Pamela, orgullosa y arrogante, humilla en público al señor Fitwilliam, un supuesto “hombre viejo” que resulta ser un multimillonario frío, poderoso y mucho más peligroso de lo que aparenta.
Como castigo, su padre la obliga a casarse con él.
Ahora vive atrapada en un matrimonio forzado con el hombre al que despreciaba… y al que desafía a cada instante. Pero Fitwilliam no es de los que pierden el control. Ni de los que olvidan.
Entre orgullo y poder, solo una cosa es segura: uno de los dos terminará cayendo primero.
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capitulo 17: Jefe reglatico
Después de presentarla, Maximiliano llamó a una de las empleadas.
—Karla, ven un momento.
la joven se acercó de inmediato.
Karla era una de las trabajadoras más eficientes de la empresa. Ocupaba un cargo importante dentro del departamento de marketing y publicidad y llevaba varios años trabajando en Santorini Group, por lo que conocía perfectamente el funcionamiento del área.
Su aspecto era sencillo y poco llamativo. Usaba lentes, vestía de manera muy formal y discreta, y casi siempre llevaba ropa holgada que no llamaba la atención. A diferencia de Pamela, parecía una persona más concentrada en su trabajo que en su apariencia.
—Quiero que le muestres la empresa y le expliques las funciones que deberá cumplir a partir de ahora —ordenó Maximiliano.
—Por supuesto, señor Santorini —respondió Karla de inmediato.
Maximiliano dirigió una última mirada a Pamela.
—Escucha con atención.
Sin añadir nada más, continuó su camino hacia su oficina.
Karla se acomodó los lentes y volvió la vista hacia Pamela.
—Bueno... supongo que comenzaremos por el departamento de marketing y publicidad.
Karla comenzó a guiar a Pamela por las distintas áreas de la empresa mientras le explicaba cómo funcionaba el departamento.
—El área de marketing y publicidad se encarga de desarrollar campañas para los productos de la compañía, analizar el mercado, estudiar a la competencia y crear estrategias para aumentar las ventas —explicó mientras caminaban.
Pamela escuchaba en silencio, intentando procesar toda la información.
Minutos después llegaron a una oficina donde varios empleados trabajaban frente a sus computadoras.
—Precisamente estamos trabajando en el lanzamiento de un nuevo producto —continuó Karla—. Y uno de los proyectos más importantes de este trimestre será la campaña publicitaria.
Pamela arqueó una ceja.
—¿Y qué tengo que hacer yo?
—Participar en el desarrollo de la estrategia.
Karla le entregó una carpeta.
—Tendrás que analizar el público al que va dirigido el producto, proponer ideas para promocionarlo, colaborar en el diseño de la campaña y preparar avances para las reuniones de seguimiento.
Pamela abrió la carpeta y observó los documentos.
—Suena a mucho trabajo.
—Lo es.
Karla acomodó sus lentes.
—Además, cada cierto tiempo deberás presentar tus propuestas y avances ante la junta directiva y ante el señor Santorini.
Pamela levantó la vista de inmediato.
—¿Ante Maximiliano también?
—Sí.
—Qué maravilla —murmuró con ironía.
Karla fingió no escucharla.
—Las campañas no se aprueban hasta que la dirección las revise. Por eso tendrás que justificar cada idea, cada estrategia y cada decisión que tomes.
Mientras tanto, en la mansión, la llegada de la mujer no pasó desapercibida.
Lila, la empleada más antigua de la casa, fue la primera en reconocerla.
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
—¿La señora Mercedes? —murmuró.
Varios empleados voltearon de inmediato.
En cuestión de segundos, los murmullos comenzaron a extenderse por la sala.
Nadie esperaba aquella visita.
Después de todo, hacía bastante tiempo que la señora Mercedes no aparecía por la mansión.
La noticia se propagó rápidamente entre los trabajadores.
Teresa, que escuchó el revuelo desde otra parte de la casa, bajó las escaleras con evidente fastidio.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó con molestia—. ¿Por qué tanto escándalo?
Sin embargo, al llegar al último escalón y ver quién se encontraba en la sala, su expresión cambió por completo.
Frente a ella estaba la señora Mercedes
Mercedes dirigió la mirada hacia Teresa y esbozó una leve sonrisa.
—Teresa, qué gusto verte. Veo que sigues tan involucrada en los asuntos de esta casa como siempre.
Teresa se quedó inmóvil por un instante. Claramente no esperaba encontrarse con Mercedes allí.
—Señora Mercedes... qué sorpresa. Debo admitir que no esperaba verla en esta casa. Han pasado muchos años desde su última visita —dijo mientras bajaba las escaleras.
Cuando bajó, se encontró con la mirada de Mercedes fija en ella.
Desde que la conocía, Teresa había percibido a Mercedes como una mujer demasiado estricta, difícil de complacer y con una forma de observar a las personas que la hacía sentir constantemente juzgada.
A veces tenía la impresión de que Mercedes la analizaba en silencio, como si pudiera ver más de lo que decía y como si nada escapara a su atención.
Por su parte, Mercedes tampoco había tenido nunca una buena opinión de Teresa. Siempre la había considerado una mujer excesivamente controladora, demasiado interesada en los asuntos de la familia Santorini y con una necesidad constante de intervenir en todo lo que ocurría dentro de la mansión.
Aquellas diferencias habían sido suficientes para que nunca lograran llevarse bien.
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Después de varias horas revisando información y escuchando las explicaciones de Karla, Pamela decidió preparar una propuesta para la campaña publicitaria.
Convencida de que había hecho un excelente trabajo, tomó los documentos y se puso de pie.
—¿Dónde está la oficina de Maximiliano? —le preguntó a Karla.
Karla le indicó el camino.
Sin perder tiempo, Pamela se dirigió hacia allí.
Al llegar, abrió la puerta sin tocar.
Dentro, Maximiliano estaba concentrado revisando unos documentos detrás de su escritorio.
El sonido de la puerta hizo que levantara la vista lentamente por encima de las gafas que llevaba puestas.
Su mirada se dirigió primero hacia las piernas descubiertas de Pamela, consecuencia de la ropa que había decidido usar aquella mañana.
Luego ascendió lentamente hasta encontrarse con su rostro.
En cuanto reconoció quién era, su expresión se endureció.
Ya no sabía qué le molestaba más: que hubiera entrado sin tocar o que siguiera ignorando todo lo que le había dicho sobre vestir de forma profesional.
Pamela, por su parte, avanzó hasta el escritorio sosteniendo una carpeta con una sonrisa satisfecha. Sabía perfectamente que no pasaba desapercibida y, en el fondo, también sabía que cada una de sus acciones lograba incomodarlo, aunque esa fuera justamente su intención. Le gustaba provocarlo, sacarlo de sus casillas y recordarle que no iba a ser una esposa ni una empleada fácil de controlar.
—Pamela, ¿qué haces en mi oficina? ¿Por qué no tocaste antes de entrar? ¿Qué quieres? —preguntó Maximiliano con el ceño fruncido, claramente molesto.
Pamela avanzó sin dudar y dejó la carpeta sobre el escritorio con un golpe seco.
En ese movimiento, su figura se marcó ligeramente desde la cintura, mientras se inclinaba apenas hacia adelante para apoyar mejor la carpeta.
Luego levantó la mirada y lo observó directamente, sin apartar los ojos de él.
—Jefe, como usted ordenó, ya me explicaron lo que debía hacer y ya lo hice. Tengo la dulce certeza de que lo que hice está perfecto… aunque mi voz interna ya está preparando el discurso de defensa por si usted decide atacarlo — Dijo Pamela irónicamente con una postura firme y desafiante, mientras su atuendo ceñido acentuaba su silueta de forma evidente.