“Cuando el pasado guarda sus secretos, dos destinos chocan entre el odio, el poder y una promesa que cambiará todo.”
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CAPÍTULO 16
⚠️ PARA MAYORES DE 18 AÑOS ⚠️
Si no estás preparado/a para leer contenido con escenas explícitas, violencia, consumo de sustancias y temas muy fuertes, no continúes.
—Isabella
Estábamos allí mismo, en medio del centro comercial, rodeados de gente, luces y ruido, cuando lo vi llegar.
Javier se acercó como si nada, con esa calma que cada vez me parecía más falsa, y al instante supe:
Esto me costará caro otra vez.
Sé lo que viene, sé que volverá a doler con una fuerza que no podré soportar.
Antes de que pudiera decir una sola palabra más, o de que Adrián estallara, mis papás aparecieron entre la gente.
Se acercaron sonriendo, preguntando por los preparativos, y la furia de él se quedó atrapada, obligada a callar por un momento.
Me salvó su presencia…
pero sabía que solo era un respiro falso.
Adrián saludó con calma, pero en cuanto mis padres se alejaron unos pasos, me clavó los dedos en el brazo con tanta fuerza que casi me hace gritar.
—Vamos a dejar a mi hija con Amalia y Matías —susurró helado—.
Les diremos que iremos a comer.
Y nos vamos.
—¿A dónde? —alcancé a temblar.
Él me apretó más, acercando su cara a la mía:
—No preguntes.
Solo ven.
Y no te atrevas a decir nada.
Llegamos donde ellos esperaban.
Le entregó la mano de la niña como si fuera lo más normal del mundo, y mintió con una tranquilidad que me heló la sangre:
—Hoy no volveremos a casa temprano.
Vamos a comer algo y después nos vamos a bailar un rato.
No nos esperen, que será toda la noche.
Cuídenla bien.
Amalia y Matías asintieron sin sospechar nada, sonriendo.
Nadie sabía que todo era mentira. Que no había cena, ni baile, ni regreso pronto.
Me arrastró hasta el auto y arrancó a toda velocidad.
No dijo una palabra más hasta que llegamos al hotel.
En cuanto la puerta de la habitación se cerró tras nosotros, se transformó por completo.
Sacó botellas y pastillas, empezó a beber y consumir con una furia ciega, perdiendo cualquier rastro de control.
Y entonces se volvió hacia mí, con los ojos perdidos y llenos de odio.
—Ahora sí —rugió—.
Ahora te toca pagar por cada palabra que le dijiste.
Por cada segundo que te atreviste a mirarlo.
Me tomó con una brutalidad salvaje, sin suavidad, sin piedad.
Entró en mí con una violencia que me partió en dos, una y otra vez, sin detenerse, haciéndome gritar del dolor hasta quedarme sin voz.
Mientras más suplicaba, mientras más lloraba, más fuerte se volvía, más rápido se movía, alimentado por el alcohol y las drogas, y por esa sed de venganza que no tenía fin.
No hubo tregua, no hubo descanso:
fue una noche entera de tortura, donde él se perdía en su odio y yo me perdía en mi propio sufrimiento, sabiendo que nadie vendría, nadie sabría, y que para él mi dolor era solo el precio de mi error.
Cuando por fin se detuvo, estaba destruida, hecha pedazos, y él seguía consumiendo, mirándome con esa frialdad que me decía que aún no había terminado.