Víctima de la traición y de los falsos rumores orquestados por quien creía su hermano de crianza, Melody muere trágicamente en la helada solitud de la corte imperial. Convertida en un espectro atado a la tierra antes de que la magia del tiempo le otorgue una segunda oportunidad, presenciará la macabra verdad tras las sonrisas de la aristocracia y jurará reescribir su destino.
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Capítulo 3: Veneno en la porcelana
Los días que siguieron a la gala de primavera no trajeron la paz a la capital, sino una ola de especulaciones morbosas que corrían como pólvora por los salones de té y las boutiques de alta costura. Para la sociedad noble de Valoria, la narrativa era tan simple como escandalosa: la orgullosa y malcriada heredera del ducado de Westfall había sido trágicamente "rechazada" y "abandonada" por el conde de Rosewood en favor de una dama de un rango ostensiblemente menor, la hija del conde de Valois.
Julieta de Valois, sin embargo, lejos de disfrutar plenamente de su posición como flamante prometida de Felipe, comenzó a sentirse corroída por la frustración. En cada reunión social a la que asistía, los abanicos se levantaban para ocultar comentarios maliciosos: "¿Viste la cara de la joven duquesa esa noche? Pobre muchacha, crecer juntos para terminar así..." o "El conde de Rosewood prefirió la sencillez de Julieta, aunque está claro que la sombra de lady Melody nunca se borrará de esa casa".
Aquello germinó en el pecho de Julieta como una hiedra venenosa. Su autoestima, dependiente de la aprobación ajena, no soportaba que el nombre de Melody siguiera vinculado al de su prometido. Comenzó a interpretar la actitud tranquila, serena e indiferente de Melody no como madurez o falta de interés romántico, sino como un acto calculado de arrogancia, una burla silenciosa hacia su triunfo social.
La oportunidad para el primer choque directo surgió durante una tarde soleada en el Invernadero Imperial, donde varios nobles se reunían a contemplar las orquídeas raras traídas del sur. Melody, vestida con un sencillo traje de paseo amarillo pálido, vio a Julieta conversando sola junto a una fuente de agua.
Decidida a mostrar su buena voluntad y construir una relación cordial con la futura esposa de su amigo, Melody se acercó despacio, sosteniendo entre sus manos una pequeña caja de raso blanco con bordados de hilo de plata.
—Señorita Julieta —saludó Melody con una reverencia suave y una voz melódica—. Es un placer encontrarla hoy aquí.
Julieta se giró bruscamente. Sus ojos oscuros recorrieron a Melody de pies a cabeza con una frialdad mal disimulada antes de forzar una sonrisa estirada.
—Lady Melody. Qué sorpresa. ¿Deseaba algo de mí?
—Quería entregarle esto personalmente —dijo Melody, ofreciéndole la cajita de raso—. Es un pequeño obsequio de congratulación por su futuro matrimonio. Es un broche de perlas australes que perteneció a la colección privada de mi familia. Sé lo mucho que significa Felipe para usted, y como alguien que lo aprecia como a un hermano, deseaba darle la bienvenida con este gesto.
Julieta abrió la cajita. Al ver la joya —una pieza de incalculable valor, cuyo brillo opacaba a cualquier adorno de su propia familia—, el rostro de la prometida se contrajo. En lugar de percibir generosidad, su mente envenenada por la envidia vio el regalo como un ataque pasivo-agresivo: una demostración descarada de la abrumadora riqueza y superioridad social de los Westfall.
Julieta cerró la caja de un golpe seco que resonó contra la piedra del invernadero.
—Agradezco su... profunda condescendencia, lady Melody —dijo Julieta con una voz susurrante y cargada de veneno—. Aunque no era necesario que se tomara tantas molestias en fingir que mi compromiso con Felipe no le afecta en lo más mínimo.
Melody parpadeó, completamente desarmada por el tono de la joven.
—¿Fingir? Creo que no me comprende, señorita Julieta. Estoy genuinamente complacida por ustedes dos. Felipe siempre ha sido la figura de un hermano para mí.
Julieta dejó escapar una risita ahogada, llena de amargura y desprecio.
—¿Un hermano? Por favor, lady Melody, no nos trate como a tontos. Todo el imperio sabe que soñaba despierta con convertirse en la condesa de Rosewood. Pero descuide, entiendo perfectamente que deba guardar las apariencias para no perder lo último que le queda de dignidad. Sin embargo, le aconsejo que no intente comprar mi simpatía con joyas familiares.
Sin dar tiempo a que Melody pudiera articular una sola palabra de defensa, Julieta dio media vuelta, haciendo volar la falda de su vestido, y se retiró a paso firme, dejando a la joven heredera plantada frente a la fuente, sumida en un mar de confusión y tristeza.