Traicionada por la sangre que la vio nacer y despojada de todo lo que amaba en una sola noche de infamia, Cataleya Mendoza pensó que había tocado fondo al perder su hogar, su hijo y su dignidad bajo los golpes de un amor ciego. Creyó que el exilio y el silencio serían su único destino. Pero el destino, caprichoso y sediento de justicia, la colocó frente al imperio intocable de los Moretti y frente al hombre más temido del país: un titán arrogante al que nadie se atreve a retar. Lo que no sabían ni su exprometido, ni su familia, ni el implacable Gael Moretti, es que una reina destruida no regresa a pedir clemencia... regresa a reclamar su trono.
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Capítulo 16: El Beso del Magnate y el Despertar de la Tormenta
La mañana en el complejo hospitalario de los Moretti transcurría con la habitual y fría eficiencia de una institución de élite. En el piso dieciocho, dentro de la amplia y moderna oficina de la Jefa de Oncología, Cataleya se encontraba de pie frente a la gran mesa de cristal. Llevaba puesto un sofisticado vestido pegado al cuerpo, de un corte impecable que llegaba un poco más arriba de la rodilla, acompañado por una mini chaqueta color marfil que acentuaba su esbelta silueta y resaltaba su imponente elegancia natural. Su cabello negro caía perfectamente liso sobre sus hombros, ocultando por completo la delgada línea de la costra en su frente.
A su alrededor, rodeando la mesa, estaban su fiel amiga y cuñada Brenda Moretti, junto a dos de los pediatras oncólogos más experimentados del hospital. Todos revisaban con suma atención el espeso expediente médico y las láminas de resonancia magnética de un paciente infantil que Cataleya tenía programado operar en los próximos días.

—El tumor está demasiado cerca del tronco encefálico, doctora Mendoza —comentó uno de los pediatras con el ceño fruncido y un tono de profunda preocupación—. Si abordamos por la vía lateral tradicional, el riesgo de secuelas motoras permanentes para el niño es extremadamente alto. Muchos habrían descartado la intervención.
Cataleya cruzó los brazos, manteniendo la mirada fija en las imágenes clínicas con una concentración absoluta, mientras una seguridad desbordante emanaba de cada uno de sus gestos.
—Por eso no vamos a utilizar la vía lateral —respondió Cataleya con voz firme, clara y pausada, señalando un punto milimétrico en el escáner con un bolígrafo—. Realizaremos un abordaje suboccipital mínimamente invasivo con neuronavegación en tiempo real. Eso nos dará el margen de precisión necesario para extirpar la masa tumoral sin tocar el tejido sano circundante. El niño va a caminar fuera de este hospital por su propio pie.
Brenda esbozó una sonrisa de orgullo absoluto, asintiendo con la cabeza ante la brillantez de su amiga.
—Definitivamente, no esperaba menos de la jefa de oncología —afirmó Brenda con una chispa de admiración en los ojos.
Antes de que alguno de los médicos pudiera replicar o hacer otra pregunta técnica, la puerta del despacho se abrió de golpe, sin previo aviso ni los modales corporativos que cualquier otro empleado habría guardado al entrar al sanctasanctórum de la Jefa.
Gael Moretti Ferrer cruzó el umbral a zancadas largas. Su imponente presencia llenó la habitación de inmediato; lucía un traje negro sastre de corte impecable, con la corbata ligeramente desatada y la mirada fría e implacable de un depredador que acababa de cerrar el negocio más lucrativo de su vida.
Absolutamente nadie en el hospital se atrevía a interrumpir una junta médica de Cataleya de esa manera. Los dos pediatras se quedaron paralizados, boquiabiertos, esperando que el poderoso magnate reprendiera al personal o exigiera un reporte urgente. Pero Gael ni siquiera miró a su hermana Brenda ni a los médicos que rodeaban la mesa. Sus ojos grises se clavaron con una intensidad magnética y devoradora exclusivamente en Cataleya, deteniéndose por un segundo en la forma en que el vestido marfil amoldaba su esbelta figura.
Antes de que ella pudiera pronunciar una sola palabra de reclamo por la interrupción, Gael acortó la distancia con una velocidad felina, le tomó la nuca con su mano grande y cálida, y la atrajo hacia sí con una posesividad abrumadora.
Sin importarle la presencia de los espectadores, Gael la besó en los labios con una pasión tan intensa, hambrienta y profunda que el mundo pareció desvanecerse en el despacho. Fue un beso descarado, audaz y completamente público que dejó a los dos pediatras al borde del desmayo y a Brenda con los ojos abiertos como platos, conteniendo un grito de emoción.

Cataleya, sorprendida por la osadía del magnate frente a todo seu equipo, ensanchó los ojos por una fracción de segundo antes de dejarse llevar por la embriagadora calidez de sus labios, respondiéndole con la misma fuerza indomable que caracterizaba su relación.
Tras unos largos y apasionados segundos, Gael se apartó muy lentamente, dejando que ambos respiraran con agitación. Con una sonrisa torcida, arrogante y triunfante dibujada en los labios, miró a Cataleya fijamente a los ojos y le soltó en voz alta, para que todos en la habitación lo escucharan con absoluta claridad:
—Ya la primera fase está lista, señora Moretti.
En ese preciso instante, el cerebro de Gael pareció registrar finalmente su entorno. Al escuchar el silencio sepulcral que reinaba en el despacho y notar las cuatro miradas atónitas de los médicos y de su propia hermana clavadas en ellos, el magnate parpadeó un par de veces. Frunció el ceño con fingida inocencia, cruzándose de brazos con toda la altivez del mundo, y soltó con una voz tan seria y pétrea que helaba la sangre:
—¿Qué? ¿Acaso no puedo besar a mi propia esposa?
Un silencio todavía más denso cayó sobre la oficina. Los pediatras no sabían dónde meterse, tragando saliva con nerviosismo ante la inesperada revelación matrimonial del dueño absoluto de la clínica.
Cataleya lo quedó mirando fijamente, con el pulso desbocado pero con una compostura de acero. Se cruzó de brazos, ladeó ligeramente la cabeza y le soltó un comentario de lo más picoso y divertido:
—Vaya, magnate... veo que el puesto de "esposo controlador" te queda tan grande que ya ni siquiera sabes esperar a que la puerta esté cerrada para marcar territorio como un cachorro perdido. Si sigues así, tendré que empezar a cobrarte por consulta privada cada vez que entres a mi despacho a alterar al personal.
Una carcajada general rompió la tensión en la sala. Los dos pediatras, al ver que la doctora tomaba la situación con semejante soltura, comenzaron a reírse a carcajadas nerviosas pero genuinas, mientras Brenda aplaudía con ironía y diversión.
Hasta el mismísimo Gael Moretti, conocido en todo el país por su proverbial seriedad y su carácter implacable, soltó una risa ronca y profunda, negando con la cabeza ante la lengua afilada de su prometida. Al darse cuenta de que se había convertido en el centro de todas las bromas de la habitación, se dio la media vuelta con rapidez y salió disparado del despacho a zancadas largas, no sin antes dedicarle a Cataleya una última mirada cargada de una promesa ardiente.
La puerta se cerró tras de él, dejando un rastro de electricidad en el ambiente.
Los pediatras, todavía con una sonrisa nerviosa en los labios, carraspearon discretamente y decidieron retirarse del despacho para dar por concluida la revisión clínica.
—Bueno, doctora Mendoza... ehem... creo que los detalles quirúrgicos del caso pediátrico han quedado más que claros. Nos vemos en el quirófano —dijo uno de ellos con una reverencia respetuosa antes de salir apresuradamente junto a su colega.
Cuando la puerta volvió a cerrarse y se quedaron completamente solas, Brenda se acercó a su cuñada con una sonrisa maliciosa y cargada de ese particular humor negro que caracterizaba a los Moretti.
—Vaya, cuñada... —comenzó Brenda con una risita burlona, cruzándose de brazos y mirando hacia el pasillo por donde había huido su hermano—. Pasaste de ser la doctora brillante que operó a mi abuelo a convertirte en la única mujer en este planeta capaz de poner a temblar al gran titán de los negocios en cuestión de tres segundos. A este paso, para cuando destruyamos a los Álvarez y a los Mendoza, mi hermano te va a construir un palacio de oro sólido solo para que dejes de regañarlo en público.
Cataleya esbozó una sonrisa fría, calculadora y profundamente satisfecha, mientras sus dedos acariciaban suavemente los documentos del expediente infantil sobre la mesa.
—Que construya lo que quiera, Brenda —respondió Cataleya con una voz gélida y un brillo de triunfo puro en sus ojos ámbar—. Pero lo primero que caerá antes de llegar al altar será el imperio de esos miserables. Y por lo que veo en mi ordenador, el primer golpe de nuestro plan ya debió haber destrozado su hermosa mañana en la capital.