Una antigua promesa. Dos reinos unidos por el destino. Una mujer que jamás debió formar parte de la historia… y un emperador que estaba destinado a amar a otra.
Pero el destino rara vez respeta los planes de los hombres.
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Una investigación peligrosamente mal planteada 2
El campo de entrenamiento parecía mucho más interesante desde abajo.
También más caluroso.
Kael estaba bebiendo agua cuando me acerqué.
Seguía sin camisa.
Eso debía ser ilegal.
O al menos debería existir alguna norma.
No miré.
Bueno.
Intenté no mirar.
—Majestad.
—Emilia.
—Bonita tarde.
Kael miró el cielo.
—Está nublado.
—Precisamente.
Me observó.
—¿Qué hacías arriba?
—Paseando.
—Durante veinte minutos.
¿Veinte?
¿Había estado allí veinte minutos?
—Perdí la noción del tiempo.
—Eso parece.
El general que estaba junto a él ocultó una sonrisa.
Kael lo vio.
—¿Tienes algo que decir?
—Nada, majestad.
—Entonces retírate.
El hombre desapareció con una velocidad admirable.
Traidor.
Kael volvió a mirarme.
—¿Te gusta observar entrenamientos?
—Es interesante.
—¿Qué parte?
Lo dijo deliberadamente.
Lo sabía.
Sabía perfectamente que lo había estado mirando.
—La técnica.
—¿La técnica?
—Sí.
—¿Qué opinas?
Maldito hombre.
—Que su general deja demasiado expuesto el costado izquierdo.
Kael dejó de sonreír.
Ups.
—¿Qué dijiste?
—Nada.
—Emilia.
Suspiré.
—Cuando retrocede, baja demasiado la espada. Si alguien entra por su izquierda antes de que recupere la posición, queda expuesto.
Kael me observó.
Esta vez ya no había diversión.
—¿Cómo sabes eso?
—Sentido común.
—Eso no es sentido común.
—Entonces intuición.
—Tampoco.
Me crucé de brazos.
—¿Otra vez vamos a comenzar con el interrogatorio?
Kael tomó una espada de entrenamiento.
Y me la ofreció.
La miré.
Después lo miré a él.
—¿Qué pretende?
—Comprobar tu intuición.
No.
Absolutamente no.
—Estoy usando vestido.
—Eso no responde.
—No sé utilizar una espada.
Mentí.
Kael sostuvo mi mirada.
—Entonces no tendrás problema en demostrarlo.
Maldito.
Sonreí.
—¿Acostumbra entregar armas a mujeres que apenas conoce?
—Solo a las que mienten mal.
Elara hizo un pequeño sonido detrás de mí.
La miré.
Estaba aterrorizada.
—No.
Respondí.
—No voy a pelear con usted.
—No te he pedido que pelees.
Kael acercó la espada.
—Solo sostenla.
La tomé.
Error.
Enorme error.
Mis dedos se cerraron alrededor de la empuñadura por costumbre.
Demasiado naturalmente.
Los ojos de Kael bajaron hacia mi mano.
Lo supo.
Inmediatamente.
—Interesante.
Maldición.
Intenté cambiar la posición.
Demasiado tarde.
—¿Qué?
Kael se acercó.
—Nada.
Tomó otra espada.
—Atácame.
Me reí.
—No.
—¿Por qué?
—Porque es el emperador.
—Eso no te ha impedido desafiarme hasta ahora.
Tenía un punto.
—Además, podría herirlo.
Los soldados que escucharon aquello dejaron de respirar.
Kael alzó lentamente una ceja.
Oh.
Eso había sido un error.
—Inténtalo.
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Cinco minutos después estaba intentando no asesinar a mi esposo.
No porque quisiera conservar el matrimonio.
Porque probablemente ejecutarían a una mujer que matara al emperador.
Kael atacó.
Bloqueé.
El sonido del metal resonó por todo el patio.
Sus ojos cambiaron.
Lo había confirmado.
Sabía usar una espada.
—Mentirosa.
—Nunca dije que fuera buena.
Atacó nuevamente.
Esquivé.
—También mentiste sobre eso.
—Está siendo muy dramático.
Volvió a atacar.
Esta vez más rápido.
Bloqueé.
Giré.
Intenté alejarme.
Kael atrapó mi espada con la suya.
Quedamos demasiado cerca.
—¿Quién te enseñó?
—Un tutor.
—¿Qué tutor enseña esto a una dama?
—Uno con mucho tiempo libre.
Intenté apartarme.
No me dejó.
Empujó.
Retrocedí.
Mi vestido comenzó a convertirse en un problema.
—Esto es injusto.
—¿Por qué?
—Usted está medio desnudo y yo llevo seis capas de tela.
Un soldado tosió.
Otro miró hacia otro lado.
Kael sonrió.
—¿Eso te distrae?
Me quedé inmóvil.
Oh.
No.
No iba a permitirle aquello.
—En absoluto.
Mentira.
—Perfecto.
Atacó.
Bloqueé con demasiada fuerza.
Kael rió.
El desgraciado rió.
—Eso pareció personal.
—Resbalé.
—Claro.
Volvió a atacar.
Esta vez giré rápidamente.
Su espada pasó junto a mí.
Aproveché la apertura.
Golpeé.
Kael bloqueó en el último instante.
Su expresión cambió.
Ahora estaba disfrutándolo.
Y eso era peligroso.
Porque yo también.
Durante unos minutos olvidé dónde estaba.
Olvidé a los soldados.
Olvidé Draken.
Olvidé el matrimonio.
Solo existía el movimiento.
Ataque.
Defensa.
Respiración.
Acero.
Kael era mucho mejor.
Inmensamente mejor.
Pero yo era rápida.
Y él no esperaba que lo fuera.
Eso me daba ventaja.
Por poco tiempo.
Hasta que mi falda decidió traicionarme.
Mi pie quedó atrapado.
Perdí el equilibrio.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Kael soltó la espada.
Su brazo rodeó mi cintura.
Mi cuerpo chocó contra el suyo.
Y el mundo…
se detuvo.
Literalmente.
Mi mano quedó apoyada sobre su pecho.
Desnudo.
Caliente.
Húmedo por el entrenamiento.
Oh.
Sentí cada músculo bajo mis dedos.
No debería haber sentido absolutamente nada.
Sentí demasiado.
Kael me sostenía por la cintura.
Con fuerza.
Mi cuerpo estaba pegado al suyo.
Demasiado.
Muchísimo.
Levanté la mirada.
Error.
Sus ojos estaban sobre mí.
Pero no sobre mi rostro.
Sobre mi boca.
Mi respiración cambió.
La suya también.
Ninguno se movió.
Alrededor…
silencio absoluto.
Los soldados probablemente estaban presenciando el momento más incómodo de sus vidas.
No me importó.
Porque algo extraño acababa de suceder.
Kael bajó ligeramente el rostro.
No mucho.
Apenas.
Pero lo suficiente.
Mi corazón golpeó con fuerza.
Y por un segundo…
un absurdo, peligroso y larguísimo segundo…
pensé que iba a besarme.
Y lo peor fue que…
no me aparté.
—Majestad.
La voz del general destruyó el momento.
Kael reaccionó.
Yo también.
Nos separamos demasiado rápido.
Casi vuelvo a caer.
—El Consejo lo espera.
Kael no apartó inmediatamente los ojos de mí.
—Voy.
Su voz sonó distinta.
Más áspera.
Dejé la espada sobre una mesa.
—Creo que la investigación ha terminado.
Kael frunció el ceño.
—¿Qué investigación?
Maldición.
—Nada.
Me giré.
—Elara.
Ella apareció inmediatamente.
—Nos vamos.
Caminé.
Rápido.
Muy rápido.
Demasiado rápido para alguien que supuestamente no estaba huyendo.