Valeria, una mujer fuerte, exitosa e independiente, decide abandonar al hombre que ama cuando este le falta al respeto. Mientras él comprende demasiado tarde su error, ella reconstruye su vida, encuentra un amor basado en la admiración mutua y demuestra que la dignidad siempre debe estar por encima del amor.
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EL ARTE DE VOLVER A MÍ
Tres años más tarde, la vida sorprendió a Valeria y Gabriel con el regalo más hermoso que jamás habían recibido.
Después de tantos desafíos, de tantas batallas libradas y de tantos sueños construidos juntos, el destino decidió recompensarlos con la llegada de una niña.
La mañana en que nació, el cielo parecía más claro que de costumbre. Los primeros rayos del sol atravesaban la ventana de la habitación del hospital, iluminando el pequeño rostro de aquella bebé que dormía tranquilamente sobre el pecho de su madre.
Tenía unos grandes ojos color miel que parecían observar el mundo con una curiosidad infinita, unas delicadas mejillas sonrosadas y un fino cabello rubio dorado que, con el paso de los meses, adquiriría el mismo brillo del amanecer.
Cuando Gabriel la tomó entre sus brazos por primera vez, no pudo contener las lágrimas.
Nunca había sentido tanto amor en un solo instante.
Valeria los observaba en silencio.
Durante unos segundos recordó a la mujer que había sido años atrás. Aquella mujer que un día creyó que debía soportarlo todo por amor, que lloró en silencio muchas noches y que tuvo que reconstruirse desde los pedazos de su propia dignidad.
Entonces comprendió que toda aquella lucha había valido la pena.
Porque ahora tenía frente a ella la prueba de que el dolor no era el final de la historia.
Era apenas el comienzo de una vida mucho mejor.
La llamaron Victoria.
No eligieron ese nombre por casualidad.
Victoria representaba cada batalla ganada.
La victoria del respeto sobre el desprecio.
La victoria de la paz sobre el sufrimiento.
La victoria del amor sano sobre las relaciones que destruyen el alma.
Pero, sobre todo, representaba la victoria de una mujer que un día decidió elegirse a sí misma y descubrió que hacerlo también podía cambiar el destino de las generaciones que vendrían después.
Mientras acariciaba las diminutas manos de su hija, Valeria hizo una promesa que jamás pronunció en voz alta.
—Nunca permitiré que nadie robe la luz con la que llegaste al mundo.
No imaginaba que aquella promesa sería puesta a prueba dieciocho años después.
Porque existirían enemigos contra los que no bastaría el dinero, la inteligencia o la experiencia.
Existen heridas que solo pueden prevenirse.
Y cuando llegan demasiado tarde, ni siquiera el amor de una madre parece suficiente para detenerlas.
Desde entonces, cada decisión que Valeria tomó estuvo pensando en el futuro de Victoria.
No quería criar solamente a una hija exitosa.
Quería formar a una mujer imposible de manipular.
Una mujer que jamás confundiera el control con el amor.
Que nunca aceptara humillaciones disfrazadas de bromas.
Que supiera marcharse antes de perderse a sí misma.
Victoria creció en un hogar donde el amor nunca necesitó levantar la voz para hacerse sentir.
Cada mañana despertaba viendo a su padre besar con ternura la frente de Valeria antes de salir a trabajar.
Escuchaba cómo ambos resolvían sus diferencias conversando con respeto, pidiendo perdón cuando era necesario y abrazándose al terminar cada discusión.
Nunca presenció un insulto.
Nunca escuchó una humillación.
Nunca vio a uno intentando ser más grande haciendo pequeño al otro.
Ese fue el primer concepto de amor que conoció.
Gabriel se convirtió en el primer hombre de su vida y también en el ejemplo que marcaría para siempre sus expectativas.
Le enseñó a montar bicicleta sin soltarla hasta estar seguro de que podía avanzar sola.
La acompañó en cada presentación escolar.
Le enseñó a cambiar una llanta, a plantar un árbol, a leer mapas y a confiar en sus propias decisiones.
Nunca le dijo que necesitaba un hombre para sentirse completa.
Al contrario.
Le repetía constantemente:
—El hombre correcto nunca llegará para completarte. Llegará para caminar a tu lado.
Mientras tanto, Valeria se dedicó a fortalecer aquello que no podía comprarse con dinero.
El carácter.
La autoestima.
La inteligencia emocional.
No quería una hija dependiente de los aplausos del mundo.
Quería una mujer cuya seguridad naciera desde el interior.
Desde muy pequeña le enseñó que la belleza era un regalo, pero jamás un mérito.
Que las personas debían admirarla por la forma en que trataba a los demás y no por el reflejo que devolvía un espejo.
Victoria absorbía cada enseñanza como si fueran pequeños tesoros.
Desde niña destacaba por su inteligencia extraordinaria.
Leía libros muy por encima de su edad.
Aprendió inglés, francés e italiano antes de terminar la secundaria.
Tocaba el piano con una sensibilidad que emocionaba a cualquiera que la escuchara.
Practicaba equitación, natación y tenis, no para competir con otros, sino para superarse a sí misma.
Sin embargo, nada de eso era lo que más impresionaba a quienes la conocían.
Era su enorme corazón.
Jamás ignoraba a quien necesitara ayuda.
Recordaba el nombre de cada trabajador de la empresa de sus padres.
Saludaba con el mismo respeto al personal de limpieza que a los directivos.
Escuchaba antes de juzgar.
Compartía antes de presumir.
Y sonreía incluso cuando nadie la observaba.
Con el paso de los años, su belleza comenzó a convertirse en tema de conversación.
Su cabello rubio dorado parecía iluminar cualquier lugar al que llegaba.
Sus ojos transmitían una mezcla de dulzura y determinación difícil de olvidar.
Su elegancia natural hacía que todas las miradas se dirigieran hacia ella sin que tuviera que esforzarse.
Pero Victoria jamás permitió que los elogios definieran su identidad.
Su autoestima nunca dependió de la aprobación de nadie.
Sabía perfectamente quién era.
Conocía su valor.
Y precisamente por eso parecía una joven imposible de destruir.
Cuando cumplió dieciocho años, Valeria la observó durante la celebración de su cumpleaños con los ojos llenos de emoción.
Veía en ella a la mujer que siempre había soñado formar.
Inteligente.
Hermosa.
Segura de sí misma.
Respetuosa.
Valiente.
Con principios inquebrantables.
Y profundamente amada.
Aquella noche, mientras todos brindaban por el futuro de Victoria, Valeria creyó que la vida finalmente le había concedido el final feliz que tanto había esperado.