Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.
Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.
Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.
Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".
Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.
Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.
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Capítulo 2 - El gatito del muro
Caminé las seis cuadras hasta mi casa con el bolso pegado al pecho. El gatito se movía poco, pero sentía su calor a través de la tela. Cada vez que alguien pasaba cerca, apretaba el bolso más fuerte. Tenía miedo de que maullara y me preguntaran qué llevaba. No maulló. Parecía entender que tenía que estar callado.
Mi casa es chica, de dos pisos, con la pintura un poco descascarada en la entrada. Mi madre estaba en la cocina, picando cebolla. Me gritó desde adentro, llegaste tarde. Le dije que me quedé en la biblioteca. No era mentira. Dejé la mochila en el suelo del living y subí corriendo a mi pieza con el bolso. Cerré la puerta con seguro.
Saqué al gatito y lo puse sobre mi cama. Era más flaco de lo que parecía en la calle. Se le notaban las costillas y tenía los ojos pegados por lagañas amarillas. Olía a basura y a humedad. Me dio pena. Fui al baño y traje una toalla vieja, un poco de agua tibia en un tazón y mi pañuelo. Le limpié los ojos con mucho cuidado. Lloró un poco, un sonido chiquito. Le dije, ya está, ya está, tranquilo. Y en mi cabeza escuché clarito, tengo hambre.
Me quedé quieta. No era la primera vez que escuchaba algo así. Ayer con el caballo me había pasado igual. Pensé que me estaba imaginando cosas por el estrés, pero esta vez fue muy claro. No era una voz humana. Era como un pensamiento que no era mío y que aparecía de golpe.
Bajé a la cocina y saqué un poco de pollo que había sobrado del mediodía. Lo piqué chiquito y lo subí escondido en una servilleta. Mi madre me preguntó qué hacía. Le dije que tenía hambre. Me miró raro porque nunca como pollo frío, pero no dijo nada. En mi pieza puse el pollo en una tapita de botella y se lo acerqué. Comió muy rápido, como si no hubiera comido en días. Después tomó agua y se quedó dormido sobre la toalla, con la panza redonda.
Lo miré dormir un rato largo. Era negro entero, con una manchita blanca en el pecho que parecía una estrella. Le puse de nombre Tizón. No sé por qué. Me salió. Le dije en voz baja, Tizón, te vas a quedar acá esta noche y mañana vemos qué hacemos. Abrió un ojo, me miró y escuché, caliente, gracias. Me reí sola. Primera vez en mucho tiempo que me reía de verdad en mi pieza.
Esa noche no dormí bien. Me despertaba a cada rato para ver si estaba bien. A las tres de la mañana se subió a mi almohada y se acurrucó contra mi cabeza. Ronroneaba fuerte. Me acordé del caballo de la mañana. Me acordé del gorrión de la biblioteca. Tres animales en dos días. Antes ni uno se me acercaba. Mi madre siempre decía que los animales sienten cuando una persona está enojada por dentro. Yo había estado enojada mucho tiempo. Ahora no.
Al otro día me levanté antes de que sonara la alarma. Le dejé agua limpia a Tizón, le cerré la ventana para que no se cayera y le puse mi chaleco viejo como cama. Le dije que volvía temprano. Bajé. Mi madre me dijo que tenía ojeras. Le dije que había estudiado mucho.
En la academia, dejé mis cosas y me fui directo a la biblioteca. Quería devolver el libro de cuidados básicos y pedir otro. La señora Lía me vio y me dijo, te guardé uno sobre alimentación de gatos callejeros, pensé que te iba a servir. Me quedé helada. Le pregunté cómo sabía. Me dijo que ayer te vi con el bolso moviéndose y te conozco desde que tienes ocho años. Me guiñó un ojo y no dijo más. Me dio el libro.
En el recreo, me fui al fondo del patio, detrás del invernadero viejo que nadie usa. Ahí había un cobertizo de madera donde guardan las herramientas del jardinero. Estaba abierto. Metí a Tizón ahí en la mañana antes de entrar a clases, en una caja de cartón con agujeros. Le había dejado agua y un poco de pan. Cuando llegué, estaba dormido y había dos gorriones parados en el techo del cobertizo, mirando hacia adentro. No se fueron cuando me acerqué.
Leo apareció por el camino de tierra. Traía una manzana en la mano. Me dijo, ¿estás escondiendo algo? Me puse nerviosa. Le dije que no. Él miró la caja y escuchó un maullido bajito. Se agachó y abrió un poco la caja. Vio a Tizón y sonrió. Me dijo, yo tuve uno igual cuando era chico. Se llamaba Mancha. No me delató. Se sentó a mi lado en el suelo y me preguntó si sabía cómo cuidarlo. Le dije que estaba leyendo sobre eso.
Hablamos como media hora. Me contó que su madre es enfermera y que a veces lleva animales heridos a su casa. Me contó que el caballo blanco de ayer, el que se soltó, es del establo del rey. Que el rey Silas, el hijo del rey viejo, viene a veces a revisarlo porque le gustan los caballos. Yo no sabía quién era el rey Silas. Solo había escuchado que era joven y que no vivía en el castillo grande, sino en una casa más chica cerca del pueblo.
Leo me ayudó a limpiar la caja y me dijo que si quería, mañana podía traer leche sin lactosa que le sobró a su vecina. Le dije que sí. Antes de irse, me dijo, se te ve distinta esta semana. Le pregunté distinta cómo. Me dijo, más tranquila, como si no estuvieras esperando a nadie.
Cuando se fue, me quedé sola con Tizón. Lo saqué de la caja y lo puse en mi regazo. Ronroneaba. Le dije, creo que voy a necesitar un lugar para animales como tú. No una caja. Un lugar de verdad. En mi cabeza escuché su voz otra vez, chiquita, que decía, casa, casa grande. Me reí y le dije, sí, una casa grande para todos.
Esa tarde, caminando de vuelta con la caja vacía en la mano porque a Tizón lo dejé en el cobertizo con permiso del jardinero, que es amigo de la señora Lía, pasé por la calle principal del pueblo. Vi un local cerrado, con el vidrio sucio y un cartel que decía se alquila. Era chico, con una puerta de madera y una ventana grande. Me paré enfrente y me imaginé adentro, con estantes, con mantas, con tazones de agua, con Tizón durmiendo en la entrada. Por primera vez en mucho tiempo me imaginé un futuro que no tenía a Kian adentro.
Saqué mi cuaderno y escribí en la última página, con letra chica, el nombre que se me había ocurrido en la biblioteca: El Susurro Salvaje. Abajo escribí, clínica veterinaria, 24 horas. Lo leí dos veces y sentí algo caliente en el pecho, como cuando tomas té en invierno.
No sabía cómo lo iba a hacer. No tenía dinero. No tenía permiso de mi madre. Pero tenía a Tizón, tenía a dos gorriones que me seguían y tenía un local vacío que me miraba como si me estuviera esperando.