Alana Storm, hija de una de las casas ducales más poderosas del Imperio, entrega su corazón al príncipe heredero y termina convertida en emperatriz. Sin embargo, el amor que tanto anheló solo la conduce a la traición y a la muerte, asesinada por las concubinas del hombre al que amó.
Cuando despierta seis años en el pasado, comprende que ha recibido una segunda oportunidad. Decidida a cambiar su destino, descubre que posee una magia ancestral dormida y que el enigmático segundo príncipe, Maximiliano Ross, siempre la había amado en silencio.
Mientras busca vengarse y proteger a quienes ama, deberá decidir si el camino hacia el poder la convertirá en aquello que más desprecia o si aún existe un futuro diferente.
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EL PRINCIPE DE LA CORONA Y LA PROMESA EQUIVOCADA
En la capital imperial de Valtheria existía un lugar donde los sueños de los jóvenes nobles parecían convertirse en realidad.
El Palacio Celestial.
Una construcción majestuosa de mármol blanco y cristales encantados, rodeada por jardines donde flores mágicas florecían durante todo el año. Sus salones habían sido testigos de coronaciones, tratados de paz, alianzas familiares y también de traiciones que jamás llegaron a ser escritas en los libros oficiales.
Para muchos nobles, entrar al Palacio Celestial significaba acercarse al poder.
Para Alana Storm, significaba conocer al hombre que durante años había imaginado como el protagonista de sus propios cuentos.
El príncipe Aurelio.
Desde pequeña había escuchado historias sobre él.
Decían que era brillante, carismático y destinado a convertirse en uno de los mejores emperadores de la historia.
Las damas de la nobleza hablaban de su elegancia.
Los caballeros admiraban su habilidad política.
Los ancianos nobles veían en él la esperanza de un futuro estable.
Y Alana, con el corazón joven e inexperto, comenzó a construir una imagen perfecta de alguien a quien apenas conocía.
Ella no estaba enamorada del hombre.
Estaba enamorada de la idea que había creado de él.
Pero todavía no lo sabía.
La primera vez que Alana vio al príncipe Aurelio fue durante el Festival de Primavera Imperial.
Aquella celebración reunía a todas las casas nobles del Imperio.
Era una noche donde los salones se llenaban de música, vestidos elegantes y conversaciones cuidadosamente calculadas.
Cada sonrisa escondía una intención.
Cada saludo podía ser una alianza.
Cada palabra podía convertirse en un arma.
Pero Alana era demasiado joven para comprender completamente aquel juego.
Entró al salón principal con un vestido azul oscuro que recordaba los colores de su familia.
Su cabello estaba recogido con delicados adornos plateados y, aunque muchas personas la observaban por ser la hija del Gran Duque Storm, ella parecía no darse cuenta.
La acompañaba Lady Elira, una joven dama de compañía de la Casa Storm.
No buscaba llamar la atención.
Simplemente quería disfrutar de la noche.
Hasta que lo vio.
El príncipe Aurelio estaba al otro lado del salón.
Vestía de blanco y dorado, los colores de la familia imperial.
Su postura era perfecta.
Su expresión tranquila.
Cuando sonrió para saludar a los invitados, parecía que todo el salón se iluminaba.
Alana sintió que su corazón se detenía durante un instante.
—Así que ese es el príncipe Aurelio...
Susurró sin darse cuenta.
Su acompañante, Lady Elira, sonrió al notar su expresión.
—Parece que la señorita Storm ha quedado impresionada.
Alana se sonrojó ligeramente.
—No digas eso.
Pero no pudo evitar mirarlo nuevamente.
Ese fue el primer momento en que comenzó una ilusión que cambiaría su vida.
Con el paso de los meses, Alana comenzó a acercarse al príncipe.
Al principio fueron encuentros casuales.
Conversaciones durante eventos oficiales.
Saludos en reuniones familiares.
Pequeños momentos que para ella parecían importantes.
El príncipe era amable con ella.
Recordaba su nombre.
Le preguntaba por su familia.
Incluso llegó a felicitarla por sus conocimientos sobre historia imperial.
Para Alana, cada pequeño gesto parecía una señal.
Pensaba que él era diferente.
Pensaba que detrás de la corona existía un hombre que podía verla no como la hija de un Gran Duque, sino como Alana.
Pero la realidad era más compleja.
El príncipe Aurelio había aprendido desde niño a sonreír cuando era necesario.
A decir las palabras correctas.
A ofrecer exactamente lo que los demás querían escuchar.
Era un talento útil para alguien destinado a gobernar.
Y Alana todavía no comprendía que una sonrisa amable no siempre significaba sinceridad.
Mientras tanto, alguien más observaba aquella escena desde la distancia.
Maximiliano Ross.
El segundo príncipe imperial.
A diferencia de su hermano mayor, Maximiliano no buscaba agradar a nadie.
No intentaba conquistar a la nobleza con palabras bonitas.
No sonreía por obligación.
No fingía cercanía.
La corte lo llamaba frío.
Algunos incluso lo consideraban peligroso.
Decían que había heredado la crueldad de los antiguos emperadores guerreros.
Decían que su mirada podía hacer retroceder incluso a los soldados más experimentados.
Y Maximiliano no hacía nada para cambiar esa percepción.
Le resultaba conveniente.
Las personas mostraban su verdadera naturaleza cuando creían que nadie las observaba.
Sin embargo, había una excepción.
Alana Storm.
Desde hacía años, Maximiliano había observado algo que los demás ignoraban.
Ella era diferente.
Muchos veían una joven noble hermosa y delicada.
Él veía una mente brillante escondida detrás de una expresión dulce.
Había visto cómo defendía a los sirvientes cuando otros nobles los trataban con desprecio.
Había visto cómo estudiaba durante horas sin buscar reconocimiento.
Había visto cómo sonreía incluso cuando estaba cansada.
Y sin darse cuenta, aquella pequeña niña que una vez tocó la garra del Grifo de la Tempestad había ocupado un lugar imposible de reemplazar en su corazón.
Pero Maximiliano sabía algo importante.
Alana no lo miraba a él.
Sus ojos estaban puestos en otra persona.
El día que Alana recibió una invitación privada del príncipe, creyó que el destino finalmente estaba cumpliendo sus deseos.
Pasó horas preparándose.
Eligió cuidadosamente sus palabras.
Pensó en cada detalle.
Cuando llegó al encuentro, encontró al príncipe esperándola en uno de los jardines privados del palacio.
El lugar era hermoso.
Flores luminosas rodeaban los caminos de piedra.
Una fuente mágica reflejaba la luz de la luna.
Era exactamente el escenario que una joven enamorada habría imaginado.
—Lady Alana.
El príncipe sonrió.
—Me alegra que haya aceptado venir.
Ella hizo una reverencia elegante.
—Es un honor, alteza.
Él caminó junto a ella por los jardines.
Hablaron de la corte, de la familia imperial y del futuro del Imperio.
Para Alana, aquella conversación significaba mucho más.
Para él, era una oportunidad política.
La Casa Storm era poderosa.
Un matrimonio con su heredera fortalecería su posición.
Pero él nunca se lo dijo.
Porque algunas personas no necesitan mentir completamente para engañar.
A veces solo necesitan ocultar una parte de la verdad.
Esa noche, cuando Alana regresó al castillo Storm, estaba feliz.
Su madre notó inmediatamente el brillo en sus ojos.
—Parece que ocurrió algo importante.
Alana sonrió.
—Creo que encontré a alguien especial.
La duquesa observó a su hija en silencio.
Conocía los peligros de la corte mejor que nadie.
Sabía que la familia imperial no era un lugar donde los corazones inocentes sobrevivieran fácilmente.
Pero no quiso romper la felicidad de su hija.
Todavía no.
Esa misma noche, en otra parte del palacio, Maximiliano permanecía frente a una ventana observando la ciudad iluminada.
En el Palacio Celestial, las primeras piezas de una tragedia comenzaban a colocarse.
Una joven noble había entregado su corazón al hombre equivocado.
Un príncipe había guardado sus sentimientos en silencio.
Y una antigua magia dormía esperando el momento de despertar.
Porque el destino había escrito una historia.
Pero todavía no había decidido cómo terminaría.
la union hace la fuerza