Traicionada por quienes más amaba y reducida a la nada, Angie huye de su vida anterior con el corazón roto y sin un centavo. La única mano extendida es la de Roberta, su amiga de toda la vida, que la acoge en su hogar sin hacer preguntas. Allí, Angie conoce al padre de su amiga: Lucian, un hombre imponente, millonario, de mirada profunda y carácter inquebrantable.
Entre ellos surge algo imposible de callar: un deseo abrasador, una conexión que quema cada encuentro, aunque el secreto los condene. Cuando la verdad sale a la luz, la culpa y el miedo la empujan a huir. Pero Lucian no está dispuesto a dejarla ir: la retiene, no como prisionera, sino como la mujer que posee su alma. Ahora Angie deberá elegir: ¿la lealtad que le debe a su amiga, o el deseo que la consume junto al hombre prohibido?
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Retenida entre cuatro paredes
No me fui. La maleta seguía en el rincón, cerrada, pero sin volver a abrirse. La puerta de la calle permanecía cerrada, y yo seguía bajo ese techo que ya no sentía como refugio, sino como un espacio extraño, tenso, donde cada sombra guardaba un reproche. No era una prisión —podía salir cuando quisiera—, pero se sentía exactamente igual. Las paredes parecían acercarse, y el silencio que dejaba Roberta se hacía más pesado con cada hora que pasaba.
Lucian no se alejaba. Estaba siempre cerca: aparecía con una taza de té, se sentaba en silencio a mi lado, me miraba con esa devoción que a veces me reconfortaba y a veces me asfixiaba. Me cuidaba, sí, pero también me mantenía ahí, como si soltarme fuera perderme para siempre.
—Debería hablar con ella —dije una tarde, mirando la puerta cerrada de la habitación de Roberta—. Explicarle que no quiero ocupar ningún lugar que no me corresponde.
Lucian negó despacio, tomándome la mano entre las suyas.
—Ahora no. Necesita tiempo. Tú también. Quédate conmigo hasta que el aire se aclare.
Me quedé. Y en esa espera, en esa confusión de sentimientos, la distancia entre nosotros se volvió a romper.
Ocurrió sin buscarlo, como siempre. Estábamos solos en la sala, la luz del atardecer bañando la habitación de tonos dorados y suaves. Él me acariciaba la mano, y cuando levanté la mirada, lo encontré mirándome con esa intensidad que me desarmaba. No dijo nada; solo se inclinó hacia mí y sus labios rozaron los míos con un tacto suave, inseguro, como si temiera que lo apartara.
No lo aparté.
La pasión renació de golpe, feroz y descontrolada, como si ambos quisiéramos borrar el dolor, la culpa, la ausencia, con el solo tacto de la piel. Me atrajo contra su cuerpo con una urgencia que me dejó sin respiración, y yo me aferré a él como si fuera la única cosa firme en medio de un terremoto. No había planes, ni promesas, ni futuro claro: solo el presente, este instante en que sus manos me recorrían la espalda y sus labios me devolvían la sensación de estar viva.
Me besó con hambre, con desesperación, y yo respondí con la misma intensidad. Cada caricia era un intento de borrar el daño hecho, de decir estoy aquí, no me dejes caer sin necesidad de palabras. Sus manos me sostenían la cintura, me acariciaban el rostro, me hacía sentir suya de una forma que dolía y sanaba a la vez. Me entregué a él sin reservas, buscando en su abrazo la paz que no encontraba en ningún otro lugar.
Cuando nos separamos, ambos respirábamos entrecortadamente. Me acunó entre sus brazos, apoyando la barbilla en mi cabeza, y sentí su latido fuerte y tranquilo contra mi pecho.
—No te voy a dejar ir —susurró, y su voz sonó como una promesa y una sentencia a la vez—. No importa lo que cueste.
Apoyé la frente en su hombro, con el corazón dividido. Su cercanía me daba fuerzas y me consumía a la vez. Sabía que mientras me aferrara a él, también me alejaba de ella. Y sin embargo, no lograba soltarlo.
—¿Y si ella nunca perdona? —pregunté en voz baja—. ¿Si este refugio termina siendo nuestra única prisión?
Me besó la sien, despacio.
—Entonces nos tendremos el uno al otro. Y eso será suficiente.
Quise creerle. Quise que fuera verdad. Pero mientras me abrazaba, escuché un portazo arriba: la puerta de Roberta. Pasos rápidos, luego silencio. Sabía que estaba ahí, cerca, escuchando, sufriendo. Y cada beso, cada caricia, se sentía a la vez como amor y como traición.
La noche cayó y la casa se sumió en una calma inquieta. Me acosté a su lado, y él me abrazó hasta que el sueño empezó a vencerme. Antes de cerrar los ojos, miré la ventana y me pregunté cuánto tiempo más podríamos vivir así: retenidos entre cuatro paredes, unidos por un amor que nos sostenía y nos separaba del mundo.