Me habría encantado renacer, como les ocurre a las protagonistas de esas novelas románticas que tanto me gusta leer. Despertar años atrás, evitar mis errores y no entregar mi corazón al hombre que terminaría destruyéndolo.
Pero la vida real no concede segundas oportunidades de esa forma.
Yo tuve que abrir los ojos por mí misma, enfrentar la verdad y comprender que marcharme no era perder... era salvarme.
Lucan Rivas creyó que sin él no era nadie, se equivocó. Porque no necesité volver al pasado para cambiar mi destino; solo necesité el valor de dejar atrás a quien nunca supo valorarme. Y mientras él descubría todo lo que había perdido, yo aprendía que la mejor versión de mí jamás había dependido de un esposo, sino de la mujer que siempre fui.
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Capitulo 16
Regresar al trabajo resultó mucho más sencillo de lo que había imaginado. Durante las primeras semanas pensé que entrar nuevamente a la oficina sería como regresar a una vida que ya no me pertenecía, como si al cruzar aquellas puertas tuviera que enfrentar de golpe todos los recuerdos de la mujer que había sido antes de que mi matrimonio terminara. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario. Apenas volví a encontrarme con los informes, las reuniones, las llamadas y los problemas que necesitaban una solución, sentí que una parte de mí comenzaba a recuperar lentamente el equilibrio. No porque hubiera dejado de dolerme lo ocurrido con Lucan, ni porque hubiera olvidado todo lo que había sucedido, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, existía algo que dependía únicamente de mí.
Mi trabajo.
Mis decisiones.
Mi futuro.
Papá estuvo de acuerdo en que regresara, aunque durante los primeros días insistió en que no debía sobrecargarme. Una mañana, mientras desayunábamos, me observó por encima de su taza de café con esa expresión que utilizaba cuando estaba a punto de darme uno de sus discursos.
—No quiero que vuelvas a convertirte en una máquina —dijo.
Levanté la mirada.
—No pensaba hacerlo.
—Ya has demostrado que eres capaz de trabajar doce horas seguidas. Ahora quiero que me demuestres que también sabes salir de la oficina a una hora decente.
Sonreí.
—Lo intentaré.
Él negó con la cabeza.
—No lo intentes. Hazlo.
Solté una pequeña risa.
—Está bien.
Y, sorprendentemente, lo hice. Poco a poco volví a tener reuniones, retomé algunos proyectos que había dejado pendientes y recuperé el ritmo que había tenido antes de que mi vida personal se convirtiera en un desastre. Mis compañeros también comenzaron a tratarme con normalidad. Durante los primeros días todavía podía notar aquella expresión de preocupación en sus rostros cada vez que alguien mencionaba mi divorcio, como si temieran decir algo que pudiera hacerme daño, pero con el paso de las semanas dejaron de caminar de puntillas a mi alrededor. Yo tampoco quería que lo hicieran. Ya no necesitaba que nadie me tratara como si fuera una persona frágil.
Quería volver a ser Naelia, no la mujer que había sido abandonada, no la ex-esposa de Lucan Rivas. No la mujer cuyo matrimonio había terminado después de descubrir que su esposo seguía enamorado de otra persona.
Solo Naelia Sanz y entonces ocurrió algo que no esperaba.
La empresa anunció una nueva asociación. Era un proyecto bastante importante que involucraba a varias compañías, nuevos inversionistas y una expansión que llevaba meses negociándose. Cuando el director general reunió al equipo para explicarnos los detalles, pensé que sería una reunión empresarial más, una de tantas que había presenciado durante los últimos años. Tomé asiento, abrí la carpeta que habían dejado sobre la mesa y comencé a revisar los documentos mientras esperaba que iniciara la presentación.
Hasta que escuché un nombre.
—La asociación principal estará a cargo de Reyes Group.
Levanté la mirada, no pude evitarlo.
Eiden.
El director continuó explicando los términos de la operación mientras yo intentaba concentrarme nuevamente en los documentos que tenía delante. La empresa de Eiden era una de las más importantes que participarían en el proyecto, así que su presencia no debería haberme sorprendido. Aun así, escuchar su nombre consiguió despertar una sensación extraña que no supe identificar.
—Además, debido al tamaño de la operación, el señor Reyes ha decidido instalar parte de su equipo ejecutivo en nuestras oficinas durante los próximos meses.
Algunas personas comenzaron a murmurar entre ellas. Yo permanecí en silencio, fingiendo estar completamente concentrada en los papeles que tenía delante.
Hasta que llegó la siguiente noticia.
—De hecho, su oficina estará ubicada en el despacho contiguo al de la señora Sanz.
Giré lentamente la cabeza.
—¿Disculpe?
El director sonrió.
—Espero que no sea un problema.
—No, claro que no.
Respondí demasiado rápido. Algunas personas soltaron pequeñas risas y yo sentí que el calor subía ligeramente hasta mis mejillas.
—Excelente. Entonces podrán coordinar directamente cualquier asunto relacionado con el proyecto.
No sabía si aquello me parecía una buena noticia o una extraña coincidencia. Quizá ambas cosas.
Cuando regresé a mi oficina, encontré a Carmen esperándome con una carpeta entre las manos.
—Parece que tendremos vecinos nuevos.
Dejé mis cosas sobre el escritorio.
—Eso parece.
—Y bastante importantes.
Colocó los documentos frente a mí.
—El señor Reyes acaba de llegar.
Levanté la mirada.
—¿Ya?
—Sí.
Y antes de que pudiera preguntar algo más, escuché una voz detrás de mí.
—¿Interrumpo?
Me giré.
Eiden estaba apoyado ligeramente contra el marco de la puerta. Vestía un traje oscuro y una camisa blanca, y mantenía aquella expresión tranquila que parecía acompañarlo en cualquier circunstancia. No parecía un hombre que acabara de instalarse en una oficina nueva ni alguien que estuviera a punto de comenzar una asociación empresarial importante. Simplemente parecía Eiden.
—No.
Entró tranquilamente.
—Solo quería asegurarme de que no fuera una sorpresa encontrarme aquí.
Sonreí.
—Supongo que ahora tendremos que acostumbrarnos a trabajar juntos.
—Eso parece.
Miró brevemente hacia la oficina contigua antes de volver a fijar sus ojos en mí.
—Si en algún momento necesitas algo relacionado con el proyecto, puedes venir directamente.
—Lo tendré en cuenta.
Asintió.
—Bien.
Pareció dispuesto a marcharse, pero permaneció unos segundos más en silencio, como si acabara de recordar algo.
—Y no olvides que todavía tienes un cuadro pendiente de terminar.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo sabes que no lo terminé?
—Porque la última vez dijiste que querías agregarle unas estrellas.
Lo miré sorprendida.
—Tienes buena memoria.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Solo recuerdo algunas cosas.
Después se marchó, me quedé observándolo hasta que desapareció por la puerta, entonces negué lentamente con la cabeza.
No sabía por qué aquel hombre tenía la capacidad de aparecer en mis pensamientos incluso cuando no estaba haciendo absolutamente nada para conseguirlo. Quizá era precisamente eso. Eiden no intentaba llamar mi atención. No buscaba impresionarme, no hacía comentarios innecesarios ni encontraba excusas para acercarse. Simplemente estaba allí y, de alguna manera, eso resultaba mucho más peligroso.
Pasaron los días, después las semanas y, casi sin darme cuenta, llegaron dos meses.
Dos meses desde aquella noche en la que había salido de mi antiguo hogar con una maleta en la mano. Dos meses desde que firmé los papeles de mi divorcio. Dos meses desde que pensé que jamás volvería a sentirme realmente tranquila. Sin embargo, durante todo aquel tiempo, descubrí que el dolor podía cambiar de forma. Seguía existiendo, pero ya no ocupaba cada pensamiento ni conseguía detener mi vida. Y, sin darme cuenta, Eiden también se había convertido en una presencia habitual dentro de ella.
No estábamos juntos, ni siquiera éramos especialmente cercanos.
Éramos amigos.
Al menos eso era lo que yo me repetía, a veces almorzábamos juntos cuando coincidíamos en la oficina. Otras veces hablábamos durante unos minutos mientras revisábamos algún documento. Algunas tardes caminábamos hasta la cafetería cercana y terminábamos conversando sobre cualquier cosa que no tuviera relación con el trabajo. Nada extraordinario. Nada que pudiera considerarse una relación.
Pero existían pequeñas cosas.
Detalles que quizá otra persona habría considerado insignificantes, pero que yo comenzaba a notar cada vez más, como cuando recordaba exactamente cómo me gustaba el café, o cuando dejaba sobre mi escritorio algún libro relacionado con pintura porque recordaba que una vez le había mencionado que me interesaba leer algunos, o cuando, después de una reunión especialmente complicada, aparecía con dos cafés y dejaba uno frente a mí sin preguntarme nada.
Una tarde levanté la mirada hacia él mientras sostenía el vaso entre mis manos.
—¿Cómo sabías que necesitaba esto?
Se encogió de hombros.
—Parecías cansada.
Eso era todo.
Nunca intentaba entrar demasiado en mi vida. Jamás intentaba apresurar una confianza que yo todavía estaba aprendiendo a ofrecer y quizá por eso terminé confiando en él.
Hasta que una tarde me di cuenta de algo que me asustó.
Estábamos sentados en una de las salas de reuniones revisando unos documentos relacionados con el proyecto cuando Eiden levantó la mirada.
—¿Estás de acuerdo con esta parte?
No respondí. Él esperó unos segundos.
—Naelia.
Parpadeé.
—¿Sí?
—Te pregunté si estás de acuerdo.
Bajé la mirada hacia el documento y luego volví a mirarlo y entonces lo comprendí.
Había pasado los últimos cinco minutos observándolo.
No escuchándolo... Observándolo.
Me había fijado en la forma en que movía distraídamente el bolígrafo entre sus dedos, en la concentración de sus ojos mientras leía, en aquella pequeña arruga que aparecía entre sus cejas cada vez que encontraba algo que no terminaba de convencerlo. Había estado tan concentrada en él que ni siquiera sabía qué parte del documento estábamos revisando.
Sentí que mi rostro comenzaba a calentarse.
—Sí.
Él arqueó ligeramente una ceja.
—¿Sí qué?
—Sí, estoy de acuerdo.
Me observó durante unos segundos.
—Ni siquiera sabes qué dije.
Solté una risa nerviosa.
—Claro que sí.
—Entonces dime.
Abrí la boca, la cerré y volví a mirar el documento.
—No puedo.
Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.
—Eso pensé.
Bajé la mirada.
—Estaba distraída.
—Lo noté.
No dijo nada más y, por alguna razón, aquel silencio consiguió ponerme todavía más nerviosa.
Esa noche, mientras conducía de regreso a casa, pensé en aquello durante todo el camino. Intentaba convencerme de que no significaba nada, de que observar a alguien durante unos minutos no tenía por qué convertirse en una señal de algo más. Quizá solo estaba pasando demasiado tiempo con él. Quizá mi mente simplemente estaba buscando algo nuevo en lo que concentrarse después de tantos meses de dolor.
No era posible, no podía estar ocurriendo, yo no estaba lista, ni siquiera estaba segura de querer estarlo.
Había escuchado tantas veces que, después de una ruptura, primero había que sanar antes de comenzar otra relación. Que no debías intentar llenar un vacío con otra persona. Que necesitabas aprender a estar sola, recuperar tu identidad y descubrir quién eras sin depender emocionalmente de alguien más.
Y yo había prometido que no volvería a enamorarme. Entonces... ¿Por qué comenzaba a sentir algo cada vez que Eiden me miraba?
Apreté un poco más las manos alrededor del volante.
No, no podía permitirlo, todavía no, quizá nunca, porque enamorarme otra vez significaba volver a entregarle a alguien la posibilidad de destruirme y yo no estaba segura de tener fuerzas para sobrevivir a una segunda vez.
😅😅😅😅😅