Andreia lo tenía todo: el amor de un futuro Rey Alfa, la promesa de un destino compartido y la certeza de que la luna los había elegido. Hasta la noche en que Máximo la rechazó frente a toda la manada para presentar a otra mujer como su Luna.
Humillada y con un secreto creciendo en su vientre, Andreia huyó. Lejos de las manadas, lejos de los tronos, construyó una vida en el silencio: una confitería pequeña, una casa rodeada de árboles y una hija llamada Kim que lo era todo para ella.
Pero Kim no es una niña común. A los cuatro años ya se transforma en loba, sus ojos brillan con un poder que no debería existir en alguien tan pequeña, y la luna parece responder cada vez que ella ríe o llora. Porque Kim es la verdadera heredera de una profecía que todos creyeron pertenecía a otra.
Cuando el pasado toca a la puerta y Máximo descubre lo que perdió, nada volverá a ser igual. Entre secretos de sangre, conspiraciones familiares y un poder ancestral que despierta con cada latido, Andreia deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para proteger a su hija.
Porque en el mundo de las manadas, el amor puede ser la fuerza más peligrosa de todas.
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capítulo 5
Los meses transcurrieron como hojas arrastradas por la corriente del río que cruzaba el valle oculto donde Andreia se había establecido. Era un rincón sencillo al que nadie se atrevía a ir. Estaba a salvo.
Allí el tiempo parecía seguir otro ritmo, más lento, más amable. El bosque protegía aquel pedazo de mundo con la misma devoción con que una madre protege a un hijo dormido.
La casa era simple, construida de madera antigua y piedra, cubierta de hiedra y musgo. No figuraba en los mapas de las manadas ni en los caminos habituales de las brujas; fue elegida por la propia tierra y por la Luna.
Fue allí donde Andreia dio a luz. La noche del nacimiento transcurrió en silencio, salvo por el sonido distante de lechuzas y la brisa suave que mecía los árboles.
Andreia decidiría qué hacer, adónde mudarse, pero aquella noche la luna la bañó y la abrazó en ese momento de dolor y bendición.
La luna llena permaneció alta, constante, observando. No hubo dolor excesivo ni miedo.
Solo fuerza. Cuando el llanto de la criatura resonó por primera vez, el bosque entero pareció exhalar un suspiro de alivio.
Era hermosa desde el primer instante: piel tibia, cabello oscuro como la noche sin estrellas, y un brillo suave en los ojos cerrados, casi plateado, como si la luna hubiera dejado su marca allí.
Andreia la tomó en brazos con cuidado reverente, invadida por un amor tan profundo que casi dolía.
ANDREIA— Kim… —susurró, eligiendo el nombre que había surgido en su corazón mucho antes de aquel momento—. Mi pequeña luz.
La niña se calmó de inmediato, como si reconociera la voz de su madre. En ese instante, Andreia lo supo: todo había valido la pena. La huida, la soledad, el miedo. Todo.
Días después, cuando el cuerpo aún se recuperaba y la rutina empezaba a tomar forma, Andreia percibió de nuevo aquella presencia familiar. No la de la Luna, sino la de la magia.
La joven apareció al amanecer, surgiendo por el sendero estrecho que conducía hasta la casa. Llevaba el cabello rojizo recogido con descuido, ropa demasiado sencilla para ocultar el aura que la rodeaba, y ojos atentos, curiosos, ancestrales.
— ¿Llegué tarde? —dijo la bruja, antes incluso de que Andreia pudiera preguntar nada.
Andreia no se sobresaltó. Solo asintió.
ANDREIA— Entonces fue ella quien te envió.
La bruja esbozó una sonrisa.
— Mi madre no suele equivocarse con los presagios. Cuando la Luna llama, nosotras escuchamos —respondió la pelirroja—. Vamos, ya preparé todo para su nuevo hogar.
Se llamaba Elowen. Demasiado joven para parecer experimentada, demasiado experimentada para ser solo joven. Una bruja del bosque profundo, ligada a las líneas antiguas de magia, enviada no para vigilar, sino para ayudar.
Elowen llevó a madre e hija a una casa segura. Ayudó a Andreia a reforzar los sellos naturales del valle, le enseñó encantamientos sencillos para confundir rastros, mezcló hierbas que ocultaban aromas y presencias sobrenaturales. No hacía demasiadas preguntas, y Andreia no ofrecía respuestas más allá de lo necesario.
Fue el inicio de una amistad inesperada.
ELOWEN— Es tranquila —comentó cierta tarde, observando a Kim dormir en el regazo de su madre—. Muy tranquila. Mi magia siempre lo garantizará.
Andreia le dedicó una sonrisa, pasando los dedos por el cabello de su hija.
ANDREIA— Todavía es pronto.
ELOWEN— Sí —concordó la bruja—. Los poderes de ella están dormidos, guardados. Como deben estar.
La Luna había sido clara: Kim despertaría cuando llegara el momento adecuado; forzarlo sería peligroso. Por eso Andreia se dedicaba únicamente a ser madre, a enseñarle el sonido de la risa, el consuelo del tacto, el calor del hogar. Lo que no esperaba era que fuera justamente eso lo que fortalecería los poderes de la pequeña.
Mientras tanto, el mundo más allá del bosque no estaba en paz. Las noticias llegaban fragmentadas, traídas por espíritus errantes, animales mensajeros y las palabras cuidadosas de Elowen. Máximo continuaba buscando.
Después de la boda, algo dentro de él se había quebrado por completo. Recorrió territorios neutros, desafió a alfas menores, arrasó aldeas humanas sospechosas de esconder "a una loba poderosa". Por donde pasaba dejaba marcas de violencia, como si intentara compensar la ausencia de algo que nunca más tendría.
ELOWEN— Él no acepta que te perdió —le explicó cierta noche—. Y eso lo enloquece.
Andreia escuchó en silencio, meciendo a Kim contra su pecho.
ANDREIA— Nunca va a encontrarme —afirmó al fin. No era arrogancia. Era certeza.
ELOWEN— No —convino la bruja—. Este lugar no responde al odio. Mis encantamientos enmascaran el olor de tu sangre.
ANDREIA— Y mi madre se encargó de que no pudieran rastrear mis poderes.
Andreia sabía que, si quisiera, podría percibir a Máximo. El lazo antiguo aún existía en algún nivel: una cicatriz espiritual que nunca desaparece del todo.
Pero había aprendido a cerrar aquella puerta. Sus poderes, heredados y despiertos, permanecían bien resguardados, sellados bajo capas de instinto y magia lunar.
No necesitaba ser encontrada. Necesitaba solamente existir.
Las mañanas se llenaron con el aroma de pan fresco, con el sonido de Kim balbuceando palabras incompletas, con los pasos ligeros de Andreia caminando descalza por la tierra húmeda del jardín.
Por las noches, aullaba bajo hacia la luna, no como súplica, sino como gratitud. La Luna siempre respondía.
No siempre con palabras. A veces, con sueños. Otras, con una brisa suave o un brillo más intenso reflejado en los ojos de Kim mientras dormía.
Andreia contemplaba a su hija crecer despacio, sana, serena. Sabía que el mundo un día llamaría a su puerta. Las profecías no pueden evitarse para siempre, solo posponerse hasta que estén listas.
Y cuando ese día llegara, Andreia ya no sería la loba rechazada. Sería la madre de la heredera de la Luna.
La guardiana del equilibrio. La mujer que eligió el amor por encima del trono. Por ahora, sin embargo, lo único que importaba era el silencio seguro del valle, el corazón tranquilo de su hija dormida, y la certeza profunda de que, por primera vez, estaban exactamente donde debían estar.
ANDREIA
KIM
MÁXIMO
ELOWEN