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Ámame, Esposo Mío

Ámame, Esposo Mío

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Matrimonio contratado / Aventura de una noche / Embarazo no planeado / Reencuentro / Completas
Popularitas:95
Nilai: 5
nombre de autor: ErKa

Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.

Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.

Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.

Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.

¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?

NovelToon tiene autorización de ErKa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap. 5 - Esa mujer está embarazada

Max contempló con preocupación a la mujer que tenía en brazos. Sin perder un segundo, sacó el celular y llamó a su médico particular.

—¿Sí, señor?

—Ven a mi oficina ahora mismo.

—¿Ahora, señor? ¿Se siente mal?

—No soy yo. No hagas tantas preguntas. ¡Ven a mi oficina ya!

Colgó y volvió a sujetar a la mujer que tenía contra el pecho. De un solo movimiento la levantó en brazos. En cuanto se abrieron las puertas del elevador, salió a toda prisa y la llevó a su despacho.

A esa hora todavía no había llegado ningún empleado, así que pudo llevarla hasta allí con libertad, sin las miradas curiosas de su personal. Pasaron casi veinte minutos esperando al médico. Mientras tanto, llamó a su asistente para que se presentara de inmediato en la oficina.

Esa mañana, sin saber bien por qué, había sentido la necesidad de llegar temprano. Tenía demasiadas cosas en la cabeza. Además de los asuntos del trabajo, lo tenía estresado su prometida, y lo estresaba todavía más pensar en la mujer a la que había tratado de una manera tan injusta.

En el fondo, se sentía muy culpable y profundamente avergonzado de lo que había hecho. En toda su vida jamás había obligado a una mujer a acostarse con él. Pero el alcohol le había nublado el juicio. La había confundido con su prometida y había descargado en ella toda su rabia. Había intentado someterla con su propio cuerpo.

Miró a la mujer que había recostado en el sofá. Pobre. Qué mala suerte había tenido al cruzarse con un hombre como él. Lo que le había hecho quizá la dejaría traumatizada de por vida. Una indemnización de doscientos mil dólares no alcanzaba, ni de lejos, para curar ese trauma. Cada vez que lo veía, temblaba de miedo. Tal vez debía hacerse responsable de su salud mental. Tenía que ayudarla a sanar de verdad.

Toc, toc, toc.

—Adelante.

Gerardo, el asistente del director, entró en el despacho.

—¿Por qué no me avisó, señor, que…?

Se interrumpió al ver a la mujer acostada en el sofá.

—¿Q-qué… qué pasó, señor?

—Es la muchacha de aquella vez.

—¿Q-qué le pasó? ¿Por qué está aquí, en su despacho? Usted… usted n-no la volvió a f-forzar, ¿verdad? —tartamudeó Gerardo, tratando de ordenar lo que tenía en la cabeza.

—¡No soy ninguna bestia!

La respuesta de Max fue tan fría y cortante que a Gerardo le dio un escalofrío.

—P-perdón, señor… N-no quise decir…

—Ya, olvídalo. La muchacha se desmayó de repente y la traje aquí. Encárgate tú de lo demás.

—¿A qué se refiere, señor?

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

—E-está bien, señor.

No tuvieron que esperar mucho más. El doctor Zacarías llegó con cara de recién levantado y el rostro sudoroso.

—¿En qué puedo ayudarle, señor? ¿Qué le duele?

Se acercó a Max de inmediato, con el semblante lleno de preocupación. El doctor Zacarías era la tercera generación de médicos de la familia Montenegro. Antes que él, su padre y su abuelo habían atendido al padre y al abuelo de Max.

—No soy yo el enfermo. Revísala a ella. Se desmayó justo enfrente de mí.

Max señaló a Camila, que yacía débil e indefensa. Zacarías dirigió entonces su atención a la mujer que le indicaban y no pudo evitar extrañarse. En todos los años que llevaba como médico de la familia, jamás había atendido a nadie que no fuera un Montenegro.

¿Por qué el joven director lo llamaba tan temprano y lo hacía venir hasta su oficina solo para revisar a esa mujer? Mirándola bien, era linda, de rasgos tiernos; tenía la piel blanca y el cuerpo menudo. Pero su belleza no podía compararse con la de la prometida del joven director. Era imposible que él engañara a una prometida tan extraordinaria por una chica tan común, ¿o no? Además, por la ropa que llevaba, aquella muchacha parecía una simple empleada del escalafón más bajo de la empresa. Entonces, ¿qué se traía el joven director?

—¡Revísala de una vez!

—Eh, sí, claro, señor…

Nervioso, el doctor Zacarías sacó varios instrumentos de su maletín. Primero tomó el estetoscopio y le auscultó el corazón a la joven. Después sacó el baumanómetro digital y le midió la presión. Por último, le colocó cuatro dedos sobre la muñeca para sentirle el pulso con atención. Le dedicó casi diez minutos a esa primera revisión, con calma y total concentración. Cuando por fin estuvo seguro, se puso de pie frente a Max, listo para darle su diagnóstico.

—¿Y bien? —preguntó Max, con un dejo de preocupación en la voz.

—Tiene la presión baja, 100/80; la frecuencia cardiaca está en 90 latidos por minuto, más rápida de lo normal. Y el pulso también está más acelerado de lo habitual…

—¿Y en conclusión? —lo apremió Max, harto de lo que le parecían demasiados rodeos.

—Mi diagnóstico preliminar es que esta mujer tiene pocas semanas de embarazo, y que se encuentra débil y desnutrida. Para tener más certeza, convendría llevarla con un ginecólogo para que le hagan estudios más detallados, señor.

¡CATAPLÚN!

—¡¿Q-qué… qué?!

Max sintió como si le hubiera caído un rayo encima. El mundo empezó a darle vueltas. No lograba enfocar la vista y el cuerpo se le tambaleó. Se aferró de inmediato al borde del escritorio para no caerse.

—¿Se encuentra bien, señor? —Gerardo se colocó a su lado y lo tomó del brazo, preocupado.

Max trató de reponerse de la impresión. Sacudió la cabeza varias veces, intentando despejar los puntitos de luz que le bailaban frente a los ojos.

—E-estoy bien.

Retiró el brazo que Gerardo todavía le sujetaba e intentó recuperar el control de la situación.

—Muy bien, gracias. Ya te puedes ir.

Agitó la mano en el aire, como quien espanta una mosca, para despachar a Zacarías.

—Muy bien, señor. Entonces me retiro…

—Recuerda: de esto ni una palabra —le advirtió Max con frialdad.

—Como siempre, señor. Guardar la confidencialidad de mis pacientes es mi responsabilidad.

—Vete.

—Sí, señor…

Y el doctor Zacarías se retiró. De las tres generaciones de ricos a las que había servido su familia, el carácter de Max era, sin duda, el más difícil de descifrar. Zacarías había intentado de mil maneras acercarse a él, pero todo había sido en vano. El joven director seguía siendo frío, parco, soberbio y de mal genio. Aun así, por la expresión que había puesto, creía entender, más o menos, qué clase de relación había entre esa muchacha y él.

Estaba noventa y nueve por ciento seguro de que el hijo que esperaba esa mujer era del joven director. Aquello prometía convertirse en el mayor escándalo que esa honorable familia hubiera enfrentado jamás.

Cuando Zacarías se fue, Max se quedó mirando a Camila con la mente en blanco. No tenía idea de cómo debía tratarla. Al principio había pensado que la muchacha solo estaba agotada y que quizá necesitaba un psiquiatra para superar el trauma. Estaba más que dispuesto a ayudarla a recuperar la salud y a pagarle un psiquiatra para que sanara por dentro. Pero de pronto había pasado lo que jamás se le habría ocurrido. ¡La muchacha estaba embarazada! ¡Y estaba cien por ciento seguro de que el bebé que llevaba en el vientre era suyo!

¡¿Y ahora qué demonios voy a hacer?!

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