Una noche de alcohol erróneo, una suite a oscuras y una pasión salvaje que Sasha Castro no debió vivir. Al amanecer, el misterioso hombre desapareció, dejándole lagunas mentales y un embarazo de gemelos que la obligó a madurar a golpes.
Cinco años después, la rebelde indomable es una madre leona. Pero su mundo se desmorona: su hijo Oliver se debate entre la vida y la muerte por una leucemia agresiva. Nadie en su familia es compatible. El niño necesita la sangre de su padre biológico, un hombre cuyo rostro ella ni siquiera recuerda.
Para salvarlo, el clan Castro inicia una cacería implacable que desentierra un nombre: Ethan Vance, un frío y hermético CEO multimillonario. Él ignora que fue víctima de una trampa del pasado... y que es padre.
El tiempo se agota. Sasha debe arrastrar al implacable magnate a su red antes de que el secreto estalle, sin saber que el peligro que acecha al CEO amenaza con destruirlos a todos.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 6. LA CONFESION EN EL ATICO.
El sol de la mañana entraba con timidez a través de los ventanales del ático de Katerina y Luke, iluminando el salón con un brillo dorado que, a ojos de Sasha, se sentía casi ofensivo. La casa olía a café recién hecho y al pan tostado que la empleada del hogar había dejado sobre la mesa de la cocina. Era una estampa de paz familiar perfecta, una burbuja de orden y éxito que Sasha estaba a punto de reventar en mil pedazos.
Katerina permanecía sentada en el sofá de piel blanca, revisando unas gráficas financieras en su tableta digital. Llevaba unas gafas de lectura que acentuaban la mirada analítica de sus ojos esmeralda. A su lado, Luke terminaba de abrocharse los botones del puño de su camisa azul claro, manteniendo esa presencia imponente y severa que solía hacer temblar a los fiscales en los tribunales, pero que con sus hijos siempre se transformaba en una muralla de protección.
Sasha se detuvo en el umbral del salón. Sentía las manos heladas y un temblor interno que amenazaba con hacerla caer de rodillas en cualquier momento. Llevaba dos días sin dormir, con el predictor digital escondido en el fondo de su armario y el peso de una verdad que ya no le cabía en el pecho.
—Sasha, mi vida, entra. Pensé que estarías durmiendo después de otra de tus noches interminables —dijo Katerina, levantando la vista. Su tono era de suave regaño, el habitual cuando se refería a la vida nocturna de su hija pequeña, pero al notar las marcadas ojeras oscuras y la palidez extrema de su rostro, su voz cambió por completo—. Sasha... ¿qué te pasa? Estás temblando.
Luke se giró de inmediato, clavando sus ojos oscuros en ella. Dejó el maletín sobre la mesa y dio tres pasos hacia su hija, con el instinto protector encendiéndose en su mirada en un segundo.
—¿Te han hecho algo en la calle, Sasha? —preguntó Luke, con una voz profunda que bajó un octavo de tono, cargada de una autoridad peligrosa—. Dime si alguien te ha tocado. Habla conmigo.
Sasha dio un paso hacia el centro del salón, pero las piernas le fallaron. Se abrazó el estómago con ambos brazos, como si intentara protegerse de los golpes del destino, y la primera lágrima silenciosa resbaló por su mejilla almendrada. El nudo en su garganta, que había retenido durante días, finalmente estalló en un sollozo desgarrador.
—Papá... mamá... lo siento mucho —alcanzó a articular, con la voz rota y pastosa por el llanto—. Lo siento de verdad... lo rompí todo.
Katerina se puso en pie de un salto, dejando la tableta sobre el sofá, y corrió hacia ella. Le tomó las manos, asustada por el frío glacial de su piel. Luke se colocó a su lado, rodeando los hombros de Sasha con su brazo firme, obligándola a mirarlo.
—¿Qué pasa, Sasha? Nos estás asustando. No hay nada en este mundo que no podamos resolver juntos. ¿Qué es lo que sientes que has roto? —le suplicó Katerina, con los ojos esmeralda llenándose de una angustia puramente maternal.
Sasha tomó aire, sintiendo que el oxígeno le quemaba los pulmones. Miró a sus padres, a los seres perfectos que lo habían ganado todo en la vida, y soltó las palabras que marcarían un antes y un después en la dinastía de la familia.
—Estoy embarazada —confesó en un murmullo que resonó en el silencio del ático como un impacto de bala.
Katerina se quedó completamente paralizada, soltándole las manos por el puro shock de la noticia. Sus ojos esmeralda se abrieron de par en par, procesando los datos biológicos con la misma velocidad con la que analizaba los balances comerciales, pero esta vez la lógica no le ofreció ninguna respuesta rápida.
La reacción de Luke fue inmediata y violenta. Una furia gélida y posesiva, la misma que usaba para destruir a los estafadores corporativos, transformó su rostro en una máscara de piedra. Apretó los puños, y una vena comenzó a marcarse en su sien derecha.
—¿De quién, Sasha? —rugió Luke en un susurro que hizo vibrar el aire del salón—. ¿Quién es el bastardo que se ha aprovechado de ti en una de tus fiestas? Dime su nombre ahora mismo. Me da igual quién sea o qué apellido tenga en esta ciudad; te juro que hoy mismo deseará no haber nacido. Voy a hundirlo en la cárcel más profunda de este país.
Sasha ocultó el rostro entre las manos, rompiendo a llorar con una desesperación que le encogió el corazón a Katerina. Se deslizó por el brazo de su padre hasta quedar de rodillas en el suelo del salón, sollozando sin consuelo.
—¡Ese es el problema, papá! ¡No lo sé! —chilló Sasha entre lágrimas, confesando la verdad más dolorosa de su existencia—. ¡No sé quién es! No sé su nombre, no sé su apellido, ni siquiera sé de qué país es... Fue la noche de la gala de mis hermanos en el Grand Palace. Me sentí mareada tras beber una copa en la zona VIP... desperté a la mañana siguiente sola en una suite en mantenimiento. Solo recuerdo sus ojos oscuros y su aroma... pero no sé quién es el padre de mi hijo.
Katerina se arrodilló a su lado en la alfombra, rodeándola con los brazos con un amor incondicional que superaba cualquier decepción profesional. El shock inicial de la CEO se transformó en la protección feroz de una madre que recordaba perfectamente lo que significaba ser drogada en una suite de ese mismo hotel.
Luke dio un paso atrás, golpeando la mesa auxiliar de madera con la palma de la mano derecha en un gesto de pura impotencia. Su mente analítica comenzó a trazar el peor de los escenarios legales: un embarazo producto de un asalto químico, un culpable sin rostro que andaba libre por el mundo y su pequeña rebelde destruida psicológicamente por la culpa.
—Sasha... mírame —le pidió Katerina, levantándole la barbilla con delicadeza, obligándola a mirarla a los ojos—. Escúchame bien. No vas a volver a pedir perdón por esto. Eres una Castro-Atelier. Si ese cobrador se marchó y te dejó sola, es su mayor pérdida. No me importa que no sepamos su nombre. Tu padre y yo nos encargaremos de blindarte ante el mundo. No estás sola en esto, mi niña. Criaremos a este bebé con la misma fuerza con la que levantamos esta familia.
Sasha miró a su madre y luego alzó la vista hacia Luke. Su padre permanecía de pie junto al ventanal, con la mandíbula apretada y la mirada fija en el horizonte de la ciudad, pero cuando se giró hacia ella, la furia de sus ojos oscuros se había transformado en una promesa de protección inalterable. Caminó hacia ellas, se arrodilló y envolvió a ambas en un abrazo fuerte, sellando un pacto silencioso de lealtad familiar que ninguna tormenta biológica podría romper jamás.