Estela y José se conocen desde la infancia, marcados por una diferencia de edad que parecía un abismo y una eterna relación de perro y gato. Detrás de cada burla y de cada cita saboteada, se escondía un amor tan profundo como doloroso. Al crecer, el orgullo, las malas decisiones y terceras personas los distanciaron, empujando a José a forjar una falsa reputación de hombre frío y mujeriego para proteger su dignidad herida.
Años después, convertidos en dos exitosos profesionales, el destino los obliga a unirse de nuevo. Laura, hermana de José y mejor amiga de Estela, se convierte en el lazo inquebrantable que derriba sus muros. Un inesperado viaje de negocios a la costa y la estrechez de un apartamento compartido encenderán la mecha de una pasión contenida durante una década. ¿Podrán sanar los fantasmas del pasado y admitir que sus corazones siempre se pertenecieron, o el orgullo familiar ganará la última batalla?
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULOS 17. PARCHES DE ARENA Y ECOS EN EL PUEBLO
Parte 1: La perspectiva de José
El murmullo de la cafetería del centro financiero me resultaba molesto, pero era el lugar idóneo para una reunión rápida de trabajo. Laura se sentó frente a mí, dejó su bolso sobre la mesa con un suspiro de cansancio y me miró fijamente. Llevaba años ejerciendo de encargada general en el supermercado de la capital, asumiendo una carga de trabajo desmedida que le restaba horas de sueño, pero mantenía esa perspicacia afilada que siempre la había caracterizado.
—Estela ha roto con Sergio, José —soltó de golpe, sin anestesia, mientras el camarero nos dejaba los cafés.
Sentí un vuelco violento en el estómago, un golpe seco que me cortó la respiración por una milésima de segundo. La taza de café me tembló ligeramente entre los dedos antes de que lograra recuperar mi habitual máscara de frialdad y suficiencia corporativa.
—Vaya. Parece que el abogado perfecto no era tan perfecto —respondí, cruzándome de brazos y forzando una media sonrisa indiferente—. Las relaciones de la capital suelen ser muy efímeras.
Laura me clavó una mirada cargada de una decepción tan profunda que me escoció en el alma.
—¿Eso es todo lo que vas a decir, José? —me recriminó con la voz baja pero firme—. Estela lo ha pasado fatal. Sergio la engañó de la peor manera y tú te limitas a soltar un comentario cínico. Sé perfectamente que te mueres por llamarla, pero prefieres quedarte ahí atrapado, coleccionando citas de fin de semana con mujeres que no te importan nada solo para mantener esa ridícula fama de mujeriego picaflor en el pueblo. Tu orgullo te va a dejar completamente solo.
Se levantó de la mesa sin tocar el café, cansada de mis silencios defensivos, y se marchó a paso rápido hacia su puesto de encargada. Me quedé solo, apretando los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula. Tenía el teléfono móvil en la mano, los dedos me quemaban por marcar su número, por romper el aislamiento de estos últimos años y decirle que estaba allí, que siempre había estado allí. Pero me detuve. Mi reputación de hombre de mundo y mi armadura de CEO de éxito me retuvieron en la silla. ¿Con qué derecho iba a llamarla ahora? ¿Para ser el segundo plato tras el fracaso de su relación perfecta? El orgullo, ese maldito defecto familiar que nos había distanciado desde la adolescencia, volvió a ganar la partida, hundiéndome en una soledad cada vez más profunda y real.
Parte 2: La perspectiva de Estela
El restaurante de comida italiana estaba decorado con un gusto exquisito, iluminado por velas tenues que pretendían forzar un romanticismo que yo, por más que lo intentaba, no lograba sentir en ninguna parte del cuerpo. Frente a mí estaba Alejandro, un analista financiero que había conocido a través de unos compañeros del bufete hacía un par de meses. Era un hombre educado, atento, impecablemente vestido y con un futuro brillante en la capital. Se suponía que salir con él era el paso lógico para reconstruir mi vida amorosa tras el doloroso engaño de Sergio.
—Estela, estás muy distraída esta noche. ¿Te pasa algo con los informes de la firma de abogados? —me preguntó Alejandro, tocándome la mano de forma afectuosa sobre el mantel.
—No, no es nada, Alejandro. Solo un poco de cansancio acumulado de la semana —mentí, forzando una sonrisa tibia mientras retiraba sutilmente mis dedos.
Me sentía la persona más miserable de la tierra. Alejandro hacía todo lo correcto: me llamaba a las horas adecuadas, me escuchaba hablar de mis frustraciones como asesora junior y me trataba con un respeto impecable. Sin embargo, no funcionaba. No sentía el remolino en el estómago, ni la electricidad en la piel, ni esa necesidad salvaje de desafiarle con la mirada que solo un hombre lograba provocar en mí. Poner un parche sobre una herida tan honda no servía para nada. José seguía grabado a fuego en mis recuerdos más profundos, un fantasma que arruinaba cada intento de romance y que hacía que cualquier otra pareja me pareciera insípida y vacía.
La relación con Alejandro duró apenas tres semanas más antes de que decidiera cortarla de forma definitiva en un banco del parque. No era justo para él, ni sano para mí. Al regresar al piso compartido esa noche, encontré a Laura en la cocina, rodeada de carpetas de inventario del supermercado donde era encargada, con el rostro desencajado por el agotamiento y la presión abusiva de sus jefes.
—He dejado a Alejandro, Lau —le dije, sentándome a su lado y apoyando la cabeza en su hombro—. No puedo seguir fingiendo. Nadie logra borrar el pasado.
Laura me rodeó con el brazo, suspirando con una fatiga que ya no era solo física, sino del alma.
—Lo sé, Estela. Todos estamos intentando ponernos máscaras que nos quedan grandes —susurró mi amiga, mirando las hojas de cuentas sobre la mesa—. Estoy harta de este supermercado, harta de deslomarme para que otros se hagan ricos mientras nosotras nos marchitamos en esta ciudad. Tenemos que cambiar de rumbo, amiga. Esto no es vida para ninguna de las dos.
Nos quedamos abrazadas en el silencio de la cocina, compartiendo el peso de nuestros respectivos fracasos. Yo me quedaba de nuevo sin pareja, vacía por dentro, y Laura estaba al límite de sus fuerzas en un empleo precario. Estábamos solas en mitad de la tormenta de la gran ciudad, pero en ese instante, el dolor de mi soltería y el hartazgo laboral de Laura empezaron a unirse en una dirección completamente nueva, un germen de rebeldía que muy pronto lo cambiaría todo para siempre.