"Firmaste el contrato, Luna. No hay divorcio que te salve de mí."
Para salvar a su familia, Elena aceptó un matrimonio por contrato de un año con Alexander Vance, el implacable CEO y Alfa más temido de la ciudad. Lo que él ignoraba era que Elena no era una humana sumisa, sino una loba de linaje puro.
Tras un año de desprecios y manipulaciones, la noche en que vence el acuerdo Elena descubre la verdad: está embarazada del Alfa y ha despertado su poder dormido.
Sin rogar por afecto, Elena quema el contrato y desaparece en la noche. Cuatro años después, regresa como la inversionista más poderosa de la industria, acompañada por un niño genio calcado al CEO.
Alexander emprenderá una cacería obsesiva por recuperar a su esposa, pero esta vez ella no es la presa: es la cazadora.
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Capítulo 23: El Regreso de la Traidora
La mañana era demasiado hermosa para una traición.
El sol brillaba sobre los jardines de la mansión, y los pájaros cantaban en los árboles como si el mundo no estuviera a punto de desmoronarse. Pero allí estaba Seraphina, de pie en el centro del patio, con su cabello plateado cayendo sobre los hombros y una expresión que no supe interpretar. No era arrogancia. No era desafío. Era... cansancio. Un cansancio profundo, como si hubiera estado caminando durante años sin descanso.
—Hola, hija —repitió, con una voz suave y ronca—. He vuelto.
—¿Cómo te atreves? —Dije, con una voz que temblaba de rabia—. ¿Cómo te atreves a volver aquí? Después de lo que hiciste. Después de lo que intentaste hacer.
—Lo sé —dijo Seraphina, sin moverse—. Lo sé. No espero que me perdones. No espero que me recibas con los brazos abiertos. Pero tenía que venir. Tenía que advertirte.
—¿Advertirme? —Repetí, incrédula—. ¿Advertirme de qué? ¿De otro de tus planes para destruirnos? ¿De otra traición?
—No —dijo Seraphina, y por primera vez, vi algo en sus ojos que no esperaba. Sinceridad. Dolor—. No es una traición. Es una advertencia. Algo viene. Algo peor que el Primero. Peor que Dorian. Peor que todo lo que hemos enfrentado.
—No te creo —dije, con una firmeza que no sentía—. Eres una mentirosa. Una manipuladora. Todo lo que sale de tu boca es veneno.
—Lo sé —admitió Seraphina—. Y no te culpo por pensar eso. Pero escúchame. Solo una vez. Y si después de eso sigues queriendo que me vaya, me iré. Para siempre.
La miré largamente. La rabia ardía en mi pecho, pero también había algo más. Curiosidad. Y, aunque me odiara a mí misma por ello, un atisbo de esperanza. Esta era mi madre. La mujer que me había dado la vida. La mujer que me había traicionado. Pero también la mujer que, en algún momento, me había amado.
—Habla —dije finalmente—. Pero si mientes, si intentas algo, te mataré yo misma.
—Justo —dijo Seraphina, con una sonrisa triste—. Muy justo.
Alexander se acercó a mi lado, con la mano en la empuñadura de su espada.
—No confío en ella —murmuró.
—Yo tampoco —respondí—. Pero quiero oír lo que tiene que decir.
Seraphina nos miró a ambos, y luego sus ojos se posaron en algo detrás de nosotros. Me giré y vi a Ingrid, que había salido al patio con Liam en brazos. El niño miraba a Seraphina con una intensidad que no era normal en un bebé de cinco meses. Sus ojos verdes brillaban con una luz que no me gustó.
—Ese es el niño —dijo Seraphina, con una voz que temblaba—. El heredero de la Luna y la Sangre.
—No te acerques a él —dije, interponiéndome.
—No quiero hacerle daño —dijo Seraphina—. Al contrario. Quiero protegerlo. De lo que viene. De lo que he visto.
—¿Qué has visto? —Preguntó Alexander, con una voz tensa.
Seraphina respiró hondo.
—Después de que me desterraste, huí al norte —dijo—. A las tierras heladas. Allí, en las montañas, encontré algo. Algo antiguo. Algo que ha estado dormido durante milenios.
—¿Qué? —Pregunté, con el estómago encogido.
—Un segundo Sello —dijo Seraphina—. Más antiguo que el Primero. Más poderoso. Y está a punto de abrirse.
El silencio que siguió fue absoluto.
—Eso es imposible —dijo Kael, que había estado escuchando desde la puerta—. Solo hay un Sello. El que Elena cerró.
—Eso creíamos —dijo Seraphina—. Pero hay otro. En las Montañas Heladas. Y no fue creado por los Alfas de la Luna Plateada. Fue creado por los Primeros. Los que vinieron antes que todos nosotros.
—¿Y qué hay dentro? —Preguntó Ingrid, con una voz sombría.
—Algo que no debería existir —dijo Seraphina—. Una criatura. Un ser. No sé cómo llamarlo. Pero es más antiguo que los lobos. Más antiguo que los humanos. Más antiguo que la luna misma.
—¿Y por qué está a punto de abrirse? —Preguntó Alexander.
—Porque el equilibrio se ha roto —dijo Seraphina—. Cuando Elena cerró el Sello del Primero, liberó una energía que estaba contenida. Esa energía ha viajado por el mundo. Y ha llegado al segundo Sello. Lo está debilitando. Día a día. Hora a hora.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —Pregunté.
—Semanas —dijo Seraphina—. Tal vez menos. Cuando el Sello se abra, la criatura despertará. Y cuando despierte... —Hizo una pausa—. Todo lo que conocemos dejará de existir.
Me quedé en silencio, procesando la información. Podía sentir la mirada de todos sobre mí. Esperando. Confiando. Y yo... yo no sabía qué hacer.
—¿Por qué deberíamos creerte? —Preguntó Alexander, con una voz fría—. Nos traicionaste. Nos mentiste. Nos usaste. ¿Por qué deberíamos creer una sola palabra de lo que dices?
—No deberíais —admitió Seraphina—. Lo sé. Pero no vengo a pediros que confiéis en mí. Vengo a daros la información. Lo que hagáis con ella es vuestra decisión.
—¿Y tú qué ganas? —Pregunté—. ¿Por qué haces esto? ¿Por qué arriesgarte a venir aquí, sabiendo que podríamos matarte?
Seraphina me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque eres mi hija —dijo, con una voz quebrada—. Y porque, a pesar de todo, te amo. Siempre te he amado. Incluso cuando te traicioné. Incluso cuando te mentí. Incluso cuando te usé. —Hizo una pausa—. Lo hice porque creía que era lo correcto. Que el Primero traería la libertad. Que la oscuridad era la respuesta. Pero estaba equivocada. Completamente equivocada. Y ahora... —Tragó saliva—. Ahora quiero reparar el daño que hice. Aunque sea lo último que haga.
—¿Y cómo sabemos que no es otra mentira? —Pregunté, con la voz temblando—. ¿Cómo sabemos que no nos estás manipulando otra vez?
—No lo sabéis —dijo Seraphina—. Pero os daré algo. Algo que os probará que digo la verdad.
Sacó algo de su abrigo. Un mapa. Antiguo. Arrugado. Escrito en una lengua que no reconocí.
—Esto lo encontré en las Montañas Heladas —dijo, tendiéndomelo—. Es un mapa del segundo Sello. De cómo llegar. De cómo cerrarlo. Si vais, si lo selláis, la criatura no despertará. Pero tenéis que iros pronto. Muy pronto.
Tomé el mapa con dedos temblorosos. Era pesado, más de lo que esperaba. Y en cuanto mis dedos lo tocaron, sentí algo. Una energía. Antigua. Poderosa. Familiar.
—Es real —susurré, sin saber cómo lo sabía—. El mapa es real.
—Lo sé —dijo Seraphina, con una sonrisa triste—. Por eso he venido. Porque sabía que lo reconocerías. Tu sangre. La sangre de los Alfas de la Luna Plateada. Reconoce la verdad.
—¿Y qué pasa contigo? —Pregunté—. ¿Qué vas a hacer ahora?
—Me iré —dijo Seraphina—. No me quedaré. No os molestaré más. Pero antes de irme... —Hizo una pausa—. Quiero pedirte algo. Algo que no merezco.
—¿Qué? —Pregunté, con el corazón encogido.
—Perdóname —dijo Seraphina, con lágrimas cayendo por sus mejillas—. No hoy. No mañana. Quizás nunca. Pero... algún día. Cuando estés lista. Cuando puedas. Perdóname.
La miré largamente. La rabia seguía ahí. El dolor. La traición. Pero también había algo más. Algo que no esperaba. Compasión. Porque, a pesar de todo, esta era mi madre. La mujer que me había dado la vida. La mujer que me había traicionado. Pero también la mujer que, en algún momento, me había amado.
—No lo sé —admití—. No sé si algún día podré perdonarte. Pero... —Hice una pausa—. Gracias. Por el mapa. Por la advertencia. Por intentar reparar el daño.
—No me agradezcas —dijo Seraphina—. No lo merezco.
—Quizás no —dije—. Pero lo hago de todas formas.
Seraphina me miró largamente. Luego, sin decir una palabra más, se giró y caminó hacia la puerta. Antes de desaparecer, se detuvo y miró a Liam, que seguía en brazos de Ingrid.
—Cuídalo —dijo, con una voz quebrada—. Es más importante de lo que imagináis.
Y se fue.
El silencio que siguió fue denso, cargado de significado.
—¿Qué hacemos ahora? —Preguntó Freya, que había estado escuchando en silencio desde un rincón.
—Lo que siempre hacemos —dije, con una firmeza que no sentía—. Luchar. Proteger. Sobrevivir.
—¿Y el mapa? —Preguntó Alexander, mirando el trozo de papel arrugado en mis manos.
—Lo estudiaremos —dije—. Y luego decidiremos.
Esa noche, mientras todos dormían, me senté en el balcón de mi habitación con Liam en brazos y contemplé la luna.
Estaba casi llena, plateada y hermosa, como si nada hubiera pasado. Como si el mundo no estuviera al borde de otra catástrofe. Como si mi madre no acabara de regresar de entre los muertos con una advertencia que podía cambiarlo todo.
Pero lo había hecho. Y ahora... ahora teníamos que decidir qué hacer.
Alexander se acercó por detrás y me rodeó con sus brazos.
—No estás sola —dijo, sin más.
—Lo sé —respondí, apoyando la cabeza en su hombro—. Pero a veces... a veces siento que el mundo entero quiere arrebatarme lo que más amo.
—Nadie va a arrebatarte nada —dijo Alexander, con una firmeza que me ancló a la realidad—. Mientras yo respire.
—¿Y si no es suficiente? —Pregunté.
—Entonces lucharemos —dijo—. Hasta el final.
Nos quedamos allí, en silencio, contemplando la luna con Liam entre nosotros. No hacían falta más palabras.
Pero mientras estábamos allí, Liam abrió los ojos. Miró la luna. Y sonrió.
No era una sonrisa de bebé. Era algo más. Algo antiguo. Algo que no debería estar en el rostro de un niño de cinco meses.
Y entonces, habló. No con palabras. Con pensamientos. Con emociones. Con algo que no podía nombrar.
Mamá... el mapa miente.
Me quedé helada. Miré a Liam. Sus ojos verdes brillaban con una luz que no era del todo humana.
El mapa no es para cerrar el Sello. Es para abrirlo.