La gravedad del pasado vs. El presente:
Él vive atrapado en la órbita de la muerte de su esposa.
Clara Monasterio, luminosa y dedicada a salvar vidas infantiles, representa una fuerza opuesta que lo empuja a sanar, aunque su mente paranoica tema que acercarse a ella ponga en peligro a los que ama.
El filtro del niño: El hijo de 6 años actúa como el "sensor" de la novela. Al aceptar inmediatamente a Clara, rompe las defensas del padre.
El misterio de fondo: El asesinato de la exesposa no fue un simple asalto de compras. A medida que Clara y el magnate interactúan, la teniente Samantha Blake comienza a notar inconsistencias en el caso que la policía dio por cerrado, vinculando el peligro al estatus tecnológico del protagonista.
Clara es la hija de la doctora en eminencia en cardiología Diana Monasterio. De la novela "BAJO EL PULSO DE LA GRAVEDAD"
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EL DIAGNÓSTICO OCULTO
La mañana en la prestigiosa red de clínicas de la familia Monasterio transcurría con la precisión milimétrica de un reloj suizo. Los pasillos de impecable mármol blanco reflejaban la luz matutina que se filtraba a través de los enormes ventanales de diseño vanguardista, un espacio donde la ciencia médica de vanguardia se fundía con un ambiente cálido y humano. Sin embargo, en el despacho privado de la doctora Diana Monasterio, la atmósfera distaba mucho de ser rutinaria.
La inminente cardióloga revisaba los trazos complejos de un electrocardiograma en su monitor principal, pero su mente seguía divagando en los eventos del día anterior. A su lado, la Teniente Samantha Blake mantenía una postura de alerta sutil, con los brazos cruzados y la mirada fija en los reportes de seguridad que parpadeaban en su tableta.
—Los protocolos de acceso perimetral están reforzados, Diana —murmuró Samantha con su característica voz grave y pausada, rompiendo el silencio del despacho—. Analicé los registros del centro comercial y, aunque el magnate Kaelen Vance intentó borrar cualquier rastro digital posterior a su salida, el sistema de cámaras secundarias captó algo interesante. No se trató solo de una coincidencia casual en el atrio. Su ruta de seguridad habitual fue alterada exactamente cinco minutos antes de que el pequeño Irai decidiera correr hacia nuestra Clara.
Diana dejó caer el bolígrafo sobre el escritorio, frunciendo el ceño con una mezcla de preocupación profesional y el instinto protector de una madre que no tolera amenazas cerca de su clan.
—¿Estás insinuando que alguien lo estaba guiando o que el encuentro estuvo condicionado, Samantha? —preguntó la cardióloga, girando su silla ejecutiva para quedar frente a su pareja.
—No lo sé con certeza, pero un hombre con el nivel de exposición corporativa e internacional de Kaelen Vance no da un solo paso en falso a menos que su seguridad esté bajo asedio —respondió la ex-teniente, con los ojos ensombrecidos por la suspicacia táctica—. Y si los enemigos que persiguen a ese imperio tecnológico están empezando a orbitar demasiado cerca de su hijo, la presencia de Clara en esa ecuación me preocupa seriamente. Ese niño tiene un radar infalible, pero el peligro que arrastra su padre pesa demasiado.
Mientras tanto, en el ala pediátrica del edificio, Clara Monasterio intentaba concentrarse en las consultas programadas de la mañana. Con su bata blanca impecable cubriendo parcialmente la elegante blusa de seda que llevaba debajo y su larga melena castaña recogida en una coleta alta y pulcra, la joven doctora revisaba los historiales clínicos de sus pequeños pacientes. No obstante, cada vez que cerraba un expediente, la imagen de los ojos grises, fríos y profundamente atormentados de Kaelen Vance destellaba en su mente como un cortocircuito inevitable.
—Doctora Monasterio, el siguiente paciente está en la sala de espera —anunció con suavidad la enfermera jefa, asomándose por la puerta entreabierta—. Es una revisión de rutina para el control postoperatorio, pero... hay un detalle inusual.
Clara parpadeó, sacudiéndose los pensamientos de encima con un movimiento rápido de cabeza.
—¿Inusual, Marta? ¿De qué se trata? ¿Alguna complicación con los puntos o la medicación?
—No, no es una urgencia médica —respondió la enfermera con una ligera sonrisa divertida en los labios—. Es solo que el padre del niño ha insistido en que sea atendido específicamente por usted, aunque su especialista asignado era el doctor Darío. Y para ser sincera, doctora... el hombre que acompaña al pequeño parece sacado de la portada de una revista de negocios internacionales. Viene con una escolta discreta, pero con una rigidez que asusta a cualquiera en la recepción.
El corazón de Clara dio un vuelco repentino, un golpe sordo en el pecho que desafió por completo su habitual compostura profesional. Sintió que el aire del consultorio se volvía de pronto denso, pesado, gobernado por una fuerza centrípeta imposible de eludir.
Bajo el pulso de la gravedad, las trayectorias que parecían destinadas a mantenerse en universos paralelos no hacían más que colapsar de nuevo.
—¿De quién se trata, Marta? —preguntó Clara con un hilo de voz que intentaba mantener la firmeza clínica, aunque sus dedos se aferraron con fuerza al borde de su escritorio.
—Del señor Kaelen Vance y su hijo Irai —replicó la enfermera, observándola con una mezcla de intriga y expectación.
Antes de que Clara pudiera formular una respuesta o ordenar el torbellino de emociones que amenazaba con desestabilizarla, la puerta del consultorio se abrió con absoluta suavidad.
Allí estaba él. Kaelen Vance cruzó el umbral con el paso firme, imponente y milimétricamente calculado que lo caracterizaba. Vestía un traje sastre de alta gama en tono azul marino que acentuaba la amplitud de sus hombros y la dureza de su mandíbula. Su mirada gris, de un frío impenetrable, recorrió con rapidez milimétrica cada rincón del consultorio antes de posarse directamente sobre los ojos de Clara.
De la mano del magnate caminaba el pequeño Irai. El niño, al cruzar la puerta y ver a la doctora, dejó escapar una pequeña sonrisa pícara, de esas que desarmaban murallas enteras. Soltó de inmediato la mano de su padre, dio dos pasos al frente y, con la misma frescura desarmante del día anterior en el centro comercial, se dirigió a Clara sin importarle la tensión eléctrica que cortaba el ambiente.
—Hola, doctora Clara —saludó Irai con una naturalidad pasmosa, inclinando un poco la cabeza—. Papá dijo que teníamos una emergencia médica urgente, pero yo creo que solo quería volver a escuchar su risa rara.
Kaelen se quedó inmóvil junto al marco de la puerta, con los músculos del rostro tensos como resortes de acero y la respiración contenida, atrapado de golpe en la órbita magnética de una mujer de veinticuatro años que sin proponérselo se había convertido en el único punto cardinal capaz de desmoronar su imperio de control.