Tras un trágico accidente que le arrebató la memoria y su identidad, Estefanía despierta en una vida de opulencia que no reconoce, casada con José, un hombre poderoso cuya devoción raya en la obsesión. Aunque él le asegura que su amor es eterno, las noches de Estefanía están pobladas por sueños fragmentados de un rostro cargado de dolor y promesas rotas.
La estabilidad de su nueva existencia se resquebraja cuando aparece Andrés, un rival empresarial de José decidido a destruir su imperio. Al encontrarse, Estefanía descubre que su corazón late con una fuerza desconocida por ambos hombres. Mientras intenta reconstruir su pasado, se enfrentará a una verdad aterradora: uno de ellos no solo es el dueño de su presente, sino el arquitecto del secreto detrás de su "muerte" anterior.
NovelToon tiene autorización de Fernanda G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 12
El crujido casi imperceptible de la madera de pino a sus espaldas hizo que Valentina se pusiera de pie de un salto, apretando la carpeta de cuero contra su pecho como si fuera un escudo de carne. Su respiración se detuvo. La puerta del ático, que ella recordaba haber cerrado con llave, estaba entornada.
Bajo el marco, recortado por la luz mortecina del pasillo, estaba Andrés.
Llevaba la misma chaqueta de cuero oscuro del balcón, salpicada de diminutas gotas de lluvia que brillaban como diamantes bajo la luz ámbar de la lámpara. Tenía el cabello húmedo y la mandíbula apretada, pero en el instante en que sus ojos claros se encontraron con los de ella, toda la tensión física que emanaba de su imponente estatura pareció desmoronarse. No había violencia en sus movimientos, ni la fría frialdad de un intruso. Había un cansancio infinito, una devastación tan profunda que a Valentina se le encogió el estómago.
Andrés dio un paso hacia el interior del apartamento y cerró la puerta con una suavidad extrema, casi reverencial. No se acercó de inmediato. Se quedó allí, mirándola con una fijeza temblorosa, como si temiera que un solo gesto brusco fuera a romper la aparición.
—Viniste… —susurró él. Su voz, habitualmente firme y magnética, se quebró en esa única palabra, arrastrando un hilo de incredulidad y alivio que a Valentina le atravesó el alma.
El aroma a lluvia, tierra húmeda y madera que desprendía su ropa inundó el pequeño salón, barriendo los últimos vestigios del sándalo de José que ella aún cargaba en sus ropas. Era un olor limpio, real, que su cuerpo reconoció antes que su mente.
Valentina dio un paso tembloroso hacia él, sin soltar la carpeta.
—¿Quién soy, Andrés? —le suplicó, y su voz sonó pequeña, despojada de la fría máscara de Estefanía—. Por favor, dime la verdad. No puedo seguir viviendo en esa mentira.
Al escuchar su ruego, algo pareció romperse definitivamente dentro del hombre que se erguía ante ella. Andrés, el rival implacable que amenazaba el imperio de José, el hombre fuerte que ella había visto en el balcón, se quebró. Dio dos pasos rápidos y se dejó caer sobre sus rodillas frente a ella, apoyando la frente contra los muslos de Valentina en un gesto de absoluta sumisión y cansancio. Sus hombros anchos comenzaron a sacudirse con sollozos silenciosos, ahogados contra la tela de sus pantalones oscuros.
Sus manos, grandes y de dedos largos, envolvieron sus rodillas con una desesperación febril, como el náufrago que finalmente alcanza la orilla después de meses a la deriva.
La vulnerabilidad de ese hombre tan fuerte desarmó por completo las defensas de Valentina. Dejó caer la carpeta sobre el sofá de chenilla y, guiada por un impulso puramente humano y carente de miedo, se arrodilló frente a él, quedando a su misma altura. Con una timidez que se disipó al primer contacto, extendió sus manos y acunó el rostro húmedo de Andrés entre sus palmas.
La piel de él estaba fría por la lluvia exterior, pero sus mejillas quemaban bajo el rastro de sus lágrimas. Andrés abrió los ojos, mirándola de una manera tan profunda, tan desprovista de máscaras, que Valentina sintió un vuelco en el corazón.
—No eres la esposa de José, mi pequeña flor —dijo él, con la voz rota, mientras subía sus manos para entrelazar sus dedos con los de ella—. Tu nombre es Valentina Silva. Eres… eras una periodista de investigación independiente. Una de las mejores. Estabas investigando la red de lavado de dinero y la corrupción que sostiene el imperio farmacéutico de José. Así nos conocimos. Yo te estaba proporcionando los documentos desde dentro de mi propia corporación para ayudarte a desenmascararlo.
Valentina contuvo el aliento. Las piezas de su identidad comenzaban a flotar en la superficie de su conciencia.
—¿Y el accidente? —preguntó, sintiendo que un frío glacial le recorría la espina dorsal.
—No fue un accidente —respondió Andrés, y sus ojos claros destilaron una rabia gélida al recordar—. José descubrió que tenías las pruebas que lo destruirían. Sabía que tú no tenías precio, que no podías ser comprada.
La noche de la tormenta en la carretera de la costa, su gente sacó tu coche de la vía. Yo llegué demasiado tarde… solo escuché el metal romperse. José usó su poder, sus médicos y sus millones para hacerte desaparecer del hospital público. Te declaró muerta para el mundo, te encerró en su clínica privada y esperó a que despertaras sin memoria para reescribir tu vida. Te convirtió en Estefanía. Te convirtió en su trofeo, en la esposa perfecta que jamás podría delatarlo porque no recordaría el monstruo que es.
El horror de la revelación golpeó a Valentina con la fuerza de un impacto físico. Toda su existencia actual, las caricias de José, su tono protector, las cámaras en su dormitorio… todo era una macabra simulación para mantenerla bajo control y evitar que recordara que él había intentado asesinarla. Ella no era una reina en una mansión; era la prisionera del hombre que había destruido su vida.
Miró a Andrés. La cercanía física entre ambos se volvió insoportablemente intensa. Podía ver cada detalle de su rostro: la cicatriz diminuta cerca de su ceja, el temblor de sus labios húmedos, la devoción absoluta en su mirada clara.
—Te busqué por todas partes, Valentina —susurró él, y su mano subió por su cuello, con una caricia lenta, cargada de una sensualidad contenida y dolorosa que la hizo estremecerse—. Pensé que te había perdido para siempre. Cuando te vi en esa gala, vestida de seda negra y del brazo de ese maldito… sentí que me moría. Pero cuando te toqué el brazo en el balcón y me miraste… supe que seguías allí dentro.
La distancia entre sus rostros desapareció de manera inevitable, gobernada por una gravedad que no respondía a la razón ni a la amnesia, sino a la memoria inquebrantable de la piel.
Andrés se inclinó y la besó.
No fue el beso calculadamente posesivo y exigente de José, que siempre se sentía como un reclamo de propiedad. El beso de Andrés fue una colisión de alivio, desesperación y una pasión salvaje que había estado contenida durante meses de luto. Sus labios, tibios y húmedos por la lluvia, se acoplaron a los de ella con una urgencia hambrienta pero increíblemente dulce, buscando fundirse con su alma a través de la boca.
En el instante en que las manos de Andrés se enredaron en su cabello oscuro, tirando sutilmente de ella hacia él para profundizar el contacto, una oleada de calor abrasador estalló en el bajo vientre de Valentina. Su cuerpo, que se había mantenido rígido y distante durante cada caricia en la mansión, se ablandó por completo, amoldándose al pecho firme de él con una naturalidad pasmosa.
Entonces, no fue un recuerdo mental lo que regresó a ella. Fue un recuerdo puramente físico.
La memoria de su piel despertó con la fuerza de un huracán. Valentina reconoció la textura exacta de los labios de Andrés, el sabor a lluvia y tabaco rubio que lo caracterizaba, la forma en que sus dedos grandes delineaban su cintura con una familiaridad que le devolvió la respiración. Recordó la sensación de su peso sobre ella, el calor de sus encuentros clandestinos en la penumbra de ese mismo ático, y la forma en que su cuerpo solía temblar de puro placer bajo su toque. Su piel recordaba que lo amaba; su carne recordaba que aquel hombre era su verdadero hogar, su único refugio en medio del mapa de mentiras que José había dibujado.
Valentina gimió contra la boca de él, rodeando su cuello con los brazos con una fuerza desesperada. Se aferró a su chaqueta de cuero, profundizando el beso con una entrega total que borró de un plumazo la existencia de la mansión esmeralda, las cámaras de seguridad y al esposo que la esperaba dormido en una cama de mentiras.
Al separarse lentamente, jadeando por falta de aire, Andrés apoyó su frente contra la de ella. Sus pulgares acariciaron sus pómulos húmedos por las lágrimas de ambos.
—No dejes que te vuelvan a encontrar, pequeña flor —le susurró él, repitiendo las palabras exactas de su pesadilla lúcida, pero esta vez con la calidez de la realidad—. Esta vez no voy a dejar que te aleje de mí.
Valentina lo miró a los ojos, sintiendo por fin que sus pies pisaban tierra firme. La amnesia seguía allí, pero ya no le importaba el vacío de su mente. Su cuerpo y su corazón habían recordado la verdad. Ya no era Estefanía, la muñeca de porcelana de un magnate obsesivo. Era Valentina Silva, la mujer que amaba al hombre del aroma a lluvia, y el imperio de mentiras de José estaba a punto de desmoronarse bajo sus pies.