerró los ojos.
En la sala de juntas, Julián pasó la página de un informe al revés.
Nadie dijo nada.
Y Ximena, desde el salón de té, disfrutó en secreto de escucharlo, por fin, atrapado en un escándalo que él mismo había inventado.
gracias pero por favor no tardes en subir nuevamente
Muy bien,