Mateo, Elena, Sophia y Liam han heredado el éxito de sus padres y hoy dominan la ciencia, la alta cocina y la moda internacional. Pero el verdadero engranaje del destino estalla cuando los hilos de la infancia se cruzan de forma pasional: los mellizos de ambas familias se enamoran de manera cruzada. Una historia de ambición moderna, lealtad inquebrantable y erotismo explícito donde el amor real se multiplica en la sintonía perfecta de una nueva generación.
Orden de las novelas
- Fuegos Artificiales Invisibles
- frecuencia cruzada: El Legado Del Estéreo
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El Peso Del Santuario Vacío
El apartamento de estilo industrial en el centro de Madrid nos recibió con ese aroma característico a madera de haya limpia, plantas verdes y la fragancia de vainilla que mi madre, Yadira, siempre dejaba en los difusores antes de nuestra llegada. Las gemelas, Mia y Zoe, corrían por la inmensa sala de estar de techos altos, sus risas limpias de cuatro años rebotando en las paredes de ladrillo visto donde los cuadros abstractos de mi estudio aportaban una geometría de color vibrante. Gonzalo y Yadira las habían traído desde la casa de campo, y ver a mi padre arrodillarse para recibir el abrazo en estéreo de sus nietas fue un cuadro hermoso que me devolvió el eje tras las horas de vuelo.
Mia y Zoé
Sin embargo, la atmósfera se volvió densa cuando Jester y Caliope cruzaron el umbral acompañando a Sophia y Mateo. Caliope, a sus cincuenta y siete años, mantenía esa prestancia rígida de la directora general de salud, pero al mirar a su hija Sophia, una sombra de profunda preocupación médica nubló sus ojos oscuros. Jester abrazó a Liam con esa fuerza rústica de cocinero que compartían, pero su mirada se desvió de inmediato hacia los bolsos de maternidad vacíos que Mateo acomodaba en el pasillo con una lentitud que delataba el cansancio de su alma.
—Las niñas están hermosas, Elena —susurró Sophia, acercándose a mí para darle un beso suave en la mejilla a Mia, quien sostenía un bloque de construcción de cobre que su abuelo le había fabricado en el taller. La voz de mi cuñada era limpia, profesional, carente de cualquier matiz de envidia, lo que hacía que su dolor fuera aún más devastador—. Tienen la saturación de color y la estructura ósea perfecta de tu herencia de pasarela. Van a dominar la agencia en unos años.
—Tienen tu mirada decidida, Sophia —respondí, tomándole las manos con una firmeza que intentaba transmitirle toda la lealtad de nuestra amistad de toda una vida—. Son tus sobrinas. Tu sangre también corre por sus venas.
Sophia asintió con una fijeza que no dejaba espacio a las lágrimas, se despidió con un gesto rápido y se retiró hacia la habitación de huéspedes junto a Mateo. Sabía que en ese cuarto silencioso, la física de su matrimonio se enfrentaba al peor de los escenarios: el silencio de una cuna que seguía sin recibir el brote de su amor real.
Me trasladé a la cocina con Liam, donde mi esposo comenzó a preparar un caldo concentrado de aves y especias orientales que había traído de Bangkok, buscando en los sabores un refugio para el peso que agobiaba a su familia. Su imponente estatura de un metro ochenta y cinco se movía entre los fuegos con una tenacidad indomable, pero sus gestos eran cortos, secos.
—No es justo, Elena —murmuró Liam, apoyando sus manos grandes sobre el mesón de acero inoxidable, con la respiración agitada por la impotencia—. Tres veces. La doctora ginecóloga de la sucursal de Buenos Aires dice que no hay una causa anatómica clara. Los análisis de sangre de Sophia están perfectos, la compatibilidad genética con Mateo es del cien por ciento, pero el óvulo no logra consolidar la fijación en las paredes del útero pasadas la semana diez. Es como si su propio cuerpo entrara en un rechazo inmunológico contra la vida que tanto desea crear.
—Mateo está destruido, Liam —añadí, pegando mi cuerpo de uno con con setenta y cuatro a su espalda ancha, rodeando su cintura con mis brazos para transmitirle el calor de nuestro propio nido—. Intenta aplicar las leyes de la física cuántica a la biología de Sophia, buscando un error de cálculo en las variables que no existe. El amor de ellos es fuerte, es carnal, es recíproco... pero la naturaleza no atiende a razones matemáticas cuando decide cerrar un canal.
Observar el comedor principal desde la cocina, ver a Gonzalo y Jester conversar en voz baja sobre los nuevos intercomunicadores inteligentes para las clínicas mientras Yadira y Caliope supervisaban el juego de las gemelas, me hizo entender que la madurez de nuestros treinta años nos exigía un blindaje emocional diferente. Ya no éramos los jóvenes que celebraban estrellas Michelin o desfiles sostenibles en París; éramos los guardianes de un legado familiar que debía aprender a sostenerse en medio de la pérdida, confirmando que la lealtad inquebrantable de nuestro grupo de cuatro era la única sintonía real capaz de mantener el santuario a salvo en medio de la tormenta biológica que nos tocaba enfrentar.
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