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EL MERCADER DE DOS ERAS

EL MERCADER DE DOS ERAS

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Época
Popularitas:83
Nilai: 5
nombre de autor: Manuel Saucedo

Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.

Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.

Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.

Pero cada viaje modifica algo.

Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.

Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.

NovelToon tiene autorización de Manuel Saucedo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El valor oculto del Jade

Lin Chen no volvió al presente por el jade.

Volvió por una bomba de agua.

Eso resumía bastante bien en qué se había convertido su vida.

Tres meses atrás había pasado noches enteras intentando vender fundas para teléfonos y pequeños electrodomésticos por internet.

Ahora estaba cruzando entre dos épocas porque una aldea de un mundo que no aparecía en ningún mapa moderno tenía problemas de irrigación.

Antes de marcharse de Qinghe, había pasado una tarde entera con el anciano Luo.

No hablaron de comercio.

Hablaron de agua.

Los campos cercanos a la aldea dependían demasiado de pequeños canales y de la lluvia. Había un arroyo relativamente cerca, pero parte del terreno quedaba a una altura incómoda.

—Podríamos ampliar el canal —dijo Luo.

—¿Por qué no lo hacen?

El anciano señaló el terreno.

—Necesitamos más gente. Y tiempo.

—¿Cuánto?

—Semanas.

Era demasiado para la cosecha actual.

Lin Chen observó el arroyo.

No necesitaba maquinaria eléctrica.

Tampoco una bomba moderna compleja.

Algo manual.

Simple.

Reparable.

Había visto diseños básicos antes.

Bombas de pistón.

Bombas de cuerda.

Sistemas de palanca.

La dificultad no era encontrar la idea.

Era encontrar una que los artesanos de Qinghe pudieran reproducir.

Esa fue la razón de su regreso.

En el almacén moderno, Lin Chen abrió su computadora.

Buscó durante horas.

No compró la primera bomba que encontró.

Hizo algo diferente.

Buscó modelos antiguos.

Diseños simples.

Principios mecánicos.

Sistemas utilizados en zonas rurales sin electricidad.

Tomó notas.

Válvulas.

Cilindros.

Pistones.

Sellos.

Materiales.

Problemas comunes.

Después fue a varias tiendas de herramientas.

Compró piezas básicas.

Tubos.

Sellos.

Válvulas manuales.

No porque pretendiera llevar un sistema moderno completo a Qinghe.

Quería desmontarlo.

Comprenderlo.

Simplificarlo.

Esa noche convirtió el almacén en un taller improvisado.

La primera bomba funcionó.

La segunda versión era más simple.

La tercera perdió presión.

La cuarta volvió a funcionar.

Lin Chen se quedó mirando el agua salir de un recipiente a otro.

No era espectacular.

Pero podía ser reproducible.

—Qiao va a odiarme.

Sonrió.

El herrero se había convertido involuntariamente en la persona que recibía todas sus ideas extrañas.

Pasó dos días preparando dibujos.

No planos industriales.

Diagramas sencillos.

Medidas.

Formas.

Movimientos.

También preparó un modelo parcial.

Nada que pareciera demasiado avanzado.

Mientras trabajaba recibió un mensaje de Chen Yulan.

Había encontrado comprador para otra pieza de jade.

Lin Chen había estado tan concentrado en Qinghe que casi olvidó aquella línea de negocio.

El mensaje incluía una cifra.

No era enorme.

Pero tampoco trivial.

Lin Chen respondió y concertó una cita.

La tarde siguiente llegó a la joyería.

Chen Yulan tenía varias piezas sobre una bandeja.

Una era suya.

Había sido cortada.

El resultado era mucho mejor de lo que parecía originalmente.

—Tu piedra tenía más material útil del que esperaba —dijo ella.

Lin Chen la observó.

El color era verde suave.

No extraordinario.

Pero bonito.

—¿Cuánto ofrecieron?

Ella dijo la cifra.

Lin Chen permaneció tranquilo.

Era varias veces lo que había pagado por todo el lote en Qinghe.

Eso era exactamente la diferencia que buscaba.

No una fortuna instantánea.

Una ventaja repetible.

—¿Qué tan fácil es vender más?

Chen Yulan lo miró.

—Depende de “más”.

—Diez piezas al mes.

—Posible.

—Cincuenta.

—Más difícil.

—Cien.

Ella negó.

—Entonces necesitarías canales.

Lin Chen asintió.

Eso era bueno.

Los límites eran útiles.

Le impedían emocionarse demasiado.

—¿Qué comprarías tú?

Chen Yulan seleccionó tres ejemplos de otras piedras.

—Material como este.

—¿Por qué?

—No es perfecto, pero tiene mercado. Joyeros pequeños. Talladores. Coleccionistas. Gente que quiere piezas personalizadas.

—¿Y esto?

Lin Chen señaló una pieza más oscura.

—Barata.

—¿No sirve?

—Sí sirve. Pero no para lujo.

Lin Chen sonrió.

Aquello le gustaba.

El pasado no tenía que darle solo productos caros.

También podía proporcionarle materias primas para diferentes segmentos.

—¿Conoces talleres de talla?

—Sí.

—¿Pequeños?

—Varios.

—Quiero conocerlos.

Chen Yulan lo estudió.

—¿Quieres entrar al negocio?

—Estoy evaluándolo.

—Entonces aprende una cosa primero.

—¿Cuál?

—El jade castiga a los que creen que ya entendieron el jade.

Lin Chen recordó a Qiao.

A Han De.

A Su Wan'er.

Parecía que todos sus nuevos maestros tenían una forma diferente de decirle que era ignorante.

—Eso también estoy aprendiendo.

Aquella venta produjo suficiente para reforzar el capital de su pequeña empresa moderna.

No se gastó el dinero.

Lo dejó en la cuenta comercial.

Ese gesto parecía pequeño.

Pero era importante.

Meses atrás, cada ingreso iba directamente a cubrir necesidades personales.

Ahora podía separar.

Negocio.

Vida.

Capital.

Reinversión.

Lin Chen abrió su hoja de cálculo.

Añadió:

Ingresos por jade.

Después:

Margen neto aproximado.

Luego:

Capital reinvertido: 100%.

Se quedó mirando la cifra.

No era grande.

Pero era limpia.

Comprensible.

Registrable.

Eso era exactamente lo que quería.

Regresó a Qinghe con la bomba desmontada en piezas.

No la llevó completa.

Eso habría sido demasiado fácil de copiar sin entender.

Además, necesitaba que Qiao participara.

El herrero miró las piezas.

Después miró a Lin Chen.

—No.

—Ni siquiera expliqué.

—No.

—Es una bomba.

—No.

—Puede mover agua.

—Hay cubetas.

Lin Chen suspiró.

—Qiao.

—La última vez querías agujas.

—Funcionaron.

—Después jabón.

—Eso no fue contigo.

—Pero tuve que fabricar recipientes.

—Detalles.

Qiao señaló las piezas.

—¿Qué quieres ahora?

Lin Chen sonrió.

Sabía que había ganado.

Pasaron dos horas estudiando el mecanismo.

Qiao entendió más rápido de lo que Lin Chen esperaba.

—Esto abre.

—Sí.

—Y esto cierra.

—Sí.

—Entonces el agua solo puede ir en una dirección.

—Exacto.

El herrero movió el pistón.

—El sello es el problema.

Lin Chen asintió.

—En mi modelo usé algo que aquí será difícil conseguir.

—Entonces tu modelo no sirve.

—Por eso estoy aquí.

Qiao pensó.

Cuero.

Tela engrasada.

Madera bien pulida.

Empezaron a probar.

La primera versión local perdía agua.

La segunda se atascaba.

La tercera funcionó.

Mal.

Pero funcionó.

Qiao dejó de burlarse.

—Otra.

Dos días después, llevaron el prototipo a la aldea Luo.

Su Wan'er insistió en ir.

También Wu San.

El anciano observó el aparato.

—¿Qué hace?

Lin Chen señaló el arroyo.

—Eso veremos.

Instalaron el sistema.

Qiao había fabricado un cilindro metálico relativamente tosco.

El pistón era de madera reforzada.

Las válvulas combinaban piezas de metal y cuero.

Nada elegante.

Lin Chen accionó la palanca.

Nada.

Otra vez.

Nada.

Qiao gruñó.

—Hay aire.

Ajustaron.

Lin Chen volvió a mover.

El agua subió.

Poca.

Pero subió.

Luo abrió los ojos.

Otro movimiento.

Más agua.

Los campesinos se acercaron.

Lin Chen entregó la palanca a uno.

—Prueba.

El hombre accionó.

Agua.

Otra vez.

Agua.

No era un torrente.

Pero podía elevar agua desde el arroyo hasta una altura donde antes necesitaban cargarla manualmente.

Su Wan'er miró a Lin Chen.

—Esto sí cambia algo.

Él no respondió.

Estaba pensando en costes.

Materiales.

Mantenimiento.

Horas de trabajo.

Cuántas unidades podían fabricar.

No era una solución milagrosa.

Pero era una mejora.

Luo preguntó:

—¿Cuánto cuesta?

Lin Chen no tenía respuesta.

Qiao sí.

—Demasiado.

Todos rieron.

Después calcularon.

El primer prototipo había sido caro.

Demasiadas pruebas.

Demasiado metal.

Demasiado tiempo.

Pero una segunda versión podía costar mucho menos.

Lin Chen hizo números.

Si conseguían producir varias, algunos agricultores podían comprarlas en grupo.

O alquilarlas.

Esa idea fue más interesante.

—No tienen que comprarla.

Luo lo miró.

—¿Entonces?

—Podemos alquilarla por temporada.

Su Wan'er giró hacia él.

—¿Alquilar bombas?

—Sí.

—Eso suena complicado.

—También más accesible.

Los agricultores no tendrían que pagar todo el coste.

El Pabellón conservaría propiedad.

Podrían mantenerlas.

Repararlas.

Moverlas.

Lin Chen sonrió lentamente.

Un nuevo negocio.

No vender producto.

Vender capacidad.

De regreso a Qinghe, Su Wan'er caminaba a su lado.

—Dijiste que no abriríamos nada nuevo.

Lin Chen la miró.

—No abrimos nada.

—Ahora quieres alquilar bombas.

—Eso no es abrir.

—Es peor.

—¿Por qué?

—Porque tú crees que no cuenta.

Lin Chen sonrió.

—Solo haremos tres.

—Cinco.

Él se detuvo.

—¿Cinco?

—Si hacemos tres y dos se rompen, solo queda una.

Lin Chen la miró.

—Pensé que querías detenerme.

—Quiero evitar que hagas las cosas a medias.

Eso le gustó.

Esa misma noche recibió una noticia inesperada.

Un comerciante de jade había llegado a Qinghe desde el sur.

Traía material sin tallar.

Su Wan'er esperaba que Lin Chen se emocionara.

No ocurrió.

—¿Precios?

—Buenos.

—¿Calidad?

—No sé.

—Entonces mañana miramos.

Su Wan'er sonrió.

—Ahora sí aprendiste.

La mañana siguiente, Lin Chen visitó al comerciante.

No compró mucho.

Solo pequeñas piezas.

Material medio.

Nada espectacular.

Negoció.

Pagó.

Registró.

Parte se vendería localmente.

Parte viajaría al presente.

Por primera vez, una mercancía comenzó a fluir de forma intencional en dirección contraria.

No plata.

No objetos antiguos.

Materia prima.

Lin Chen miró la caja.

Aquello podía convertirse en algo importante.

Pero no hoy.

Hoy tenía bombas que perfeccionar.

Grano que vigilar.

Una tienda que mantener.

Una empresa moderna recién nacida.

Y capital demasiado pequeño para todos sus planes.

Eso era bueno.

La escasez obligaba a elegir.

Y las decisiones correctas valían más que una fortuna rápida.

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