Serena es obligada a convertirse en la segunda esposa del hombre que la odia, creyéndola la asesina de su hermano. En ese infierno de desprecio y bajo la atenta y furiosa mirada de la esposa por herencia del Alfa—quien ahora tiene que verla todos los días bajo el mismo techo—, el lazo de la luna comienza a arder entre el Alfa y su segunda esposa en contra de su voluntad. Atados por la ley de la sangre y la traición, la verdad está a punto de salir a la luz... y la venganza será implacable.
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Capítulo 9
El ambiente en la mansión Smith era de un silencio sepulcral, espeso y sofocante. El gran salón, que la noche anterior resplandecía entre luces de cristal, música y brindis, se había transformado en una capilla ardiente impregnada de un denso olor a cirios de cera y arreglos florales de lirios blancos.
Cientos de personas abarrotaban el lugar. Miembros de la alta sociedad, guerreros, ancianos del consejo y representantes de manadas vecinas caminaban en una procesión lenta y silenciosa, desfilando frente al imponente ataúd de madera oscura donde yací el cuerpo sin vida de Jacob. Los murmullos de dolor se mezclaban con las miradas de indignación y sed de venganza; la manada entera sufría la pérdida de su Alfa menor y exigía la cabeza de la responsable.
En la línea de luto, la matriarca Karen recibía los pésames con el rostro de piedra y los ojos hinchados de tanto llorar, mientras Selma, a su lado, vestida de un riguroso luto negro, fingía un dolor devastador, inclinando la cabeza con lágrimas calculadas cada vez que un miembro del clan le ofrecía sus condolencias. Por dentro, Selma se ahogaba en su propia culpa y rabia, pero mantenía su papel con una frialdad milimétrica.
James, vestido con un traje completamente negro que resaltaba la palidez de su rostro y la dureza implacable de sus facciones, estrechaba manos y asentía en silencio ante los abrazos de consuelo. Sin embargo, su mente no estaba en el salón. La ira y el dolor le quemaban las entrañas como un fuego fuera de control.
Sin decir una sola palabra a los presentes, James se giró, abandonó la multitud y se encaminó hacia los pasillos traseros. Sus pasos firmes y pesados resonaron en las escaleras de piedra que descendían hacia las profundidades de la mansión, adentrándose en la penumbra helada de los calabozos.
El aire abajo se volvió denso, húmedo y cargado del olor a moho y sangre seca. Los guardias apostados en la entrada se hicieron a un lado al ver llegar a su nuevo líder, inclinando la cabeza en señal de respeto.
James caminó por el pasillo de celdas hasta detenerse frente a la última puerta de hierro pulido. Al otro lado de los barrotes, sumida en la oscuridad y acurrucada sobre el suelo frío, estaba Serena. El vestido de seda marfil estaba arruinado, sucio y rígido por la sangre de Jacob, y su cuerpo no dejaba de temblar.
Al escuchar las botas pesadas, Serena levantó la cabeza con lentitud. Sus ojos, rojos y exhaustos de tanto llorar, se fijaron en la figura imponente de James.
James se agarró a las barras de hierro con ambas manos, nudillos blancos por la fuerza que ejercía. Sus ojos dorados brillaban con una furia descontrolada y una pena desgarradora.
—¿Por qué lo hiciste, Serena? —preguntó James, con una voz ronca y cargada de dolor, apretando los barrotes hasta que el metal crujió bajo su agarre—. No lo entiendo... Jacob te amaba.
Serena se arrastró por el suelo de piedra hasta quedar a pocos centímetros de la celda, alzando la mirada hacia él con el rostro bañado en lágrimas y la voz rota.
—Yo no lo asesiné... Te lo juro por mi vida, yo lo amaba —suplicó ella, juntando las manos manchadas en un gesto desesperado—. ¿Qué sentido tenía que yo lo hiciera? ¿Con qué motivo? Por favor... tienes que creerme.
—¡Por supuesto que no te creo! —gruñó James en un rugido feroz que hizo retumbar las paredes de la celda, golpeando los barrotes de hierro con un puñetazo violento que resonó en todo el calabozo—. ¡Tus manos están manchadas con la sangre de mi hermano!
Serena dio un brinco por el impacto, sollozando con más fuerza. El dolor del desprecio y la acusación injusta le desgarraban el alma. Con el corazón en la garganta y una repentina punzada de angustia por los suyos, levantó la mirada y preguntó con voz temblorosa:
—¿Dónde están mi padre y mis hermanos?
James la miró desde arriba con una frialdad gélida, una mueca de desprecio amargo dibujándose en sus labios.
—Se largaron... te dieron la espalda —dijo James, con la voz dura y carente de piedad, manteniendo sus ojos dorados clavados en ella como si buscase el rastro de una confesión que se negaba a aparecer.
Serena sintió que el suelo bajo sus rodillas se desmoronaba. Sus labios temblaban de forma incontrolable, incapaces de emitir sonido alguno mientras el aire se le escapaba de los pulmones. ¿Su padre? ¿Sus hermanos? ¿Los mismos que la habían abrazado con orgullo la noche anterior, temblando de emoción por la suerte que la había tocado al lado de un Alfa, la habían abandonado a su suerte en el momento más oscuro de su vida?
—No... no es verdad... —murmuró Serena con un hilo de voz, aferrándose desesperadamente a los barrotes de hierro como si fueran su único ancla en el mundo—. Ellos no harían eso... Mi padre jamás me dejaría aquí...
—¿Por qué te sorprende? —espetó James con una amargura sorda, inclinándose ligeramente hacia delante para acortar la distancia entre ambos, con los nudillos blancos de tanto apretar el metal—. Cuando la verdad salió a la luz, cuando vieron las pruebas y el deshonor que cargabas sobre tus manos, no dudaron ni un segundo. La manada vecina les ofreció carretas para irse antes del amanecer. Ni siquiera pidieron ver tus restos antes de la ejecución. Te vendieron a cambio de salvar su propio pellejo.
El alma de Serena se desgarró por completo. El dolor físico de la celda, el trauma de haber sostenido a Jacob mientras la vida se le escapaba, y ahora la traición de su propia sangre se combinaron en una marea asfixiante que la hizo desplomarse contra el suelo frío, rompiendo en un llanto tan desgarrador y primitivo que parecía arrancado de sus entrañas.
James la observó desde el otro lado de los barrotes. En su interior, el odio y el dolor por la muerte de su hermano debían ser lo único que ocupara su mente, pero la intensidad del sufrimiento de Serena —esa desolación tan absoluta que no parecía la de una asesina calculadora, sino la de alguien que lo había perdido absolutamente todo— dejó una pequeña y molesta grieta de duda en su armadura.
Sin embargo, endureció los rasgos de su rostro, negándose a mostrar un ápice de debilidad o compasión.
—El consejo se reunirá esta noche —anunció James con voz gélida, enderezándose y ajustándose la chaqueta negra de luto—. No habrá piedad, Serena. Pagaras con tu vida la sangre de mi hermano.
Sin esperar respuesta, James dio media vuelta. Sus botas pesadas resonaron con eco implacable a lo largo del pasillo de piedra, alejándose en la penumbra y dejándola completamente sola en su celda, sepultada bajo el peso de la culpa ajena, el abandono y la ceniza de un futuro que ya nunca sería.