Dos años pasaron y finalmente los Guardianes se volvieron a reunir luego de todo este tiempo.
*Segunda parte de Guardianes de la Luna: Reliquias de Selene
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Capítulo 10: La Guarida bajo la mansión embrujada
NARRADOR OMNISCIENTE
Habían vuelto a la Guarida. Era oscura y olía a sangre y humedad entremezcladas. Se encontraba debajo de una mansión abandonada que luego fue catalogada como inhabitable debido a una serie de irregularidades que se hallaron en la estructura de la casa, tanto por dentro como por fuera. Además, de que había sido embrujada por una bruja oscura que fue cruelmente violada por el dueño de la mansión quien simplemente se burló de ella hasta el punto de decir que ella lo había provocado.
Entonces la bruja entró a la Mansión en mitad de la noche y puso un embrujo en la casa, la maldijo.
«Toda mujer que pusiera un pie en esa casa se conocería el dolor a su lado.»
El dueño sin creer en las palabras de la bruja, trajo a su primera esposa la cual terminó en un psiquiátrico, después se volvió a casar y la segunda esposa murió tras caerle un candelabro encima, un tiempo después se casó de nuevo y tras varios años de matrimonio tuvieron a su primer hijo el cual murió a los pocos meses por muerte de cuna.
Los años pasaron y el dueño comenzó a comprender el significado de la maldición. Él mismo se estaba consumiendo en llamas del poder y la riqueza. Y todas las mujeres con las que se casó todas sufrieron el mismo dolor a su lado. Tras varios años y relaciones que fracasaron. El dueño de nombre Viktor murió finalmente entendiendo que fue un monstruo.
Entonces Cedric al saber esto usó el lugar como la Guarida perfecta. Una Guarida subterránea.
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Los tres habían regresado sin el anillo tras haber invocado al Lobo de Cristal para robar uno de sus mechones, había sido complicado, pero gracias a Dmitri pudieron conseguirlo.
—Por fin, logramos conseguir el mechón—Dijo Liliana admirando el inmaculado mechón blanco dentro del pequeño frasco de vidrio.
—Pues sí, de no haber sido por Dmitri—Le replicó Damien a Liliana tras quitarse la máscara blanca del rostro y lanzar un largo suspiro—, es tu culpa que no hallamos podido conseguir lo demás. Cedric nos hará desear la muerte.
En ese momento Dmitri se acercó a los dos con una expresión de fastidio que los hizo callar al instante.
—Dejen de pelear. Tienen suerte de que hallamos conseguido ese maldito mechón, además su desempeño en esta misión fue un asco. La próxima vez iré solo, ustedes son demasiado escandalosos.
Dmitri se alejó llevándose el frasco tras quitarse la máscara blanca. Dejando ver su rostro. Sus rasgos eran burdos y perfectos, sus ojos grises como la plata eran afilados y crueles. Su cabello era más largo, arriba de los hombros, atado en una coleta baja y se parecía mucho a su tío Cedric y su padre Rhaegar.
Era más alto. Su aura era oscura y a la vez impotente. Luego de dos años todos los discípulos de Cedric entendieron por qué este había elegido a Dmitri como recipiente.
Nadie se atrevía a desafiarlo. No por miedo. No por respeto. Si no por algo mucho peor. Nadie que le faltara el respeto o lo desobedeciera vivía para contarlo.
Llegó a su habitación. Era pequeña. Sencilla, pero funcional. Su cama estaba a lado de la pared piedra. La luz del atardecer entraba por la ventana como finos hilos dorados dibujando finas estelas de polvo flotando perezosamente en el espacio frío del lugar.
Los muebles que habían tenido mejores días, ahora estaban deteriorados y llenos de polvos. Proyectaban sombras alargadas ocupando todo el espacio.
Miró por la ventana viendo el cielo teñirse de colores anaranjado suave y púrpura dando paso a la luna. Soltó un largo suspiro cargado de un cansancio que ya había experimentado demasiadas veces.
Dejó el frasco con el mechón sobre el escritorio. Luego se lo entregaría a Cedric cuando volviera de su búsqueda de información, así era como él lo llamaba cuando necesitaba algo para alguna de sus turbias investigaciones científicas.
Se dejó caer en la cama sintiendo la suavidad de la manta gris que cubría la cama dejando aún lado su máscara y armas. De forma instintiva tocó su hombro, justo donde descansaba la marca de la luna y la serpiente desde hacía ya dos años.
De alguna manera el sello que Adler le había puesto prevalecía, mientras que el hechizo que Aeryn puso era intermitente, a veces se iba y otra simplemente prevalecía ocultando la marca en ocasiones, pero allí estaba acompañándolo cada segundo del día, sin descanso. Siendo consciente del enorme poder que esta le brindaba.
Además, gracias al entrenamiento que recibió había despertado habilidades que sus ancestros se habían encargado de borrar de su linaje entre ellas la magia rúnica escarlata. Un tipo de magia que constaba del uso de la sangre para crear sellos rúnicos sobre la piel que brillaban en un color dorado oscuro que intensifican las habilidades del usuario. Entre ellas la sanación de heridas, velocidad, fuerza y resistencia en combate, además de poseer la habilidad de telequinesia de mover cualquier objeto.
Dmitri había aprendido a usar ese tipo de magia. Sin embargo, no la usaba demasiado porque no lo consideraba muy necesario. Además, era desperdiciar energía innecesariamente.
Miraba el techo de piedra en medio de la oscuridad de la noche dándose cuenta de que dentro de un año dejaría de ser él y sería el recipiente de Cedric.
Pero sí ese era el precio para obtener el poder que tanto deseaba... que así fuera.
Cerró los ojos tratando de descansar un poco, cuando escuchó un grito desgarrador que rompió el silencio dentro su habitación. No hizo falta salir para saber que otro experimento de Cedric había fracasado. Eran pocos los que soportaban la marca, pero quienes la soportaban eventualmente iban perdiendo la cordura hasta el punto de solo ser un arma inútil y peligrosa que debía ser eliminada.
Aún recordaba cuando peleó contra Cassius Crown. La locura en sus ojos, su sed de sangre, la fuerza sobrehumana que poseía y que iba más allá de los límites.
Le hicieron pensar en que él era uno de los pocos que había conseguido sobrevivir.
Se quedó recostado hasta que el sueño lo venció por completo.