Ella es maltratada por su familia hasta que un golpe en la cabeza cambia su personalidad y saca su lado más despiadado
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Capitulo 17
—Siendo así, entonces no hay nada más que decir. Bienvenida a la familia, querida —dijo la emperatriz con una cálida sonrisa.
Tomé la taza de té que había preparado para ella y se la entregué.
—Gracias, majestad.
Después de despedirnos, Kamali y yo abandonamos el salón.
Caminamos unos pasos en silencio hasta que recordé algo importante.
—Necesito que me hagas un favor, esposo.
Kamali se detuvo inmediatamente.
Me miró y acarició suavemente mi mejilla.
—Lo que quieras, mi princesa.
Sentí que mis mejillas se calentaban.
Este idiota...
Siempre conseguía hacerme sonrojar.
¡Y a estas horas del día!
Aparté la mirada para que no pudiera verme demasiado avergonzada.
—¿Puedes mandar a buscar a mi sierva? Por favor.
Kamali asintió con una sonrisa.
—Por supuesto.
—Gracias.
Me quedé mucho más tranquila.
Al menos Mane estaría a salvo conmigo nuevamente.
Mientras tanto...
Gael llegó a la mansión de su familia completamente destrozado.
Tenía los ojos rojos y las lágrimas todavía corrían por sus mejillas.
Apenas cruzó las puertas, varios sirvientes se quedaron mirándolo con sorpresa.
Mi hermanastra, que se encontraba en uno de los salones, escuchó los sollozos y salió rápidamente.
Al verlo, palideció.
—Gael...
Él ni siquiera respondió.
Caminó unos pasos y terminó dejándose caer en un asiento, cubriéndose el rostro con las manos.
Mi hermanastra lo observó aterrada.
No sabía qué había ocurrido.
Pero al verlo llorar de aquella manera, solo pudo pensar en una cosa.
¿Aine murió?
Después de todo, aquella noche era la noche de bodas de Aine con el príncipe Kamali.
Y todos conocían la reputación del príncipe.
Mi hermanastra sintió una extraña mezcla de alivio y miedo.
Si Gael estaba llorando así, seguramente algo terrible había ocurrido.
—¿Qué pasó? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Qué le sucedió a Aine?
Gael levantó lentamente la mirada.
Sus ojos estaban llenos de desesperación.
Y al verlo así, mi hermanastra estuvo cada vez más convencida de que Aine había muerto en su noche de bodas.
Mi hermanastra intentó ocultar la felicidad que había comenzado a aparecer en su rostro.
—¿Ella murió? —preguntó, fingiendo preocupación.
Gael negó con la cabeza.
—No.
Ella parpadeó, confundida.
—¿Entonces qué ocurrió?
Gael apretó los puños y bajó la mirada.
—No fue así...
Su voz se quebró.
—Ella no quiso venir conmigo.
Mi hermanastra se quedó completamente desconcertada.
—¿Qué quieres decir?
Gael levantó la mirada hacia ella.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Aine se quedó con él.
Ella sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Con el príncipe?
Gael asintió.
—Sí.
Mi hermanastra no podía entenderlo.
Se suponía que Aine debía morir.
Se suponía que el príncipe Kamali la mataría en cuanto descubriera que habían cambiado a las novias.
Entonces...
¿Por qué seguía viva?
Y, peor aún...
¿Por qué había decidido quedarse a su lado?
—No lo entiendo... —murmuró ella.
Gael cerró los ojos con fuerza.
—Yo tampoco.
Por primera vez, mi hermanastra comprendió que algo había salido completamente diferente de lo que habían planeado.
—¡Maldita sea! ¿Cómo es posible? —gritó mi hermanastra.
La rabia se apoderó de ella.
Tomó un objeto de la mesa y lo lanzó contra el suelo. Después comenzó a tirar todo lo que encontraba a su alcance.
—¡No puede ser!
—¡Basta! —le gritó Gael—. Si mi madre te ve haciendo esto, se va a enojar.
Mi hermanastra se volvió hacia él.
—¡¿Y a mí qué me importa?!
Lo golpeó con fuerza en el pecho, completamente fuera de sí.
—¡Todo esto debía ser mío!
Gael la miró sin entender.
Pero ella ya había tomado una decisión.
No iba a quedarse sentada esperando.
Si Aine había conseguido sobrevivir y convertirse en la esposa de un príncipe, entonces ella iría personalmente al palacio.
No permitiría que Aine se quedara con aquello que consideraba suyo.
Se limpió las lágrimas y apretó los puños.
—No voy a dejar que sea la esposa de un príncipe...
Su expresión cambió.
—Esa gloria debería ser mía.
Y sin decir una palabra más, decidió ir al palacio para reclamar el lugar que, en su mente, siempre le había pertenecido.
Yo estaba en el palacio imperial.
Durante toda mi vida había usado vestidos viejos porque las mejores telas, las joyas y todo lo más hermoso siempre terminaban en manos de mi hermanastra.
Pero ahora todo había cambiado.
Mi esposo había mandado traer para mí los vestidos más hermosos que había visto en toda mi vida.
También había enviado numerosas joyas.
Y, lo más importante de todo, había mandado buscar a mi sierva.
Cuando Mane entró en mis aposentos, corrió hacia mí.
—¡Mi señorita! ¡Estaba tan preocupada por usted! Tuve mucho miedo... Pero cuando vinieron a buscarme, me puse muy feliz.
Sonreí y le acaricié la cabeza.
—Todo está bien. Mira los vestidos que me trajo mi adorado esposo.
Mane abrió los ojos al verlos.
—Son preciosos...
—Lo sé.
Ella me ayudó a cambiarme.
Elegí un hermoso vestido amarillo y rojo que hacía resaltar las joyas que Kamali me había regalado.
Después nos sentamos a tomar el té tranquilamente.
Por primera vez, podía disfrutar de algo tan sencillo sin tener que preocuparme por quién vendría a quitármelo.
Hasta que escuchamos un terrible escándalo en el exterior.
—¡Quiero hablar con el príncipe!
Las voces de los sirvientes comenzaron a escucharse por todo el pasillo.
—¡Hay una mujer usurpando un lugar que me pertenece!
Los sirvientes comenzaron a cuchichear entre ellos.
Yo dejé lentamente mi taza sobre la mesa.
Entonces ella entró.
Mi hermanastra.
Pero en cuanto me vio, se quedó inmóvil.
Sus ojos recorrieron mi vestido.
Después las joyas.
Y finalmente mi rostro.
La sorpresa de verla se transformó rápidamente en furia.
—¡Quítate eso! —gritó—. ¡Es mío, usurpadora!
Mane se levantó indignada.
Yo, en cambio, permanecí sentada.
No tenía ninguna intención de discutir con ella.
Porque ahora conocía a Kamali.
Sabía que era despiadado con cualquiera que se atreviera a desafiarlo.
Con todos menos conmigo.
Y mi hermanastra acababa de entrar al palacio, insultar a su esposa y exigirle que se quitara las joyas que él mismo le había regalado.
La observé en silencio.
Pobre de ella.
Todavía no entendía dónde se había metido.
Y yo tampoco pensaba salvarla.
Porque si había algo que había aprendido desde que me convertí en la esposa de Kamali, era que él no necesitaba que nadie defendiera lo que consideraba suyo.
Y ella acababa de ponerse frente a él por voluntad propia.