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Me Enamoré del Hermano Equivocado

Me Enamoré del Hermano Equivocado

Status: Terminada
Genre:Romance / Pérdida de memoria / Amor platónico / Completas
Popularitas:10.9k
Nilai: 5
nombre de autor: maria

Valentina despierta sin recuerdos después de una caída. Lo único que tiene para entender su pasado es un diario lleno de pistas sobre el hombre que la cuidó desde niña.
Todos creen que ese hombre es Nico Montero, el chico que creció a su lado y que durante años pareció destinado a quedarse con ella. Pero Nico ya está cansado de cuidarla. Ahora ama a otra mujer y decide dejar a Valentina en manos de su hermano mayor, Sebastián.
Sebastián es serio, frío y demasiado protector. Valentina empieza a creer que las páginas de su diario hablan de él… y sin darse cuenta, se enamora del hombre equivocado.
O quizá del único correcto.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10

El primer beso

Sebastián llegó a La Hacienda con Valentina ardiendo de fiebre.

No esperó a que el chofer abriera la puerta. Bajó del auto, rodeó el frente y la levantó del asiento del copiloto con la toalla todavía sobre sus hombros.

Valentina abrió los ojos a medias.

—Puedo caminar.

—No.

—Mi pie...

—Lo sé.

Nana Carmen salió al escuchar el auto. Traía el delantal puesto y las manos húmedas, como si hubiera dejado algo a medio lavar.

—¿Qué pasó?

—Fiebre. Corte en el pie, no profundo. Necesito el termómetro, antipirético y agua tibia.

Nana Carmen no hizo preguntas. Subió delante de ellos.

En el cuarto, Sebastián dejó a Valentina sobre la cama y le quitó la toalla mojada. La camisa de él seguía pegada al cuerpo por el agua de mar, pero no se cambió. Revisó el vendaje del pie, lo reemplazó por una gasa limpia y tomó la temperatura.

Treinta y nueve.

Nana Carmen miró el número.

—Voy a llamar al médico.

—Ya le escribí.

Sebastián tenía el celular en la mano. En la pantalla estaba el mensaje enviado al médico de cabecera, con la temperatura, el corte y la hora exacta del último medicamento.

Valentina intentó sentarse.

—No hagan tanto escándalo.

Sebastián la sostuvo por el hombro y la recostó otra vez.

—Te callas y tomas esto.

Valentina parpadeó.

—Qué amable.

—Cuando baje la fiebre, me agradeces.

Ella aceptó la pastilla con agua. Nana Carmen preparó un paño húmedo y lo dejó en un recipiente junto a la cama.

—Yo puedo quedarme —dijo la nana.

Sebastián exprimió el paño y lo dobló.

—Descanse. Yo la vigilo.

—Usted también está mojado.

—Me cambio después.

Nana Carmen lo miró un segundo. Luego dejó una muda seca sobre una silla.

—Cinco minutos, señor Sebastián. La fiebre no se va a ofender si usted se pone ropa seca.

Valentina soltó una risa débil.

Sebastián la miró.

—No la alientes.

—Tiene razón —murmuró Valentina.

Él fue al baño de la habitación y volvió con una camiseta seca y pantalón de casa. El cabello seguía húmedo. Se sentó en la silla junto a la cama y puso el paño sobre la frente de Valentina.

Durante la primera hora, cambió el paño cada veinte minutos.

Valentina se dormía y despertaba de golpe. A veces pedía agua. A veces movía el pie y hacía una mueca. Sebastián revisaba el vendaje sin hablar de más.

A medianoche, el médico respondió que continuaran con líquidos, temperatura controlada y observación. Si subía de treinta y nueve y medio, irían al hospital.

—No quiero hospital —dijo Valentina, con los ojos cerrados.

Sebastián dejó el celular.

—No vamos a ir si no hace falta.

—Huele feo.

—Lo sé.

—Y la luz duele.

—También lo sé.

Ella movió la mano sobre la sábana hasta tocarle los dedos.

—No me dejes.

Sebastián se quedó quieto.

—Estoy aquí.

Valentina apretó apenas.

—No como en el parque.

Él bajó la mirada a sus manos.

—En el parque estaba enojado.

—Yo quería abrazarte a ti.

La fiebre hacía su voz lenta, pero no confusa.

Sebastián cerró los dedos alrededor de los de ella.

—Duerme.

—No me creíste.

—Sí te creí.

—Entonces, ¿por qué te fuiste?

Sebastián no contestó rápido.

—Porque vi algo que no quería ver.

Valentina abrió los ojos un poco.

—¿A Nico?

—A ti con Nico.

—Pensé que era Lucía.

—Lo sé.

—¿Entonces?

Sebastián retiró el paño de su frente, lo mojó de nuevo y lo puso con cuidado.

—No siempre reacciono bien cuando se trata de ti.

Valentina lo miró como si esa frase fuera más importante que la medicina.

—Eso suena a que te importo.

—Tienes fiebre.

—No tanta como para no entender.

Él quiso apartar la mano, pero ella no lo soltó.

A las dos de la madrugada, la temperatura bajó a treinta y siete ocho.

Sebastián anotó la hora en el celular. Valentina estaba despierta, menos roja, con el cabello pegado a la sien. La habitación tenía solo una lámpara encendida.

Él se inclinó para medirle la frente con el dorso de la mano.

Valentina levantó la suya y le tocó la cara.

Primero la ceja.

Después el pómulo.

Luego la línea de la mandíbula.

Sebastián no se movió.

—¿Estoy soñando? —preguntó ella.

—No.

—Entonces puedo preguntarte algo.

—Depende.

—¿Sigues enojado?

—No.

—¿Seguro?

—Seguro.

Valentina deslizó el pulgar por su mejilla. El gesto era lento porque aún estaba débil, no porque dudara.

—Entonces... ¿puedo hacer algo que siempre quise hacer?

Sebastián sostuvo su muñeca, no para apartarla, sino para impedir que la mano le temblara.

—Valentina.

—Solo si me dices que no.

Él miró su boca.

Lo vio y ella también lo vio.

Valentina se incorporó un poco. La herida del pie tiró y ella hizo una mueca. Sebastián se inclinó por reflejo para sostenerla.

Eso la dejó cerca.

Demasiado cerca para fingir que seguían hablando de fiebre.

Valentina tocó sus labios con los suyos.

Fue un beso pequeño. Apenas un contacto. Se apartó un centímetro y lo miró.

Sebastián tenía la mano en su espalda y la otra todavía alrededor de su muñeca.

—¿Sabes lo que estás haciendo? —preguntó.

—Sí.

—No quiero que mañana digas que fue la fiebre.

—No lo voy a decir.

—Ni que te confundiste por el diario.

Valentina se quedó callada un segundo.

—El diario me trajo hasta aquí —dijo—. Pero ahora te estoy mirando a ti.

Sebastián cerró los ojos un instante.

Cuando los abrió, la besó.

No fue el roce tímido de ella. Fue lento, firme, con una mano en la nuca y el pulgar bajo su barbilla para levantarle el rostro. Valentina se agarró a su camiseta. Él no avanzó más. No tocó donde no debía. Solo la besó hasta que ella dejó de temblar.

Cuando se separó, Sebastián apoyó la frente en la de ella.

—Esto no debió pasar.

Valentina respiraba rápido.

—Pero pasó.

—Tienes fiebre.

—Ya bajó.

Sebastián soltó una exhalación corta.

—Eres imposible.

—¿Eso es malo?

Él le acomodó la manta.

—Eso es peligroso.

Se apartó y volvió a sentarse en la silla.

Valentina lo miró, todavía con los dedos en el borde de su camiseta.

—¿Por qué te alejas?

—Porque necesitas dormir.

—Qué respuesta más aburrida.

—Es la correcta.

Ella cerró los ojos, pero no soltó su camiseta.

—Voy a recordarlo.

Sebastián la observó.

—Descansa.

—Siempre —murmuró ella.

Se quedó dormida con la mano sujetándolo.

El celular de Sebastián se encendió sobre la mesa.

Nico:

"Hermano, ¿cómo está Vale? ¿Sigue con fiebre?"

Sebastián miró la palabra "Vale".

Escribió:

"Ya está bien."

No agregó nada más.

Dejó el celular boca abajo y volvió a mirar a Valentina, que seguía dormida con sus dedos en la tela de su camiseta.

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Glen
Parecía bueno pero a mitad ya te parece q no va a ningún lugar y después con un final raro, no me gusto
Glen
Ocosadora la niña, con razón nico huyó 😂😂😂😂😂😂
Glen
Ocosadora la niña, con razón nico huyó 😂😂😂😂😂😂
Marisa Rodriguez de Cuello
es muy densa la trama y simple. también se pueden leer repeticiones del relato que confunden la lectura
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