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Destinos Entre Sombras

Destinos Entre Sombras

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:734
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.

NovelToon tiene autorización de Benito Leal para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16 - La primavera de los jueves

La primavera comenzó un jueves con una discusión sobre manos.

Era la primera semana de marzo. El roble apenas mostraba brotes verdes en las puntas y el jardín seguía conservando el color cansado del invierno. Eduardo llegó a las cuatro, acompañado por la señora Elvira y una caja de carboncillos que Damaris recibió como otra prueba de cortejo.

—Son alemanes —explicó Eduardo—. El vendedor asegura que no se quiebran.

—El vendedor no conoce a Diane cuando algo no queda como desea —dijo Damaris.

Diane abrió la caja. Había doce barras ordenadas por dureza y envueltas en papel fino. Quiso agradecer el detalle, pero recordó que cada regalo de Eduardo podía convertirse en una historia que otros contarían como amor.

—Espero que no haya pagado otra suma absurda.

—No mordían al vendedor. El precio fue razonable.

Liberto, ya demasiado grande para esconderse bajo una silla, levantó la cabeza al oír la palabra mordían.

Damaris propuso que Diane mostrara sus dibujos. Ella se negó. Eduardo no insistió. Aquella falta de presión irritó a Damaris más que una discusión, y terminó ordenando a una doncella que trajera la carpeta del estudio.

Los papeles aparecieron sobre la mesa: campos, rostros de trabajadores, las grúas del puerto y estudios de manos. Eduardo examinó el último grupo.

—Los dedos son demasiado largos —dijo.

Diane alzó la vista.

—No le pedí una crítica.

—Su madre me pidió una opinión.

—Mi madre también le pide que finja interés por la capilla.

Elvira ocultó una tos detrás de la taza.

Eduardo colocó el dibujo sobre la mesa.

—No dije que estuviera mal. Dije que los dedos son largos.

—Es una elección.

—Entonces ¿por qué las dos manos de la izquierda tienen proporciones distintas?

Diane tomó la hoja. Deseaba encontrar una respuesta arrogante. Encontró el error.

—La modelo se movió.

—Eso explica una mano, no las dos.

—¿Desde cuándo sabe dibujar?

—No sé. Pero tengo manos desde hace treinta años.

Diane miró las de él. Eran anchas, con una cicatriz en el nudillo y manchas de tinta cerca de la uña. No se parecían a las manos ociosas que ella solía dibujar durante las visitas sociales.

—Póngala sobre la mesa —ordenó.

—¿Qué?

—Su mano. Ya que se considera experto.

Eduardo obedeció. Diane eligió uno de los carboncillos nuevos y dibujó durante veinte minutos. Él permaneció quieto, aunque Liberto apoyó el hocico sobre su rodilla. Cuando terminó, los dedos conservaban su longitud real y la cicatriz aparecía como una interrupción clara sobre el nudillo.

—Ahora sí —dijo Eduardo.

—Sigue sin gustarme su opinión.

—Pero la utilizó.

Diane sopló el polvo de carbón y manchó el puño de Eduardo.

—No ha respondido. ¿Quién le enseñó a observar proporciones?

—Un cartógrafo que trabajaba para mi abuelo. Me obligaba a copiar costas y desembocaduras. Decía que un error del ancho de una uña podía estrellar un barco.

—Eso explica su obsesión con los dedos.

—Explica mi obsesión con los errores que parecen pequeños desde tierra.

—¿Todavía dibuja costas?

—Ya no dibujo nada.

—Eso no es lo que pregunté.

Eduardo la miró y reconoció la devolución de su propia crítica.

—Todavía sé hacerlo —admitió.

Diane guardó el dibujo antes de que Damaris pudiera verlo. Durante los jueves siguientes no volvió a mostrarle nada, pero corrigió las manos de la carpeta.

Tres semanas después, la segunda visita comenzó bajo una lluvia repentina.

Entre ambos encuentros hubo dos tardes de conversación obligatoria: una dedicada a la temporada de pesca y otra a los preparativos de la boda de María. Nada decisivo ocurrió en ellas. Sin embargo, Diane advirtió que Eduardo nunca volvía a una pregunta que ella se negara a responder y que él advertía cada vez que Damaris intentaba dejarles una frase preparada.

El jueves de la lluvia, Liberto desapareció.

La verja del jardín había quedado abierta mientras descargaban leña. Diane descubrió la ausencia cuando el trueno hizo vibrar los cristales y el cachorro no corrió a esconderse bajo el piano.

—Volverá cuando tenga hambre —dijo Damaris.

—Tiene hambre siempre y no está aquí.

Diane salió sin esperar permiso. Eduardo tomó un abrigo del perchero y la siguió. Elvira protestó desde el vestíbulo, pero la lluvia ahogó sus palabras.

Buscaron primero entre los establos. Después recorrieron el lindero y los secaderos. El agua convirtió los caminos en barro. Diane llamaba a Liberto hasta quedarse sin aliento. Cada respuesta era un trueno, una rama o el ladrido de otro perro detrás de una cerca.

—Se dirigirá al puerto —dijo Eduardo.

—¿Por qué?

—Allí lo encontré. Los animales regresan a los lugares que recuerdan, incluso si fueron crueles con ellos.

La frase no parecía referirse solo a Liberto.

Tomaron el camino de la ribera. Cerca del molino escucharon un gemido. Liberto se encontraba dentro de una zanja, con una pata atrapada bajo una rama. Diane bajó por el talud antes de que Eduardo pudiera detenerla. El barro cedió y ella resbaló.

Eduardo la sujetó por la cintura.

El contacto duró apenas lo necesario para devolverle el equilibrio. Luego retiró las manos, aun cuando nadie los observaba.

—¿Está herida?

—Solo mi dignidad.

—No parece una lesión reciente.

Diane quiso ofenderse, pero terminó riendo. Juntos levantaron la rama. Liberto salió cubierto de barro, saltó contra ambos y consiguió ensuciar el abrigo de Eduardo desde el pecho hasta las rodillas.

—Ahora sí parece pertenecerle —dijo Diane.

—La gratitud es una virtud sobrevalorada.

Regresaron caminando despacio porque Liberto cojeaba. Eduardo lo cargó durante la mitad del trayecto. Diane observó cómo protegía la pata dolorida con una mano mientras fingía que el peso no le cansaba el brazo.

Al llegar, Damaris se horrorizó ante la ropa manchada. Elvira se horrorizó ante los cuarenta minutos sin vigilancia. Diane solo sintió alivio.

El mozo examinó la pata y aseguró que no estaba rota. Mientras preparaba una venda, Eduardo permaneció sentado en el suelo del vestíbulo, empapado y con Liberto entre las piernas. Damaris ordenó que le trajeran toallas. Él utilizó la primera para secar al perro.

—Va a enfermar —dijo Diane.

—Liberto o yo?

—Usted. Liberto tiene mejor juicio y más pelo.

Eduardo aceptó la segunda toalla. Sus manos temblaban ligeramente por el frío. Diane recordó que, en la zanja, él había retirado las manos de su cintura apenas recuperó el equilibrio. Nadie los observaba. Nadie habría podido acusarlo de aprovechar el contacto. Aun así, había cumplido su promesa.

El miedo que Diane sentía hacia el futuro matrimonio no desapareció. Solo perdió una de sus caras.

Aquella noche dibujó a Eduardo cargando a Liberto. No al heredero Valcárcel ni al hombre del contrato. A un hombre bajo la lluvia, sosteniendo con cuidado algo herido.

La tercera visita significativa ocurrió al final de la sexta semana.

El roble ya proyectaba una sombra verde sobre la terraza. Liberto dormía con la pata vendada entre las sillas. Damaris y Elvira discutían la lista de invitados para una cena, y Ernesto había llevado a Eduardo varios registros comerciales. Por primera vez, nadie preparó un tema para Diane.

Ella encontró en la mesa el libro de viajes que Eduardo le había prestado meses antes.

—Creí que ya lo había devuelto.

—Devolvió el ejemplar. Este es otro.

—¿Compra libros repetidos?

—Solo cuando alguien arranca una página del primero.

Diane recordó la ruta hacia Lisboa y sintió calor en las mejillas.

—La necesitaba.

—Por eso no pregunté.

Se sentaron bajo el roble. Hablaron de ciudades que ninguno conocía bien: Lisboa, Amberes, Londres. Diane se interesaba por los museos y talleres. Eduardo, por los puertos, los registros y las rutas que desaparecían entre una edición y otra.

—Usted no lee para viajar —dijo Diane—. Lee para perseguir algo.

Eduardo cerró el libro.

—Y usted no dibuja para recordar. Dibuja para descubrir lo que no vio mientras miraba.

—Eso no significa nada.

—Significa que corrigió las manos.

Diane tomó otro volumen de la mesa. Era un tratado de anatomía artística firmado por un profesor de Madrid. No aparecía una sola mujer entre los alumnos representados.

—Mi maestro dice que no necesito estudiar huesos —comentó—. Que una joven debe pintar aquello que resulte agradable.

—Su maestro confunde arte con decoración.

—Mi padre le paga para que las confunda.

—Entonces busque otro maestro.

—Las academias no aceptan mujeres en todas sus clases. Y mi madre considera indecente que observe modelos.

Eduardo abrió el tratado en un estudio del brazo humano.

—Los huesos no modifican su decencia según quién los mire.

—Eso debería explicárselo a Damaris.

—Prefiero enfrentar un motín en alta mar.

Diane sonrió y luego se volvió seria.

—Habla como si fuera sencillo desobedecer cuando uno posee dinero, apellido y libertad de movimiento.

—No lo es. Pero tiene razón: yo poseo herramientas que usted no tiene.

—Todavía.

Eduardo inclinó la cabeza, no con condescendencia, sino como quien reconoce una declaración de intenciones.

—Todavía —repitió.

Diane lo miró con irritación. También con una forma nueva de respeto. Eduardo había recordado los dibujos sin utilizarlos para halagarla. La había tomado en serio, y aquello resultaba más raro que la ternura fingida.

Sacó de la carpeta el estudio realizado bajo la lluvia. Se lo mostró.

Eduardo permaneció en silencio. En el papel, Liberto ocupaba sus brazos y la lluvia borraba el fondo. Detrás de ellos, Diane había dibujado una carreta detenida junto al secadero. Una caja abierta mostraba un emblema que ella copió por curiosidad: una luna negra atravesada por un dragón.

El rostro de Eduardo cambió.

—¿Cuándo vio esa caja?

—El día de la tormenta. Estaba junto al molino.

—¿Quién la descargaba?

—No lo sé. Dos hombres cubrieron la marca cuando nos acercamos.

Eduardo tomó el dibujo y palideció ante el emblema. —Pertenece a un barco de mi padre.

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