Aethelgard Draconis (El Patriarca): Un vampiro de presencia imponente y fría elegancia, con siglos de existencia a sus espaldas. Su mente es una fortaleza inquebrantable.
Nyxandra Draconis (La Matriarca): De una belleza etérea y calculadora. Es la estratega del clan, capaz de leer las intenciones más ocultas antes de que sean pronunciadas.
Kaelen Draconis: El hermano mayor. Protector, de pocas palabras y con un aire de misterio melancólico que oculta una ferocidad implacable.
Vespera Draconis: La hermana menor. Ágil, perspicaz y con una fascinación peligrosa por el mundo efímero de los humanos.
Onyx Draconis (El Protagonista): El miembro más introspectivo de la familia. Vive con el peso de una eternidad que apenas comienza a comprender hasta que un giro del destino cruza su camino.
orden
- Ecos De Cenizas y Ónix
- El Eclipse Del Tiempo: Crónicas Del Valle Eterno
- El Eclipse Del Tiempo: El Despertar Del Abierto Horizonte
- Eclipse Del Tiempo: El Umbral Del Amanecer
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Convergencia Oculta
La imponente mansión Draconis se encontraba completamente envuelta en un silencio sepulcral, un manto de quietud absoluta cuando la medianoche cubrió por completo el adormecido pueblo de Oakhaven. En la biblioteca principal, situada en el ala oeste de la residencia, el ambiente era denso y solemne. El espacio estaba tenuemente iluminado únicamente por las danzantes y caprichosas llamas de una chimenea encendida que, fiel a la naturaleza de sus ocupantes, no aportaba absolutamente nada de calor real a la estancia, sirviendo tan solo como un elemento estético y melancólico. Aethelgard Draconis, el patriarca del clan, examinaba con paciencia milenaria antiguos tomos encuadernados en cuero desgastado por el paso de los siglos, cuyas páginas contenían registros de civilizaciones olvidadas y pactos ancestrales. A su lado, Nyxandra repasaba con la mirada afilada los informes locales recopilados sobre los movimientos recientes de los clanes nómadas en la región norte del continente, buscando cualquier señal de inestabilidad que pudiera poner en riesgo su anonimato.
—La presencia de Onyx en el instituto local está generando demasiadas variables imprevistas y peligrosas —comentó Nyxandra sin apartar los ojos de los pergaminos antiguos, su voz resonando con una elegancia fría que cortaba el aire—. Su concentración se ha visto drásticamente afectada desde el primer instante en que cruzó el umbral de esa institución educativa. Llevamos décadas perfeccionando el arte de pasar desapercibidos, y no podemos permitir que un desliz emocional ponga en peligro a toda la familia.
—Los ciclos de adaptación siempre conllevan fricciones y desafíos inesperados con el entorno —respondió Aethelgard con voz pausada y profunda, cerrando el pesado libro con un golpe seco que resonó con eco en la alta estancia—. Permitámosle gestionar su propio equilibrio interno por el momento. Si el lazo con esa muchacha humana resulta ser finalmente un obstáculo insalvable para nuestra seguridad, intervendremos y tomaremos las medidas necesarias para reubicarnos en otra latitud antes de que finalice el presente mes.
Mientras tanto, en el piso superior de la mansión, Onyx ignoraba por completo las deliberaciones estratégicas que sus creadores mantenían en la planta baja. Estaba de pie, completamente inmóvil, frente al enorme ventanal de su habitación, observando cómo la neblina espesa y blanquecina se arrastraba con lentitud por el suelo del oscuro bosque de abetos. Su mente no lograba desprenderse de la imagen de Lyra. Cada detalle de su breve y fortuito encuentro en el instituto se reproducía en su memoria con una claridad desconcertante y dolorosa: el tono exacto de su voz al hablar, el parpadeo dubitativo de sus pestañas, y por sobre todas las cosas, la fragilidad magnética de su pulso, que había podido percibir a través del espacio como una melodía imposible de ignorar.
Un leve crujido en la madera del pasillo precedió la repentina aparición de Vespera, quien se deslizó hacia su habitación sin hacer el menor ruido, desafiando las leyes de la física con su gracia innata. Se recostó con total tranquilidad contra el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre su pecho con una sonrisa irónica y calculadora jugando en sus labios perfectos.
—Papá y mamá están discutiendo largamente sobre ti en la planta baja en este preciso momento —dijo Vespera en un tono divertido, aunque con una ligera nota de advertencia en el fondo—. Temen profundamente que tu repentina y extraña debilidad humanitaria termine arruinando siglos de meticulosa discreción. ¿De verdad estás dispuesto a arriesgarlo todo, nuestra paz, nuestra seguridad y nuestra existencia oculta, por una simple estudiante de secundaria que apenas recordará este año dentro de un par de décadas?
—No es ninguna debilidad, Vespera —respondió Onyx sin volverse hacia ella, manteniendo la mirada fija en la profunda oscuridad exterior donde los árboles se difuminaban—. Es una anomalía fascinante que necesito comprender en su totalidad. Y hasta que logre descifrar qué significa exactamente, ninguna advertencia ni amenaza me hará retroceder un solo paso.
Vespera soltó una risa suave, un sonido cristalino pero desprovisto de auténtica alegría, antes de desaparecer por el pasillo tan silenciosamente como había llegado, dejándolo de nuevo a solas con sus pensamientos tormentosos.
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