Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 10: Nuestra primera noche
Oriana.
Jonás abrió la puerta del apartamento y me hizo una señal para que entrara primero.
Apenas crucé el umbral, me quedé sorprendida al descubrir que había preparado algo especial para nosotros. Todo tenía un aire romántico. Me volví hacia él con una sonrisa, todavía sosteniendo mi pequeño ramo de flores.
—¿Preparaste todo esto? —pregunté.
—Quería que nuestra primera noche como esposos fuera inolvidable.
No tuve tiempo de responder. Jonás cerró la puerta, se acercó a mí y, antes de que pudiera anticipar sus intenciones, pasó un brazo por mi espalda y otro por debajo de mis piernas.
—¡Jonás! —exclamé, soltando una carcajada.
Me levantó en brazos, como una novia de cuento.
—¿Qué haces?
—Llevando a mi esposa a la habitación.
—Puedo caminar, ¿sabes?
—Lo sé, pelirroja. Pero hoy quiero consentirte.
Rodeé su cuello con mis brazos y acerqué mi rostro al suyo.
—Eres un hombre bastante caprichoso.
—Y tú acabas de casarte conmigo.
Me besó antes de continuar caminando. Aquel beso comenzó siendo dulce, pero pronto se volvió más profundo. Sentí sus labios buscar los míos con una pasión que me hizo olvidar cualquier otra cosa.
Cuando llegamos a la habitación, me dejó cuidadosamente sobre la cama, aunque no se apartó de mí. Permaneció cerca, apoyando una mano a cada lado de mi cuerpo.
—Mi esposa —susurró.
Sonreí.
—Mi esposo.
Volvió a besarme.
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Jonás.
Había imaginado aquella noche muchas veces, pero ninguna de mis fantasías se acercaba a lo que significaba tenerla finalmente entre mis brazos, sabiendo que ahora era mi esposa.
Oriana estaba frente a mí, con las mejillas ligeramente sonrojadas y una sonrisa nerviosa que me resultaba imposible no encontrar adorable.
Le acaricié la mejilla con el dorso de los dedos.
—¿Estás bien, pelirroja?
—Sí —respondió, aunque su voz delataba cierto nerviosismo.
—¿Segura?
Asintió y apoyó una mano sobre mi pecho.
—Estoy un poco nerviosa.
Sonreí antes de inclinarme para besarle la frente.
—No tienes que estarlo. No tenemos ninguna prisa, si quieres esperan para consumar nuestra matrimonio... tenemos todo el tiempo del mundo.
Y era cierto. La deseaba muchísimo, pero por encima de todo quería que se sintiera segura conmigo. No quería que recordara aquella noche por los nervios, sino por la manera en que la había amado.
—Te amo, pelirroja —murmuré contra su frente.
—Yo también te amo.
La besé. Al principio fue un beso suave, casi tímido, pero pronto sus labios comenzaron a responder a los míos con una seguridad que me hizo sonreír. Sus manos subieron hasta mi nuca y me atrajeron hacia ella, acortando la poca distancia que todavía nos separaba.
Mis manos recorrieron lentamente su espalda, mientras ella se acercaba hasta quedar completamente pegada a mí.
Nos separamos apenas para respirar.
—Quiero que sea especial para ti —le susurré.
Oriana sostuvo mi rostro entre sus manos.
—Lo será porque estoy contigo.
Aquellas palabras terminaron de desarmarme.
Después de asegurarnos de que ambos estábamos cómodos y de tener protección, volvimos a encontrarnos en un beso que ya no tenía nada de tímido.
La recosté delicadamente sobre la cama y me incliné sobre ella, sin dejar de buscar su mirada. Le aparté el cabello del rostro y besé su frente, sus mejillas y después sus labios. Ella sonrió entre besos y acarició mi espalda, haciéndome comprender que también deseaba aquella cercanía.
La noche avanzó entre caricias, besos cada vez más profundos y palabras pronunciadas en voz baja. Nos descubrimos sin prisas, prestando atención a cada reacción, aprendiendo qué nos hacía sonreír y cuándo necesitábamos detenernos un instante para volver a besarnos.
Cuando finalmente nos entregamos a nuestra intimidad, no pude evitar sentir que estaba viviendo algo que había esperado mucho más de lo que imaginaba.
Oriana era mi esposa. Y aquella noche no quería ser solamente el hombre que la hacía sentir deseada; quería ser también aquel en quien pudiera confiar siempre.
...****************...
Oriana.
Nunca había estado tan cerca de alguien de aquella manera.
Jonás era mi esposo, el hombre al que había elegido para compartir mi vida, pero aquella noche estábamos descubriendo una parte completamente nueva de nuestra relación.
Me acarició el cabello y depositó un beso en mis labios. Sonreí al sentir cómo sus brazos me rodeaban con fuerza, aunque sin perder aquella delicadeza que tanto me gustaba de él.
—No sabes cuánto te amo —susurré.
—Creo que voy a pasarme el resto de mi vida intentando compensartelo.
Solté una pequeña risa y lo atraje hacia mí para besarlo nuevamente.
Poco a poco, los nervios fueron desapareciendo. Ya no pensaba en si estaba haciendo las cosas bien ni en lo que debía decir. Solo quería disfrutar de tenerlo conmigo.
Sus labios encontraron los míos una y otra vez, mientras mis dedos se perdían entre su cabello. Acaricié sus hombros y su espalda, descubriendo que podía sentirme cada vez más cómoda entre sus brazos.
Jonás no dejaba de mirarme. Había deseo en sus ojos, pero también una ternura que me hacía sentir especial.
—¿Todo bien? —preguntó en un susurro.
Sonreí y asentí.
—Todo perfecto.
Me besó nuevamente y apoyé la frente contra la suya durante unos segundos. Aquella cercanía, sus caricias y la manera en que pronunciaba mi nombre hacían que el mundo exterior pareciera desaparecer.
Encontramos nuestro propio ritmo, alternando besos, abrazos y pequeños momentos de complicidad. Él estuvo pendiente de mí en todo momento, y esa consideración hizo que pudiera abandonarme a la experiencia sin sentir miedo ni vergüenza.
Aquella noche compartimos nuestra primera vez como marido y mujer.
No fue una escena perfecta como las de las películas. Hubo nervios, sonrisas, algunas palabras entrecortadas y momentos en los que simplemente nos quedamos mirándonos.
Pero fue nuestra.
Y cuando finalmente me acomodé entre sus brazos, con la cabeza apoyada sobre su pecho, comprendí que no podía haber elegido a alguien mejor para compartir aquel momento.
Jonás besó mi cabello y me estrechó contra él.
—Buenas noches, esposa mía.
Sonreí sin levantar la cabeza.
—Buenas noches, esposo mío.
Y por primera vez desde que nuestras vidas se habían cruzado, tuve la certeza de que estaba exactamente donde quería estar.