Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.
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Capítulo 20
La ropa apareció en el dormitorio a las siete de la mañana.
No la trajo Nikolái.
Eso fue lo primero que Valentina notó.
Dos empleadas entraron después de tocar tres veces y esperar su respuesta. Dejaron tres cajas sobre la mesa, una funda de tela colgada en el respaldo de la silla y una taza de café que olía demasiado fuerte para ser amable.
—La señorita Katya dijo que usted elegía —murmuró una de ellas.
Usted.
Esa palabra se había vuelto extraña en esa casa. No porque no la usaran, sino porque casi siempre venía cargada de obediencia ajena. En boca de la empleada sonó como una orden aprendida: darle a Valentina algo parecido a espacio.
Valentina esperó a que se fueran.
Solo entonces se levantó.
Sus piernas seguían sin confiar del todo en el piso. Había días en que el cuerpo parecía suyo y otros en que era una casa ocupada por soldados. Caminó hasta la mesa, abrió la primera caja y encontró ropa interior nueva, sin encaje, sin transparencias, sin esa intención masculina de convertir cualquier tela en una invitación.
La segunda tenía jeans oscuros, suéter gris, calcetines gruesos.
La tercera, botas planas.
La funda guardaba un abrigo azul petróleo, largo y pesado, con bolsillos interiores.
Valentina metió la mano en uno de ellos.
Encontró un celular.
No era el suyo.
Tenía una nota pegada en la pantalla.
Sin acceso a internet libre. Sin redes. Con llamadas a tres números: Katya, Sokolov, emergencia. Sí, es una porquería. No, mi hermano no votó a favor.
K.
Valentina soltó una risa mínima.
Le dolió la boca al hacerlo, como si el rostro hubiera olvidado ese gesto.
Se vistió despacio.
Cada prenda fue una negociación con la piel. El suéter no tocaba como una mano. Los jeans no preguntaban nada. Las botas se cerraban con cierres simples que ella podía abrir sola.
Cuando se miró al espejo, no vio a la chica que había llegado a Rusia con una maleta y una beca.
Tampoco vio a la mujer quebrada del sótano.
Vio algo intermedio.
Una sobreviviente con ojeras y un abrigo prestado.
La puerta sonó.
Tres golpes.
—¿Quién? —preguntó.
—Katya.
Valentina abrió.
Katya la observó un segundo. No dijo que se veía mejor. No dijo que estaba bonita. No cometió la crueldad de convertirla en decoración.
—Bien —dijo—. Parece estudiante, no rehén de catálogo.
—Qué alivio.
Katya sonrió apenas.
—El sarcasmo volvió. Señal médica favorable.
Detrás de ella, en el pasillo, Nikolái esperaba.
Valentina lo vio y el cuerpo se le cerró.
No se desmayó.
Eso la asustó de otra manera.
Él no se movió. Llevaba abrigo negro, guantes, la mano izquierda vendada bajo el cuero. Los ojos se le quedaron en el celular nuevo que Valentina sostenía.
—Tiene tres números —dijo.
—Ya lo vi.
—No llame a Dani.
El nombre cayó como metal en el piso.
Valentina apretó el celular.
—¿También compró esa parte con dos mil quinientos millones?
Nikolái no contestó.
Katya se colocó entre los dos con la naturalidad de quien sabía que un pasillo también podía ser un campo minado.
—Reglas —dijo—. Uno: Nikolái no entra a la Academia.
—Sí entro —dijo él.
—Tres mil millones.
—Katya.
—Cuatro, si gruñes otra vez.
Sasha, apoyada contra la pared, miró hacia una lámpara con una concentración sospechosa.
Nikolái respiró por la nariz.
—Me quedaré fuera.
—Qué momento histórico —dijo Katya—. Dos: seguridad a distancia. Nadie dentro del taller salvo que haya una amenaza real.
—Maxim es una amenaza real.
Valentina miró a Katya.
—¿Quién es Maxim?
Nadie contestó lo bastante rápido.
Eso fue respuesta.
Nikolái dio un paso, pero se detuvo antes del límite invisible que el cuerpo de Valentina todavía marcaba.
—Un hombre que no debe acercarse a usted.
—Qué específico. Me siento informadísima.
Katya soltó aire por la nariz.
—Maxim Orlov. Mercenario. Coleccionista cuando le conviene. Traidor cuando le pagan mejor. Inteligente, guapo de una forma molesta y mucho más paciente que mi hermano.
Nikolái la miró con una frialdad que habría bastado para congelar agua.
—Cállate.
—Cinco mil millones.
Valentina no quiso, pero volvió a sentir esa risa rota subiendo por la garganta.
No salió.
Se quedó ahí, como una astilla tibia.
El traslado a la Academia Répin no pareció un traslado.
Pareció una operación militar.
Dos autos al frente. Uno atrás. Katya sentada a su lado en el asiento trasero. Sasha conduciendo. Nikolái en otro vehículo, porque Katya había dicho "fuera" y, por alguna razón incomprensible, el Pakhan había obedecido.
San Petersburgo pasaba detrás del vidrio blindado como una ciudad vista desde el fondo de un acuario.
Cúpulas húmedas.
Fachadas pálidas.
Puentes.
Gente que caminaba sin saber que la libertad podía caber en algo tan simple como cruzar una calle sin pedir permiso.
Valentina apoyó la frente contra el vidrio.
—Si intento correr, ¿me van a disparar?
Katya no suavizó la respuesta.
—No.
Valentina giró la cara.
—¿No?
—Mi hermano mataría al que apuntara. Después encerraría la ciudad completa para encontrarla. Peor método, mismo resultado.
Valentina cerró los ojos.
—Gracias por el consuelo.
—No soy consuelo. Soy logística.
La Academia apareció entre árboles desnudos y piedra antigua, con estudiantes entrando bajo abrigos gruesos, carpetas enormes y manchas de pintura en las manos.
Valentina dejó de respirar.
El mundo no se volvió bonito.
Se volvió posible.
Por un segundo.
Nada más.
Katya no la tocó.
—Tiene dos horas de taller. Si quiere salir antes, llama a mi número. Si ve a Maxim Orlov, no discuta, no negocie, no acepte nada de sus manos.
—¿Y si él me habla?
Katya abrió la puerta.
—Entonces recuerde que los hombres peligrosos rara vez parecen peligrosos cuando entran sonriendo.
Valentina bajó del auto.
El frío le mordió la cara.
Fue maravilloso.
No porque fuera agradable. Porque era de afuera.
Dentro del edificio, el olor a trementina, grafito y café viejo la golpeó con tanta fuerza que casi tuvo que apoyarse en la pared. La Academia no olía a Usad'ba. No olía a sábanas caras ni a miedo escondido bajo flores nuevas.
Olía a manos trabajando.
A errores.
A gente que podía mancharse sin pedir disculpas.
La profesora del taller la recibió con una carpeta y una mirada profesional que se detuvo un segundo de más en sus ojeras.
—Señorita Solís. Nos alegra tenerla por fin.
Por fin.
Como si su ausencia hubiera sido una demora administrativa y no una jaula.
Valentina tomó la carpeta.
—Gracias.
El taller estaba lleno de caballetes. Algunas conversaciones murieron cuando entró. Una chica rubia la miró con curiosidad. Un muchacho de cabello oscuro bajó los ojos al ver, por la ventana, a dos hombres de Nikolái colocarse al otro lado del patio.
Valentina fingió no notar nada.
Eligió el caballete más cercano a una salida.
La profesora dejó una pieza de yeso sobre una mesa: una mano rota, parte de un molde clásico, con dos dedos ausentes.
—Ejercicio de línea y sombra —dijo—. No busquen belleza. Busquen tensión.
Valentina miró la mano rota.
El lápiz le pesó.
Durante los primeros minutos no pudo trazar nada. La hoja blanca la miraba como una habitación cerrada. Demasiado espacio. Demasiado silencio. Demasiadas cosas que podían mancharse.
Luego pensó en la mano de Nikolái deteniéndose en el aire.
Pensó en la palma atravesada por el cuchillo.
Pensó en sus propios dedos apretando una caja de pastillas bajo la almohada.
La primera línea salió dura.
Fea.
Viva.
Después vino otra.
Y otra.
La mano de yeso dejó de ser un ejercicio. Se convirtió en una amenaza contenida. En una garra rota. En una cosa capaz de lastimar incluso cuando ya no estaba completa.
Valentina no dibujó belleza.
Dibujó el segundo antes del golpe.
Cuando levantó la vista, varios estudiantes miraban su hoja.
La profesora también.
—Tiene rabia en la línea —dijo.
Valentina esperó una crítica.
La profesora asintió.
—Úsela. Pero no deje que le robe la precisión.
Algo en el pecho de Valentina se abrió apenas.
No era esperanza.
Era hambre.
Hambre de volver a ser algo más que daño.
Una sombra cayó sobre el papel.
—Interesante —dijo una voz masculina en español.
Valentina levantó la cabeza.
El hombre que estaba frente a su caballete no parecía un sicario. Tenía cabello castaño claro, abrigo gris, guantes en una mano y una sonrisa tranquila, de esas que no pedían permiso porque estaban acostumbradas a obtenerlo.
La profesora se tensó.
Los estudiantes dejaron de fingir.
Desde el patio, uno de los guardias de Nikolái tocó su auricular.
Valentina lo supo antes de que él dijera su nombre.
—Maxim Orlov —se presentó, inclinando apenas la cabeza—. Bienvenida a Répin, señorita Solís.
Valentina no tomó la mano que él no llegó a ofrecer.
—No acepto cosas de desconocidos.
Maxim sonrió un poco más.
—Excelente. Sobrevivirá más que la mayoría.
El lápiz crujió entre los dedos de Valentina.
—¿Qué quiere?
Maxim miró el dibujo: la mano rota, la sombra antes del golpe, la rabia medida con precisión.
—Ver si era cierto.
—¿Qué cosa?
Sus ojos volvieron a ella.
—Que Nikolái Vólkov por fin encontró algo que no puede romper sin cortarse él mismo.