Lara creía que su loba interna jamás volvería a aullar. Tras ser rechazada por la codicia del Alfa Roderick, su espíritu quedó roto. Obligada a asistir al Baile de la Luna, la gran gala de segundas oportunidades, Lara viaja solo para esconderse en las sombras. Lo que no imagina es que el hilo del destino ya está escrito.En mitad de la gala, el aire se congela con la llegada del Rey Alfa, el soberano absoluto de todos los licántropos. Al clavar sus ojos en Lara, el lazo de segunda oportunidad estalla. Él la reclama como su Reina definitiva, pero Lara, indómita e independiente, se niega a ser la compañera sumisa que la corte espera, desatando una intensa tensión entre ambos.Mientras el Rey lucha por derribar los muros de su corazón, una amenaza avanza desde el norte. El hermano menor de Roderick, manipulado con mentiras sobre la muerte de su hermano, jura venganza eterna contra el Imperio y contra Lara. ¿Podrá el Rey Alfa proteger a su Reina, o la guerra devorará su imperio?
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 8. CONFIDENCIAS BAJO EL VIENTO.
Al caer la tarde, la densa reunión en el despacho llegó a su fin y las nubes grises terminaron por adueñarse por completo del cielo. Mi padre se retiró con el soberano hacia las dependencias de la guardia real para revisar de primera mano los planos de los puestos fronterizos, dándonos a mi madre y a mí el espacio que tanto necesitábamos. Nos abrigamos con mantas oscuras de lana y salimos a caminar a paso lento por los jardines colgantes del palacio, un laberinto de terrazas de piedra suspendidas sobre el acantilado donde el viento del este soplaba con una fuerza gélida, agitando nuestros cabellos.
Caminábamos en fila india por el sendero de los rosales invernales, compartiendo un silencio cargado de una profunda complicidad. Miré de reojo a mi madre, admirando la fijeza de su porte y la serenidad de sus facciones, preguntándome si ella alguna vez se había sentido tan perdida como yo.
—Sé que te asusta todo esto, Lara —su voz clara rompió la quietud del trayecto, libre de formalidades, hablándome con la cercanía directa de una madre que conoce cada rincón de mi alma—. Pasar de la noche a la mañana de estar recluida en tu habitación con el corazón roto a ser la pareja del lobo que gobierna todo el continente es un golpe demasiado drástico. Es normal que sientas que la corona te queda grande o que este lazo es una opresión que te va a asfixiar.
Detuve mis pasos junto a la barandilla de piedra, contemplando el abismo de las montañas lejanas, y exhalé un suspiro hondo que empañó el aire frío.
—No es la corona lo que me asusta, mamá —le confesé en un susurro, sintiendo que las lágrimas amenazaban con desbordar mis ojos—. Es mi loba. Sigue completamente apagada, metida en un invierno perpetuo que no sé cómo romper. El Rey es un hombre increíble, se nota que tiene una firmeza protectora brutal y me ha demostrado un respeto que jamás esperé, pero me da pánico no poder ser la Luna que él se merece. Él es un Alfa con mucha experiencia, maduro y con costumbres muy tradicionales, y yo soy un desastre de veinte años que no sabe ni por dónde empezar a sanar.
Mi madre se plantó frente a mí, acortando la distancia física, y acunó mi rostro entre sus manos con una suavidad infinita que derribó de golpe las últimas barreras de mi resistencia.
—Escúchame bien, hija —me habló con una devoción implacable y esa templanza que la caracterizaba—. Ninguna mujer nace sabiendo cómo gobernar una manada, y mucho menos un imperio. Yo también cometí mil errores cuando me uní a tu padre, y nuestro carácter aguerrido nos hizo chocar más de una vez en la intimidad. La diferencia de edad y sus costumbres parcas pueden parecer un muro ahora mismo, pero ese hombre te adora. Lo vi en la forma en que te miraba en el despacho: no busca cambiarte, busca ser el escudo que te permita reconstruirte a tu propio ritmo.
Apoyé mi frente contra su hombro, dejándome estrechar por su abrazo protector en mitad de la terraza, saboreando el remanso de consuelo que sus palabras me aportaban.
—Tu hermano Leo tenía razón cuando te convenció en el jardín —continuó mi madre, acariciándome el cabello con dulzura—. La Diosa Luna siempre compensa la balanza. Te quitaron un lazo basado en la codicia para entregarte un amor inmenso, maduro y real. No te presiones por el mañana, ni intentes forzar a tu loba a despertar antes de tiempo. Deja que el soberano te cuide en mitad de esta penumbra. Tu orgullo indómito y tu sangre real harán el resto en cuanto te sientas segura.
Nos quedamos abrazadas bajo el cielo encapotado durante varios minutos, sintiendo cómo el desgarro emocional del pasado reciente comenzaba a perder su fuerza destructiva en mi pecho. La melancolía seguía allí, pero la certeza del apoyo incondicional de mi madre y la inquebrantable promesa de protección del Rey empezaban a tejer un perímetro invisible a mi alrededor. Sabía que la convivencia en el palacio real nos obligaría a lidiar con un constante choque de voluntades debido a nuestras distintas personalidades, pero al emprender el regreso hacia el ala norte, comprendí que ya no estaba sola en el exilio de mi dolor, lista para encarar cualquier tempestad que nos acechara.