Alma Rivera jamás imaginó que una beca cambiaría su vida. Al ingresar a la prestigiosa Academia Blackwood, descubre que algunos estudiantes desaparecen sin dejar rastro... y que nadie se atreve a mencionarlos. Junto a Adrián Lancaster, el alumno más brillante y distante de la escuela, comenzará una investigación que desenterrará secretos ocultos durante años. Pero en Blackwood, conocer la verdad tiene un precio, y alguien está dispuesto a matar para mantenerla enterrada.
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Años atrás…..
...Cinco años antes…...
La Academia Blackwood estaba de fiesta.
Los jardines se encontraban decorados con luces blancas y las fuentes permanecían encendidas a pesar de que ya había caído la noche.
Era la ceremonia anual en la que se reconocía a los mejores estudiantes.
Entre los aplausos apareció una joven de diecisiete años.
Cabello castaño oscuro.
Una sonrisa brillante.
Y el uniforme perfectamente acomodado.
—Felicitaciones, Isabella Lancaster.
El director Holloway le entregó una medalla dorada.
—Una vez más, has demostrado ser un orgullo para esta institución.
Los aplausos llenaron el auditorio.
En la primera fila, un niño de apenas catorce años sonreía con orgullo.
Adrián.
No apartaba la vista de su hermana.
Para él, Isabella podía hacerlo todo.
Sacaba las mejores notas.
Ganaba competencias académicas.
Sabía tocar el piano.
Y, aun así, siempre encontraba tiempo para ayudarlo con la tarea o enseñarle ajedrez.
Cuando terminó la ceremonia, Adrián corrió hacia ella.
—¡Isa!
Ella soltó una risa y revolvió su cabello.
—¿Qué te pareció?
—Sabía que ibas a ganar.
—Eso no significa que no estuviera nerviosa.
—Mientes.
Nunca te pones nerviosa.
Isabella sonrió.
—Claro que sí.
Solo aprendí a que no se note.
Adrián observó la medalla.
—Algún día yo también estaré en el cuadro de honor.
Ella se agachó hasta quedar a su altura.
—No porque quieras parecerte a mí.
Hazlo porque quieres superarme.
Él rió.
—Eso será difícil.
—Nada es imposible.
Horas más tarde…
La celebración había terminado.
Los estudiantes regresaban a la residencia entre risas.
Isabella caminaba sola por uno de los corredores cuando una voz la llamó.
—Señorita Lancaster.
Ella giró.
Era el director Holloway.
—¿Sí, director?
—Necesito hablar contigo.
La expresión amable del hombre había desaparecido.
—¿Ocurrió algo?
—Acompáñame.
Isabella dudó unos segundos.
Pero finalmente asintió.
Los dos comenzaron a caminar por los pasillos.
No iban hacia las oficinas.
Tampoco hacia la residencia.
Se dirigían al Ala Oeste.
La joven miró la enorme puerta de hierro.
Nunca había estado allí.
—Creí que esta zona estaba cerrada.
—Lo está.
Respondió Holloway mientras sacaba una vieja llave del bolsillo.
El mecanismo hizo un fuerte clic.
La puerta se abrió lentamente.
Un pasillo oscuro apareció frente a ellos.
—Entre.
Isabella respiró hondo.
No sabía por qué…
Pero sintió miedo por primera vez desde que había llegado a Blackwood.
Antes de cruzar el umbral, volvió la vista hacia el pasillo principal.
A lo lejos, una pequeña figura acababa de doblar la esquina.
Era Adrián.
Había salido a buscarla porque quería mostrarle un problema de matemáticas que no conseguía resolver.
—¿Isa?
Ella alcanzó a sonreírle.
Levantó la mano para saludarlo.
Después entró junto al director.
La puerta se cerró lentamente.
Adrián llegó corriendo apenas unos segundos después.
—¿Isa?
Miró a ambos lados.
El pasillo estaba completamente vacío.
Frunció el ceño.
—Qué raro…
Pensó que quizá ya había regresado a la residencia.
No volvió a verla esa noche.
Ni al día siguiente.
Ni nunca más.
Cinco días después…
Toda la academia permanecía en silencio.
Los alumnos caminaban cabizbajos.
Algunos profesores evitaban cruzar miradas entre ellos.
En el despacho del director, Adrián permanecía sentado frente al escritorio.
Sus manos temblaban.
—¿Dónde está mi hermana?
Holloway juntó las manos.
—Lamento informarte que Isabella decidió abandonar la academia.
Adrián abrió los ojos con incredulidad.
—Eso es mentira.
—…
—¡Ella nunca se iría sin despedirse de mí!
El director mantuvo el mismo tono sereno.
—Fue una decisión personal.
—¡No!
Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas del muchacho.
—¡Ella me prometió que nunca me dejaría solo!
Holloway no respondió.
Solo deslizó un sobre blanco sobre el escritorio.
Dentro había una carta.
Supuestamente escrita por Isabella.
Adrián reconoció la letra…
Pero algo no encajaba.
Leyó una y otra vez la última frase.
“No me busques.”
Apretó la hoja con tanta fuerza que terminó arrugándola.
En ese mismo instante hizo una promesa que cambiaría su vida para siempre.
—Voy a descubrir qué hicieron contigo.
Aunque tenga que pasar el resto de mi vida buscándote.
Y desde aquel día, Adrián Lancaster dejó de ser un niño alegre para convertirse en el estudiante más brillante… y más solitario de toda la Academia Blackwood.